En el imaginario cultural e histórico, Venecia no deja de ser una ciudad misteriosa, por no decir fantasmal, enclavada, de manera increíble, en medio de un pantano y de bancos de arena en el norte de Italia. Un sueño, con su carácter repetitivo, agrega un misterio y una conexión con la ciudad italiana que pronto el protagonista central de la nueva novela de John Banville, Nocturno de Venecia, un tal Evelyn Dolman, “literato de oficio”, “un bobo altanero y egoísta” y “escritorzuelo de tres al cuarto”, en sus propias palabras, envidioso de la fama de los demás y que desperdicia constantemente la energía de su capacidad creativa, sembrará bajo un torbellino de “confusas conjeturas” y un juego de espejos al calor de una luna de miel perturbadora en las vísperas del siglo XX.

Narrado desde esa primera persona, como si estuviera reconstruyendo los hechos vividos en orden cronológico y con tono circular, el estudio de personaje que Banville proyecta en él dice cosas como la siguiente: “Ahora vuelvo la vista atrás y me veo entonces como un hombre muy distinto, necio, vanidoso y necesitado, que corría temerariamente a abrazar su propia destrucción. Sin duda me merecía cuanto me pasó. Mas, como he dicho, debo contar mi triste historia tal cual sucedió, no como la recuerdo, con pena y amargo pesar”.
Dolman creció entre la densa neblina londinense y se muestra orgulloso de su obra narrativa, a la cual define como “sólida y pulcra”. Priorizando “entretener al lector”, el literato inglés se presenta con estos guiños: “Tal vez en mis tiempos oyeran hablar de mí, pues gocé de una relativa fama en el periodo que llegaría a conocerse, en nuestra época cada vez más afrancesada, como el fin de siècle, es decir, la década de 1890. Elijo adrede la palabra «oficio». Escribía libros, relatos y obras de teatro, amén de numerosos artículos periodísticos, con el único y expreso propósito de adquirir fama en el mundo y vivir de ello”.
Sigue: “Si tuve éxito, aunque mediano, no fue gracias a la inspiración –sea lo que eso sea–, sino a fuerza de riguroso tesón y entrega al trabajo. Mis modelos eran autores como Henry Mayhew, Bernard Shaw y, por supuesto, H. G. Wells, con quien me encontré una vez, o al menos tropecé, en las oficinas de alguna editorial”.
A Evelyn Dolman le gusta impresionar a los demás, y en su proyección de estatus social contrae matrimonio con la hija de un magnate, Laura Rensselaer, rica heredera de un hombre moderno característico del nuevo siglo, “libre de las rancias restricciones del pasado: de espíritu independiente, demócrata, librepensador, defensor de los avances científicos y del progreso en general”.
Prolífico y experimentado autor
Pero no todo sale como está planificado, alecciona el prolífico y experimentado autor irlandés de novelas como El mar, con la que ganó el Booker Prize.
Sin estar a la altura de esa obra y de otras notables como La guitarra azul y Antigua luz, y con una extensión algo desmedida que resta potencia al ritmo del relato, en Nocturno de Venecia la entretenida puesta en escena de una marca de estilo, que es el derrumbe singular en primera persona, empieza cuando el padre de Laura muere en un accidente ecuestre y, poco tiempo después, su hija se entera de que la había desheredado.
Demolido en sus propósitos, Evelyn Dolman iba a escribir la biografía de su suegro, pero una hermana de Laura se la cancela.
El castillo de naipes se cae en un segundo, y meses después de su boda la pareja, en un viaje en tren, y con una luna de miel que había sido pagada por su suegro, llega a Venecia en pleno invierno, no sin que en el camino ocurran premoniciones y pensamientos oscuros, “en cierta medida proféticos de los misterios y las desgracias que viví con posterioridad”.
Ya instalados en Venecia, la trama deriva hacia acontecimientos impensados: paseos solitarios de Dolman sin su mujer, en el desvelo de una desazón; luego aparece un ex compañero de colegio, Freddie FitzHerbert, aunque él no lo recuerda, y la hermana de este, Francesca, y su gran belleza, “esa criatura encantadora con rostro en forma de corazón, ojos brillantes y sonrisa seductoramente íntima”, con la cual tiene un amor a primera vista. Poco tiempo después, Laura se marcha de la morada compartida en Venecia sin dar ninguna explicación y en las semanas siguientes un comisario entra en primer plano.
Con el paso de los días, Dolman se siente un hombre arrastrado a la desesperación, deseoso de un resarcimiento pasional. Hay sospechas al por mayor, secretos turbios, dobles caras y apariencias que caen abrumadas por su propio peso.
Sin embargo, el escritor nunca abandona la salvación individual y la imperiosa búsqueda estamental –en una línea semejante al personaje Tom Wambsgans de la serie Succession– de la fortuna ajena. Surge entonces la idea de una fuga, “una escapatoria, libertad, el salvaje alborozo del animal voraz que atraviesa raudo la selva resonante de chillidos y parloteos, el gusano transformado en tigre”.
¿Dolman pierde el juicio en Venecia? ¿Hay una maldición oculta en la ciudad? ¿Y si él actuó impulsivamente, en un estado de nervios y herido en su ego, dando pasos precipitados? ¿Qué resultará de aquellos vagabundeos sin rumbo por la ciudad, separado de su mujer, donde se siente ajeno a todo y de sí mismo en particular? ¿Y si su mujer, Laura, estuviera muerta?

Vibrante prosa
Escribe Banville, con vibrante prosa y dando cuenta de los pliegues de su trabajo literario a sus ochenta años: “¿Quién o qué era yo ahora? Mi vida, la vida de Londres y Chiswick, del hogar y el trabajo, la vida de marido, de yerno de un hombre importante, o de un hombre a quien el mundo había considerado importante, de algún modo todo eso había pasado a no valer nada en el espacio de poco más de un día”.
En los soliloquios sobre su mujer, confiesa un profundo amor, aunque da cuenta de una desconexión erótica y sensible que lo hunde en la perplejidad: “Para mí se había convertido en un enigma viviente, un ser a quien conocía íntimamente y, aun así, incognoscible, una presencia física, pero, al mismo tiempo, un espíritu huidizo que atormentaba mi vida”.
Y luego: “Qué alivio soltar así, sin rodeos, de manera simple y tranquila, lo que había pesado con fuerza en mi mente durante todo el día”. En los contornos de una atmósfera sombría, Venecia parece agobiarlo, parece su ruina personal.
Continúa, sobre Laura: “Era natural en ella, me dije, mostrarse siempre algo distante, algo indiferente; formaba parte de aquella frialdad suya, fría como el tacto de su mano sobre la mía –me había soltado el brazo–, otra de las cosas que adoraba de ella, por paradójico que resulte decirlo”.

¿Contra qué roca se fueron a pique sus proyectos y grandes ambiciones? Se reconoce indeciso con su condición de escritor. “Pienso en aquel novato entusiasta que fui y lloro por él y por lo que podría haber hecho; lloro como lloraría por un hermano de espléndido talento”.
Experto en las tristes y desesperadas circunstancias que se ocultan en las pequeñas tragedias, entre el relato psicológico y las memorias de un escritor y su oscuro existencialismo, entre la ficción histórica de suspenso y dosis de novela negra de su alter ego Benjamin Black, con su elegancia, sarcasmo y un manejo cinematográfico de la intensidad dramática, Banville confecciona un hombre atribulado, retorcido y, a la vez, pomposo, acosado por su conciencia y moral, en el borde del autodesprecio y lo caricaturesco.
“Estaba solo y perdido. No experimentaba semejante sentimiento de abandono desde los días más tristes de mi infancia, los que siguieron a la muerte de mi madre, cuando, acurrucado una noche desesperada tras otra en mi estrecha cama escolar, oía cómo las enormes olas se estrellaban implacables en las rocas bajo el muñón torcido y sin luz de Wetherby Hall”, se lee en otro fragmento de Nocturno de Venecia.
Escurridiza y lejos del romanticismo
Todo bajo una Venecia escurridiza y alejada del romanticismo, con turistas “de mirada opaca”. La de los canales y la embriaguez, los condes, los clanes, los candelabros, los mayordomos y las basílicas; “la lúdica letanía de escándalos” que ocurre en su influjo, “la ciudad flotante” del arte y el cosmopolitismo, el comercio de lujo, de los amantes y los crímenes milenarios.
Pero también la ciudad corrupta y siniestra, la de Claudio Monteverdi y los ecos en John Banville de Henry James y Thomas Mann y su Muerte en Venecia; la belleza y la decadencia, el ocaso de la nobleza de los grandes palacios y sus banquetes y sus criados, el ocio y las perturbadoras especulaciones.

La de los espectros –“Venecia es en sí misma una especie de fantasma”, se dice–, la de las sagas de pasión, crueldad y traición, venganza y furia, con sabor a novela de Patricia Highsmith; esas luces y sombras y la bruma de la ciudad que son la metáfora inquietante de la condición humana y del matrimonio como una farsa, “identidades tan extraordinarias y evanescentes como las formas titilantes de los reflejos de la luz del solsticio de invierno en el agua”.
Y la mente de Evelyn Dolman nunca frena, y entonces “la cosa cambia por completo cuando a uno lo descubren”, y sí: la vida es siempre extraña, como dice cuando regresa a Londres, tan desconcertado como honestamente brutal.
Nocturno de Venecia, de John Banville (Alfaguara).