La jura del ultraderechista Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia en la tarde de este viernes marca un severo viraje doctrinal en el país: un retorno al enfoque de mano dura en seguridad y una alineación irrestricta con la agenda geopolítica de Estados Unidos, personificada en su afinidad ideológica con Donald Trump.
Su juramentación en Cali, epicentro simbólico y estratégico de la crisis de violencia que vive el país, refleja la prioridad de su mandato: desmontar el modelo de “paz total” de Gustavo Petro para sustituirlo por una política de coerción directa y erradicación del narcotráfico, en momentos en que la producción de cocaína alcanza máximos históricos.
Su primer discurso como presidente, en una guarnición militar frente a miles de uniformados, cuatro tanques de guerra y dos helicópteros, fueron en ese sentido. Prometió restablecer “el orden, la autoridad y la libertad”. “No habrá margen para maniobras que socaven la estabilidad de la nación”, declaró.
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Sin embargo, el nuevo gobierno comienza a andar sobre un terreno político sumamente frágil. La negativa de Petro a reconocer el resultado electoral, sustentada en denuncias de fraude desestimadas por observadores internacionales, sumada a la brecha de victoria inferior al 1%, deja una sociedad profundamente polarizada.
Mientras el mandatario saliente apela a la narrativa del despojo institucional al abandonar el gobierno, la convocatoria a la movilización callejera perfila una oposición dispuesta a disputar la legitimidad del Ejecutivo en el espacio público, condicionando de entrada la gobernabilidad de la nueva administración de derecha.
En un Congreso dividido y sin mayoría propia para respaldarlo, el nuevo mandatario prometió intensificar los bombardeos contra campamentos guerrilleros con apoyo de Israel y Estados Unidos, así como construir megacárceles similares a las de El Salvador.
Presentes y ausentes. El nuevo presidente colombiano es un declarado partidario del estadounidense Donald Trump, así que viajó una fuerte delegación de ese país encabezada por el fiscal general interino Todd Blanche. También estuvieron los presidentes de la Argentina, Paraguay, Chile y Ecuador, además del rey de España Felipe VI, entre otros.
Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil y Claudia Sheinbaum de México, enfrentados políticamente con Espriella, no asistieron a la ceremonia. Ambos gobiernos optaron por rebajar el nivel de la representación diplomática, enviando únicamente delegaciones diplomáticas secundarias.
Venezuela, Nicaragua y Cuba fueron excluidos de las invitaciones oficiales, marcando la ruptura inmediata de canales ejecutivos con los regímenes del eje bolivariano.
Derecha al poder. La llegada de Abelardo de la Espriella al poder en Colombia confirma el crecimiento de una ultraderecha regional que supo capitalizar el descontento social a través de la figura del outsider.
Formado en la confrontación y la estridencia mediática, el nuevo mandatario encarna la versión andina de un fenómeno continental: la sustitución del debate programático por la promesa de castigo y la apelación a la mano dura.
Detrás de la retórica de la autoridad y la restauración del orden no subyace un proyecto geopolítico de pacificación nacional, sino la reinstalación de la doctrina de la amenaza interna como eje ordenador de la vida pública.
De la Espriella ha manifestado su intención de unirse a la alianza Escudo de las Américas, lanzada por Trump en una cumbre en marzo y conformada en la actualidad por una docena de países.
El impacto de este relevo presidencial excede con creces las fronteras colombianas. Con la asunción de De la Espriella, América Latina asiste a la consolidación de un nuevo eje conservador que dinamita los ya frágiles consensos de integración regional.
Colombia se suma así a un fuerte bloque de derecha latinoamericana, integrado por Ecuador, Argentina, Perú, Chile, El Salvador, Honduras y Paraguay, entre otros.
La diplomacia de la confrontación —caracterizada por el distanciamiento de los foros multilaterales, el escepticismo hacia los compromisos de transición ambiental y la alineación automática con las corrientes neoconservadoras globales— amenaza con fracturar de manera irreversible los espacios de diálogo en la región andina y el Cono Sur.