Antes de ayer titulamos esta columna “¿No se dan cuenta que este hombre no está bien?” por el Presidente. Continuamos preguntándonos: ¿No les da vergüenza aplaudir disparates fingiendo demencia?
Personas como el canciller Pablo Quirno y el ministro de Economía Luis Caputo, que tienen una carrera exitosa en la actividad privada llegando a altos cargos en organizaciones exigentes como el banco J. P. Morgan, ¿no sienten vergüenza en convertirse en claques?
Claques, aplaudidores, “pagados para aplaudir en los espectáculos, bien como cuerpo organizado contratado en las salas de teatro y ópera, o figuradamente los que aplauden o animan a alguien de forma incondicional”, como ilustra la imagen de la escultura de Guido Messer dedicada a la “claque” en la ciudad alemana de Schwetzingen. Se sumó hace unos meses otra persona con una extensa carrera propia, Diego Santilli, saliendo a defender lo indefendible.
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Hay una pregunta que trasciende el último escándalo diplomático con Brasil. No se trata solamente de si Javier Milei debió o no insultar a Luiz Inácio Lula da Silva en un acto partidario en San Pablo, llamarlo “basura socialista”, “presidiario” o advertir sobre el supuesto “riesgo Lula”. Tampoco alcanza con discutir si esas palabras afectarán la relación bilateral o el comercio entre ambos países. La cuestión de fondo es otra: ¿qué ocurrió con el diálogo público en la Argentina para que semejante nivel de agresividad ya no sorprenda en nuestro país y sí en los otros? ¿En qué momento dejamos de considerar que ciertas cosas simplemente “no se dicen”? La polémica con Brasil funciona como una radiografía de un cambio cultural mucho más profundo en el diálogo político, que se expresa en personas de carne y hueso, funcionarios que han cambiado su comportamiento.
Porque lo llamativo no es únicamente que Milei haya pronunciado esos insultos. Es que una parte importante del oficialismo salió inmediatamente a justificarlos. Diego Santilli pidió que Brasil “no se rasgue las vestiduras” y relativizó el episodio recordando intervenciones brasileñas durante la campaña de 2023 en apoyo a Sergio Massa. Pablo Quirno, según distintas reconstrucciones periodísticas, habría desalentado cualquier gesto de disculpa diplomática y terminó involucrado en una estrategia que profundizó el conflicto, más aún en su caso, al darle carácter de Estado al viaje de Milei a Brasil, cuando podría haber argumentado que se trataba de un acto personal del ciudadano Milei, pero al ir acompañado de su canciller a otro país se convierte en el gobierno argentino.
Lo relevante es la lógica política que expresan esas reacciones: no hay espacio para tomar distancia del Presidente. La defensa debe ser absoluta, aun cuando implique avalar conductas que hace apenas unos años esos mismos dirigentes difícilmente habrían defendido.
La escena es interesante porque tanto Santilli como Quirno provienen de tradiciones políticas muy distintas al estilo comunicacional de Milei. Ninguno construyó su carrera sobre el insulto permanente ni sobre la confrontación verbal como identidad. Sin embargo, hoy aparecen repitiendo argumentos que normalizan una forma de hacer política basada en la descalificación personal. No se trata únicamente de disciplina partidaria. Parece existir un proceso de adaptación. Como si ingresar al ecosistema libertario exigiera aceptar nuevas reglas de comportamiento. Otro ejemplo de esto es Luis Caputo, quien venía cultivando un perfil técnico, de bajo perfil mediático y con un lenguaje cuidadosamente medido, propio de un funcionario de los mercados financieros. Sin embargo, desde su incorporación al gobierno de Milei fue adoptando progresivamente el tono confrontativo del Presidente. En sus intervenciones en redes sociales pasó a responder con ironías, descalificaciones y burlas a periodistas, economistas y dirigentes opositores, utilizando incluso expresiones y recursos retóricos característicos del mileísmo. Más que un cambio ideológico, parece una adaptación al nuevo clima cultural del oficialismo: en un espacio donde la confrontación es un valor político, el lenguaje termina funcionando también como una prueba de pertenencia.
Veamos un fragmento donde explica la batalla cultural.
La llamada “batalla cultural” no consiste solamente en disputar ideas, sino también en transformar los códigos de comportamiento. En ese nuevo marco, la crueldad verbal deja de ser un exceso para convertirse en una demostración de autenticidad; la ironía hiriente reemplaza al argumento; el meme sustituye a la explicación; y la humillación pública del adversario pasa a ser una forma de entretenimiento político. Las redes sociales potencian esta lógica porque premian el impacto emocional por encima de la reflexión. Un insulto, una chicana o una respuesta mordaz generan mucha más circulación que una exposición razonada. Poco a poco, ese lenguaje deja de pertenecer exclusivamente a Internet y coloniza la comunicación institucional, hasta el punto de que ministros, legisladores y funcionarios comienzan a expresarse con los mismos códigos que un usuario de X.
Existe además un fenómeno bien conocido por la sociología de los grupos: muchas veces los conversos son quienes sobreactúan con mayor intensidad las normas de la comunidad a la que acaban de incorporarse. Para demostrar que pertenecen, sienten la necesidad de exhibir un compromiso incluso mayor que el de los miembros originales. En política ocurre algo parecido. Dirigentes que construyeron durante años una imagen moderada parecen hoy competir por demostrar quién interpreta con mayor fidelidad el estilo presidencial. Veamos ahora un ejemplo de Pablo Quirno.
Un episodio aparentemente menor, pero muy revelador, ocurrió durante la campaña legislativa de 2025. Tras la salida de José Luis Espert de la boleta bonaerense, comenzó a circular la versión de que desde el oficialismo le habían sugerido a Diego Santilli que se rapara para parecerse físicamente al economista y reducir la confusión de los votantes. Lejos de desmentirlo con distancia, el propio Santilli alimentó el juego en redes sociales preguntando: “¿Me pelo o no me pelo?”. Finalmente, incluso prometió que se raparía si ganaba la elección. Más allá de la anécdota, el episodio ilustra hasta qué punto la lógica del meme y de la performance digital pasó a formar parte de la identidad política. Un dirigente con una larga trayectoria institucional terminó convirtiendo su propia apariencia física en un recurso de campaña para adaptarse al lenguaje, el humor y los códigos del ecosistema libertario. Todo para pertenecer.
Quizás uno de los momentos más icónicos en los que un político le reprochó a otro haber cambiado sus modos e incluso su identidad política ocurrió durante el debate presidencial de 2015, cuando Mauricio Macri interpeló directamente a Daniel Scioli. El entonces candidato de Cambiemos le recordó que, años atrás, había construido un perfil moderado, dialoguista y cercano al sector privado, muy distinto del discurso confrontativo que exhibía como candidato del kirchnerismo. “¿En qué te han transformado?”, le preguntó Macri, en una de las frases más recordadas de aquel debate. La acusación iba más allá de una diferencia ideológica: sugería que Scioli había debido adaptarse a las reglas y al lenguaje del espacio político al que pertenecía, resignando parte de su personalidad para demostrar lealtad. Más de una década después, esa escena adquiere un significado renovado. La pregunta de Macri ya no parece describir únicamente la relación entre un dirigente y el kirchnerismo, sino un fenómeno mucho más amplio: cómo los liderazgos fuertes pueden terminar moldeando el comportamiento, el discurso y hasta los gestos de quienes los rodean.
Adaptarse a las normas compartidas tiene recompensas, mientras que apartarse de ellas suele tener costos. La política no es una excepción. Quien no incorpora el estilo dominante corre el riesgo de quedar desalineado con el liderazgo, perder influencia o ser percibido como alguien que no termina de comprender el momento político. En el oficialismo, esa tensión quedó reflejada en la figura de Guillermo Francos. Quien, cuando fue parte del Gobierno, reivindicó el diálogo como herramienta para construir acuerdos y llegó incluso a señalar que Milei, por su condición de outsider, “no entendía de política”. Vamos a recordar ese fragmento.
La salida de Guillermo Francos también puede leerse como el límite que encuentra un estilo político basado en la negociación dentro de un gobierno que fue privilegiando la confrontación como identidad.
Algo similar ocurrió con Diana Mondino. Al ser consultada por el escándalo de la criptomoneda $LIBRA, afirmó que sólo veía dos posibilidades: “o no es muy inteligente o es una especie de corrupto”, en referencia a Javier Milei. La frase, pronunciada durante una entrevista con Al Jazeera, dejó en claro que la funcionaria mantenía su libertad de pensamiento frente a lo que ocurría en el Gobierno. Aunque cabe la aclaración de que ya no formaba parte del Gobierno de Javier Milei. Había dejado la Cancillería en octubre de 2024, luego de que el Presidente decidiera reemplazarla por Gerardo Werthein tras la votación argentina en Naciones Unidas sobre el embargo a Cuba, lo que demuestra que Mondino ya no se adaptaba a la incondicionalidad de Milei, mensaje que sirvió para disciplinar a todos los demás ministros.
Y el propio Gerardo Werthein pocos meses después no tuvo estómago para ser un cadete de Milei y renunció diciendo que no quería ser parte de “chiquilinadas”.
El dramaturgo más importante de la literatura francesa, Molière, escribió una sugerente obra en 1670, “El burgués gentilhombre”. La Francia de Luis XIV atravesaba profundas transformaciones sociales. El crecimiento del comercio y las finanzas había fortalecido a una burguesía cada vez más rica, que aspiraba a obtener el prestigio reservado históricamente a la nobleza. Sin embargo, el dinero no garantizaba el acceso a ese mundo: la aristocracia seguía distinguiéndose por sus modales, su educación y un complejo código de comportamiento cortesano. En ese contexto de movilidad social y tensiones entre una nobleza tradicional y una burguesía en ascenso, Molière encontró el escenario ideal para satirizar el deseo de pertenecer y las imitaciones que ese anhelo podía producir.

Molière cuenta la historia de Monsieur Jourdain, un rico comerciante obsesionado con ingresar al mundo de la aristocracia. Convencido de que el dinero no alcanza para ser aceptado entre los nobles, comienza a imitar sus modales, su forma de vestir, de hablar y hasta de pensar. La obra es una sátira sobre la aspiración social, pero también sobre la extraordinaria capacidad que tienen los grupos para moldear el comportamiento de quienes desean pertenecer a ellos. Jourdain no cambia por convicción: cambia porque comprende que toda comunidad establece reglas, gestos y lenguajes que funcionan como una contraseña de pertenencia.
El humor de Molière nace precisamente de esa transformación. A medida que avanza la obra, Jourdain se vuelve cada vez más ridículo en su afán por parecer noble. Contrata maestros de música, danza, esgrima y filosofía para aprender los refinamientos de la corte, y se deja engañar por personajes que explotan su vanidad. En una de las escenas más famosas, descubre con asombro que toda su vida habló “en prosa” sin saberlo, celebrando como un hallazgo extraordinario algo que cualquier persona hace naturalmente. La comicidad surge de ver cómo el deseo de pertenecer lleva al protagonista a adoptar conductas artificiales y a perder progresivamente el sentido del ridículo.
Algo similar puede observarse hoy en la política. Muchos dirigentes que durante años construyeron una imagen asociada a la moderación o al lenguaje institucional parecen haber adoptado progresivamente el estilo confrontativo que caracteriza a Javier Milei. El caso de funcionarios como Diego Santilli o Pablo Quirno resulta ilustrativo: más allá de sus convicciones personales, terminan defendiendo insultos o descalificaciones que probablemente ellos mismos no habrían pronunciado ni justificado pocos años atrás. Como el personaje de Molière, la adaptación no consiste únicamente en respaldar un programa político, sino también en incorporar un repertorio de gestos, tonos y formas de hablar que acreditan pertenencia al grupo.
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La diferencia es que, mientras el protagonista de Molière intentaba aprender el autocontrol y la etiqueta propios de la corte francesa, la política contemporánea parece recorrer el camino inverso. No desaparece la presión por adaptarse al grupo; cambia aquello que el grupo premia. Y cuando también cambia el objeto de la vergüenza, cambia inevitablemente la calidad del diálogo público.
Para entender ese fenómeno resulta útil volver a un autor que escribió hace casi un siglo. En “El proceso de la civilización”, Norbert Elias sostuvo una idea provocadora: la civilización no consiste principalmente en tener mejores leyes o instituciones, sino en que las personas aprenden a controlar sus propios impulsos. A lo largo de siglos, los individuos fueron incorporando límites internos que antes dependían exclusivamente del castigo externo. Dejaron de comportarse de determinada manera no porque alguien los vigilara permanentemente, sino porque aparecieron emociones como el pudor, la culpa y, sobre todo, la vergüenza.
Para Elias, la vergüenza no es un sentimiento negativo que deba eliminarse. Al contrario. Cumple una función social decisiva. Es la incomodidad que sentimos cuando imaginamos la mirada de los demás sobre nuestros actos. Es el freno interno que aparece antes de decir algo ofensivo, humillante o degradante. Gracias a esa emoción aprendemos a medir las consecuencias de nuestras palabras. La vergüenza transforma una prohibición externa en autocontrol. No hace falta que alguien nos sancione porque nosotros mismos sentimos que hemos cruzado un límite.
Esa es una de las grandes paradojas del presente. Durante décadas se consideró que la vergüenza era un residuo conservador del pasado, una emoción de la que convenía liberarse. Sin embargo, Elias advertía que su desaparición también podía tener costos. Cuando desaparecen esos frenos internos, el individuo vuelve a actuar impulsivamente. No porque sea peor persona, sino porque el mecanismo psicológico que regulaba su conducta deja de funcionar. La consecuencia es una conversación pública cada vez más dominada por el impulso inmediato.
Elias ofrece una imagen que ayuda a comprender este fenómeno. El sociólogo explicaba que en las pequeñas comunidades rurales, donde las personas vivían relativamente aisladas y con menor densidad de interacciones complejas, muchos mecanismos de autocontrol eran diferentes a los desarrollados posteriormente en las grandes cortes y ciudades europeas. La convivencia cotidiana con múltiples desconocidos obligó a sofisticar el control emocional. Las redes sociales producen un movimiento parcialmente inverso. Aunque conectan a millones de personas, generan una sensación subjetiva de aislamiento. El otro deja de ser un rostro concreto y pasa a convertirse en un avatar. Cuando desaparece la presencia física también disminuye parte de la vergüenza que regula nuestras conductas.
Erving Goffman explicó que toda interacción implica cuidar la propia “cara”, una representación que depende de compartir un mismo espacio con otros. En las plataformas digitales, en cambio, muchas de esas señales desaparecen: no vemos el rostro del interlocutor, podemos abandonar la conversación en cualquier momento y, muchas veces, el anonimato reduce los costos emocionales del insulto. La vergüenza no desaparece, pero deja de estar regulada por la presencia física.
Al mismo tiempo, las plataformas transforman la esfera pública que imaginaba Jürgen Habermas. En lugar de privilegiar la deliberación pausada, sus algoritmos recompensan la velocidad, el conflicto y la viralización. Esto supone una reconfiguración de los mecanismos de socialización: si durante siglos la convivencia presencial enseñó habilidades como esperar turnos, interpretar gestos, modular el tono de voz o percibir la incomodidad ajena, hoy una parte creciente de esas interacciones ocurre desde el aislamiento físico, aunque en permanente hiperconexión digital.
A diferencia de la vida rural tradicional, donde el control social era intenso porque todos se conocían, las redes combinan audiencias masivas e impersonales con una escasa responsabilidad interpersonal inmediata. En ese contexto, algunos autores advierten la posibilidad de procesos parcialmente descivilizatorios, en los que disminuyen las inhibiciones frente a la violencia verbal y aumenta la recompensa por conductas que captan atención, aun cuando deterioran la convivencia democrática.
La política termina absorbiendo esa lógica. Los dirigentes ya no hablan únicamente para periodistas, colegas o ciudadanos presentes. Hablan para una audiencia fragmentada que reacciona con un clic, un meme o un retuit. El aplauso o la condena llegan instantáneamente. En ese contexto, el cálculo racional muchas veces queda desplazado por la necesidad permanente de producir impacto emocional.
La denominada “batalla cultural” se alimenta precisamente de esa dinámica. No busca solamente instalar determinadas ideas económicas o filosóficas. Aspira también a redefinir qué conductas son consideradas admirables y cuáles vergonzosas. Si durante décadas insultar a un jefe de Estado extranjero generaba reproche, ahora puede convertirse en una muestra de valentía. Si antes moderarse era una virtud, ahora puede interpretarse como cobardía. La batalla cultural consiste también en invertir la escala moral con la que juzgamos los comportamientos públicos.
Eso explica por qué algunos funcionarios parecen “inmolarse” defendiendo al Presidente. No necesariamente porque hayan abandonado sus antiguas convicciones, sino porque el nuevo clima cultural redefine permanentemente los costos y beneficios de cada conducta. Lo que antes producía vergüenza hoy puede generar reconocimiento dentro de la propia comunidad política. El problema es que esa lógica fortalece la cohesión interna del grupo mientras deteriora las condiciones mínimas para convivir con quienes piensan distinto.
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Naturalmente, este fenómeno no comenzó exclusivamente con Milei. La polarización argentina lleva años creciendo y distintos espacios políticos contribuyeron al deterioro del debate público. Pero sería difícil negar que el actual Presidente elevó el volumen de esa dinámica hasta convertir el agravio en una herramienta política central y, en muchos casos, deliberada. Su estilo dejó de ser únicamente personal para transformarse en una norma de funcionamiento dentro de buena parte del oficialismo.
Quizás por eso convenga recuperar una enseñanza aparentemente antigua de Norbert Elias. La civilización no avanza únicamente cuando mejoran las instituciones o la economía. También progresa cuando las sociedades conservan ciertos frenos internos que impiden que todo impulso se convierta inmediatamente en acción. La vergüenza, lejos de ser un obstáculo para la libertad, puede ser una de las condiciones que hacen posible la convivencia. Cuando desaparece por completo, no sólo cambia el tono de una discusión política. Cambia la cultura entera de una sociedad. Y reconstruir esos límites suele ser mucho más difícil que destruirlos.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira
MV