Entre el fantasma de la sustitución y la promesa de una nueva era laboral

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Entre el fantasma de la sustitución y la promesa de una nueva era laboral

Cuando el papa León XIII publicó Rerum Novarum, en 1891, el mundo atravesaba otra transformación capaz de alterar para siempre la relación entre personas, trabajo y poder económico. La Revolución Industrial había consolidado jornadas extenuantes, explotación laboral y una concentración inédita de riqueza, mientras el liberalismo económico y las ideas marxistas disputaban sentidos sobre el futuro. Aquella encíclica, considerada fundacional para la doctrina social de la Iglesia, se adelantó varias décadas a discusiones que desembocaron en regulaciones laborales, reconocimiento de derechos sindicales y formas embrionarias del Estado de Bienestar.

Ciento treinta y cinco años después, otro papa León vuelve a intervenir frente a una transformación cuyos alcances todavía resultan inciertos. El próximo 25 de mayo, el Vaticano presentará Magnifica Humanitas, la primera encíclica dedicada íntegramente a la Inteligencia Artificial (IA). Y aunque el documento aún no se conoce en detalle, el gesto resulta significativo: una institución milenaria considera necesario pronunciarse sobre una tecnología que promete aumentar productividad, reorganizar economías y, al mismo tiempo, modificar el sentido mismo del trabajo humano.

La pregunta ya empezó a instalarse en oficinas, estudios jurídicos, escuelas, fábricas y medios de comunicación: ¿qué ocurrirá cuando buena parte de las tareas que hoy realizan personas puedan ser ejecutadas por sistemas inteligentes? Y, más importante todavía: ¿qué valor conservará aquello que sólo los humanos pueden hacer?

Sustitución

“En el mundo del trabajo existe el fantasma de la sustitución”, planteó la abogada laboralista y asesora sindical Natalia Salvo, también docente de Derecho Colectivo de Trabajo en la Universidad de Buenos Aires, al describir el temor creciente frente a la posibilidad de que sistemas de IA absorban actividades históricamente realizadas por personas. Sin embargo, admite que, a la vez, podría tratarse de una “oportunidad histórica” para redefinir qué se entiende por trabajo y cuál es su función social.

Para Salvo, el trabajo no sólo organiza económicamente a las sociedades: también produce identidad, pertenencia y formas de realización individual. Por eso consideró que las políticas públicas deberían aceptar el avance tecnológico, “pero no el desplazamiento del ser humano”.

Esa advertencia dialoga, desde otro lugar, con la perspectiva de Andrés Pallaro, docente, investigador y director del Observatorio del Futuro de la Universidad Siglo 21. “Lo que no hay que hacer con estos procesos es endiosarlos o pensar que lo resolverán todo. Representan una invitación a repensar cómo podemos funcionar, cómo podemos organizar mejores sistemas, mejores modelos para las personas”, reflexionó.

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Pero ninguna transformación profunda ocurre sin tensiones. “El avance de estas tecnologías nos desafía y genera transiciones que están lejos de ser lo justas o lo ecuánimes que uno quisiera”, advirtió Pallaro. Y allí aparece una preocupación compartida: quién gobierna esta transición y con qué criterios.

Es que, detrás del desarrollo acelerado de estas tecnologías, existen intereses concretos. “No podemos hablar de ‘dueños’ de la IA porque es un esquema de negocios, pero hay beneficiarios de esos esquemas”, afirmó Salvo. Y cuestionó la idea de que estas herramientas constituyan espacios neutrales de producción de conocimiento: “Postularlo como un lugar de saber absolutamente neutro es una mentira”.

De hecho, la inteligencia artificial ya no funciona únicamente como herramienta. Comienza a intervenir en la forma en que las personas construyen sentido, acceden a información y distinguen aquello que consideran verdadero. “Ha cambiado el estatuto de verdad con la inteligencia artificial: ya no sabemos qué es verdad y qué no”, señaló la abogada.

Gobernanza

Los entrevistados coincidieron en el ciclo de streaming Repensar Argentina, de Puente TV, y también en una cuestión decisiva: dejar que la tecnología avance sin regulación implica trasladar decisiones profundamente humanas hacia dinámicas dominadas por intereses económicos.

“La escasez de liderazgos globales y de acuerdos” aparece para Pallaro como una de las principales dificultades del presente. Sin embargo, cree posible construir estrategias sectoriales, acuerdos entre sindicatos, empresas y Estados capaces de discutir cómo incorporar automatización sin degradar condiciones laborales.

El especialista imagina escenarios donde las máquinas absorban tareas repetitivas, mientras las personas desarrollan actividades de mayor valor agregado, mejor remuneradas y vinculadas con capacidades específicamente humanas. Por ejemplo, frente al avance del autoabastecimiento de combustible, piensa a las estaciones de servicio como “plataformas de servicios más integrales” donde el rol tradicional del playero podría enriquecerse con atención, información o contención.

El supuesto es sencillo de formular y difícil de ejecutar, si las máquinas realizan el trabajo tedioso, las sociedades deberían encontrar formas de reconocer económicamente aquello que vuelve singular a las personas. Paradójicamente, en un contexto dominado por tecnologías sofisticadas, atributos como la empatía, la coordinación, la creatividad o incluso ciertos oficios manuales podrían recuperar valor. “Lo humanista, lo relacional, lo de vinculación, aparece como más humano”, resumió Pallaro.

Ese proceso obligaría también a revisar sistemas educativos. Pallaro observa una transición gradual desde modelos más enciclopédicos hacia otros orientados al desarrollo de habilidades y competencias. La formación humanista, lejos de perder relevancia, podría fortalecerse.

Transición

El recorrido no será lineal. Pallaro recuerda que las grandes transformaciones del capitalismo históricamente atravesaron décadas de conflictos, desigualdades y reconfiguraciones profundas. La revolución industrial necesitó generaciones enteras para estabilizar nuevas reglas. “Tenemos un tiempo difícil por delante, para construir nuevas síntesis”, advirtió.

En ese escenario, rechazó las lecturas que imaginan sociedades donde la automatización resolverá por sí sola los problemas materiales y hará innecesario trabajar. “Es muy simplista esa mirada, por lo que representa el trabajo”, afirmó. Aunque admitió otra posibilidad: que el aumento de productividad permita jornadas más flexibles, menos horas laborales y mejor calidad de vida. “Si la productividad tecnológica nos permitiera no trabajar tanto, cobrar lo mismo o mejor, de manera más flexible, sería el mejor de los mundos”, dijo.

Claro que, en la transición, la Justicia está llamada a jugar un rol clave. Salvo observó que muchas disputas actuales recuerdan tensiones propias de principios del siglo 20. Y señaló una paradoja: mientras la tecnología avanza aceleradamente, buena parte de las discusiones sobre derechos laborales permanecen abiertas. “El derecho laboral sí está preparado para la IA. Lo que no está preparado es el derecho laboral actual que nos están dejando. Me refiero a la Ley de Contrato de Trabajo, reformada por la Ley de Bases de julio del año 2024 y por la última Ley de Modernización Laboral”, sentenció.

Tal vez la pregunta más incómoda del presente no sea si la inteligencia artificial reemplazará determinados trabajos, sino bajo qué reglas ocurrirá esa transición, quién absorberá sus costos y quiénes capturarán sus beneficios. Porque, incluso entre quienes imaginan escenarios optimistas, persiste una certeza: el problema ya no es tecnológico. Es político, económico, cultural y, finalmente, humano. Acaso por eso no sorprende tanto que una encíclica papal intervenga en el debate.

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