“Hoy sé que lo único que importa en la poesía (en el arte) es la verdad, y si rescato estos poemas del merecido olvido en el que habían caído es porque creo que encierran una verdad histórica”, escribía Daniel Link en mayo de 2000. Así abría la primera edición de La clausura de febrero y otros poemas, una recopilación de sus poemas escritos entre 1974 y 1983.

El escritor, docente y crítico literario publicaba la parte menos conocida de su obra bajo el sello Belleza y Felicidad, creado por la artista Fernanda Laguna y la poeta Cecilia Pavón. Hoy vuelve a circular por librerías y a encontrarse con un nuevo público lector de la mano de Caleta Olivia.
Se le atribuye la siguiente frase a la escritora estadounidense Carson McCullers: “Todo lo que escribo me pasó o va a pasarme”. No es la única escritora que reflexionó acerca del carácter profético de la literatura.
Algo de todo eso flota en el aire al leer estos poemas, muchos de ellos escritos en épocas tormentosas de la historia argentina que se entrecruzan con la educación sentimental del autor. La ominosidad del terror de la dictadura militar está presente, pero dentro de la dimensión de lo no dicho. Los poemas cambian a medida que se modifican las condiciones de su lectura.
Por eso sería un error leer este libro apenas como un volumen de juventud. Es cierto que reúne poemas escritos entre los quince y los veintitrés años, cuando Link todavía estaba lejos de convertirse en el crítico, ensayista y narrador que hoy conocemos.
Pero el interés del libro no reside en esa promesa de una obra futura. Si en el prólogo Link habla de una “verdad histórica”, esa verdad no aparece convertida en asunto ni en consigna. Se instala, más bien, como una condición de lectura.
Convicciones, dudas, amigos
En los poemas agrupados bajo el nombre “Cuadernos del tiempo” dice: “Aquí están mis convicciones, mis dudas, mis amigos, mi país, la gente que quiero, la música que escucho. No hay nada nuevo para nadie. Soy yo como siempre”.
En abril de 1975 escribía: “un mundo limpio y sonriente”. Como una imploración. Leído hoy, ese verso ya no puede separarse de la fecha que lo acompaña. Lo mismo ocurre con los poemas fechados en 1976 y 1977.
Las fechas dejan de ser información y pasan a formar parte del poema. Cambian retrospectivamente el sentido de las imágenes. La dictadura nunca aparece mencionada, pero organiza el modo en que esos textos se leen. Como telón de fondo, cual si fuese una tormenta que estallará en cualquier momento.
El 10 de marzo de 1977 escribe un poema que titula “Vamos a pensar que este país tiene remedio”. Allí se lee: “Vamos a construir castillos porque el viento se ha calmado”. El pormenorizado registro cronológico no es casual si se piensa que Link fue el encargado de editar la obra completa del escritor y periodista Rodolfo Walsh. Otra pluma que supo ser obsesiva con los datos.
La historia de un país se mezcla con la propia. Son años de su educación sentimental más ignífuga. En el poema “Historia” escribe: “No he tratado de entender / a nadie / porque estuve demasiado ocupado en la labor de / conocerme”.
También el libro incluye pies de página con aclaraciones que expanden el universo del poema. En relación con aquellos años de formación, en uno se cuenta que Link estudiaba Ciencias Económicas y, a la par, asistía a un taller literario donde conoció a Delfina Muschietti, quien “me convenció de que abandonara esa carrera insípida”.

En otro poema, uno de los últimos, escrito en tiempos en los que, según cuenta, trabajaba en Ediciones de la Flor –donde ingresó por recomendación de Beatriz Sarlo–, escribe una de sus piezas más sensibles y conmocionantes: “Diariamente regar una planta, observar / con detenimiento / los retoños, aventura el ritmo de su crecimiento. / Mientras afuera alguien muere, se atreve / a morir inadvertidamente. / La orfandad, un ala reiterada en el espacio, / una mueca de hastío / y el silencio abandonándome de nuevo en este cuarto / (el mío, el tuyo)”.
Temblor cotidiano
La sensibilidad, la introspección, la mirada, la fuga hacia adelante, la deriva, el oído atento al temblor cotidiano; tan solo algunos aspectos que podrían caracterizar la poesía de Link.
En otro de sus poemas más recientes, fechado en agosto de 2001, apenas unos meses antes del estallido de la crisis de diciembre, Link escribía: “Tarareo, sí, la zamba de la esperanza. / La cadena tendría que cortarse”.
¿Profecía autocumplida? Lo cierto es que los hechos se vuelven sobre el poema. Lo envuelven y lo recubren con nuevas capas de sentido. Así como, al leer un poema fechado en marzo del 76, su significado muta de manera inevitable.
En La lectura, una vida (2017) –memorias lectoras publicadas por Ampersand– escribió: “La lectura tal vez sea el hogar, acaso inesperado, acaso inmerecido, de la felicidad y el olvido”.
La reedición de La clausura de febrero demuestra cómo la lectura puede vencer la inmanencia del poema. Que no solo se escribe cuando se publica. La historia sigue trabajando sobre él. También la lectura. También un escritor.
La clausura de febrero y otros poemas, de Daniel Link (Caleta Olivia).