En esa suerte de transmutación, Martin, el protagonista de Bernard Schlink, pasa a ser otro Martin, el de la certeza: el término de su existencia, del que distan unas pocas semanas. Es suficiente una frase, un examen de laboratorio. No se trata (sólo) de agonía, degradación, dolor, sufrimiento. De un modo apartado y distante, el de un abogado construido por un oficio de términos, pruebas y sentencias, trata el dictamen con estoicismo. Un hombre de 76 años, esposo de Ulla, una hermosa mujer mucho más joven que él, padre tardío de un hijo aun pequeño (tanto que podría ser su nieto); especula sobre el empleo del lapso restante. ¿Dejar una suerte de legado o testamento?, ¿Una experiencia que su hijo David guarde en un pliegue de su memoria? (el Dawid hebreo, “el amado”, “el querido” en su etimología casi universal). Pero su hijo vive en el presente puro, en el asombro. Tomas baraja y descarta qué días vivirá junto a su hijo y resuelve que andarán por el bosque, que le enseñará como hacer compost para nutrir vegetales, que escribirá una carta para que David lea en la adolescencia. No antes. Antes carece de sentido. La muerte. “Lo primero que pensó fue que, ahora ya no le quedaba mucho tiempo”. El comienzo de la novela es revelador: no toma el ascensor para bajar de su departamento, lo hace por las escaleras. El íntimo propósito de la demora, suspender el vértigo de lo sucesivo, posponer la sucesión inexorable de días y noches, hasta el frío veredicto del médico. Su pregunta: cuánto. La respuesta del médico: “Es probable que no más de seis meses”. El primer aguijonazo que, en cierto sentido, pone en su lugar el mecanismo. Martin retira a diario a su hijo del Colegio y a diferencia de los restantes alumnos, a su David va a buscarlo “un viejo que pasaba más por su abuelo que por su padre”. De padre a abuelo, de inmortal a mortal ¿Cuál será el curso de la vida de David? El pequeño es suficientemente vivaz e inteligente como para comprender qué sucederá con su padre, pero Martin, un día se lo dice, con palabras cuidadas, con las sopesadas palabras de un abogado. Luego hay un hecho que no previó: su esposa, artista, pintora, tiene su atelier y un amante. Martin no supo jamás sobre celos. Y esa circunstancia no altera su amor por Ulla. Hasta se pregunta si una mujer puede amar a dos hombres. Un doble desafío: del padre al hijo en la dación completa de lo que reste de sí, no una proeza —no sabría cuál—. Martin es un hombre de leyes y dictámenes. Distingue muy bien ficción de realidad, conoce la verdad que es verdad y la formal de un proceso. Pero la vida está hecha de detalles. Sus fuerzas. Lo que de ellas quede, las concentrará en detalles dedicados a David. Luego está Ulla, a quien ama, un viejo que ama y es amado por una joven y hermosa mujer. Un esposo viejo, un padre viejo. La familia llegó tarde para Martín, pero ¿cómo negarse a esa suerte de milagro que pronto desbaratará su ausencia? Escribe la carta, habla con Ulla. Esta lo cuidará hasta el final. Y él, aunque esto no está escrito sino en los silencios de la obra de Schlink, le hará saber a David cuánto lo ama. Finalmente, no un hospital, sino el mar. David, Ulla, Martin (con sus últimas fuerzas) encontrarán en el mar, en una casa frente al mar, la vastedad de la vida, la exigüidad de la muerte.
La vida al final
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Autor: Bernard Schlink
Género: novela
Otras obras del autor: La nieta; El lector; Mujer bajando una escalera
Traducción: Daniel Najmías
Editorial: Anagrama, $ 38.500