Un libro para leer con los chicos: hoy recomienda María Rosa Lojo

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Un libro para leer con los chicos: hoy recomienda María Rosa Lojo

Hay regalos que cambian una vida. Cuando era una nena de apenas ocho años, a María Rosa Lojo no le regalaron un libro, sino una biblioteca entera. Iba a la primaria cuando su tío Julio, un artista de variedades que recorría el mundo haciendo magia y malabares, le entregó la llave de un armario de madera con cortinas rojas que hasta entonces le había estado vedado. Detrás de esas puertas la esperaba un universo que marcaría para siempre su relación con la literatura.

 María Rosa Lojo. Foto: Fernando de la Orden.

Por eso, cuando se le pregunta qué libro le regalaría a la niña que fue, se sorprende: “¡Ay, un solo libro me parece muy poco!”. Y enseguida explica por qué. “Ojalá todas las personitas tengan la suerte que tuve yo, cuando me convertí, de un día para el otro, en la depositaria de un tesoro prodigioso“.

Ese episodio, que luego recreó en su novela Árbol de familia, permanece intacto en su memoria. “Me llevó de la mano hasta un armario de buena madera, con cortinas rojas, que estaba desde siempre en el cuarto de planchar y que no me habían permitido abrir. ‘Oye, ya has cumplido los ocho años, así que eres mayor. De ahora en más, serás tú la que tenga la llave de mi biblioteca'”, le dijo su tío.

Del otro lado de esa puerta, recuerda, estaban “todos los piratas, los brujos y los reyes, las aventuras, las traiciones y las lealtades, los países desconocidos ocultos en el mapa de lo obvio, los mundos olvidados que están dentro de éste”.

Allí convivían Phileas Fogg, Sandokán, Long John Silver, el último de los mohicanos, D’Artagnan, Tarzán y tantos otros personajes que transformaron la imaginación de aquella niña. “Entré en esas historias como quien entra en un planeta de hongos alucinógenos. Nunca salí del todo de ese planeta”, recuerda.

Una biblioteca para toda la vida

Aquellas lecturas no solo la llevaron a otros mundos: también moldearon su manera de mirar el propio. “A bordo de esos libros viajé a otros continentes y a otros tiempos; fui pirata anticolonialista con Sandokán en Mompracem; di la vuelta a la Tierra con Julio Verne y aprendí, con Los tres mosqueteros, sobre la lealtad y el amor perdido”.

María Rosa Lojo. Foto: Rafael Yohay/ Prensa Corregidor

La enseñanza más profunda, sin embargo, fue otra. “Aprendí, en general, que la llamada ‘realidad’ es siempre plural y multifacética, que no hay una sola manera de verla ni de vivirla. Nunca dejaré de agradecer esa revelación temprana”.

Aunque en su casa ya había recibido otros libros y esperaba con entusiasmo cada nuevo tomo ilustrado de la enciclopedia Lo sé todo, fue aquella biblioteca secreta la que definió definitivamente su destino de lectora. “La ‘experiencia inmersiva’ en esa biblioteca hasta entonces vedada definió para siempre mi vínculo con la lectura. Fue una intoxicación feliz, una enfermedad de la que nunca pude ni quise curarme, el clima en el que más me gusta habitar”.

El juego insuperable de leer

Para Lojo, ni siquiera los avances tecnológicos han desplazado el lugar único que ocupa el libro. Ella lo sabe bien porque lleva una vida leyéndolos, analizándolos y escribiéndolos. Su carrera académica como docente, doctora en Letras e investigadora del Conicet, la puso en diálogo con una amplia obra de narrativa, ensayo y poesía.

Entre sus novelas se encuentran La pasión de los nómades, La princesa federal, Una mujer de fin de siglo, Finisterre, Árbol de familia y Lo que hicieron ahí entre otras; y de sus libros de cuentos, destacan Historias ocultas en la Recoleta, Amores insólitos de nuestra Historia y Cuerpos resplandecientes. Santos populares argentinos.

María Rosa Lojo. Foto: Rafael Yohay/ Prensa Corregidor

Pero si no fuera suficiente esta biblioteca personal para dar cuenta del amor por los libros, ella lo explica recurriendo a un cuento de Enrique Anderson Imbert, en el que un niño del año 2100 imagina un dispositivo extraordinario para aprender… hasta descubrir que acaba de reinventar el libro.

La escritora hace suyo ese desenlace. “El gran juego de la lectura que se produce en la intimidad de la mente, en un espacio interior que solo depende de nosotros y de nuestra libre capacidad co-creadora a partir de los signos escritos, continúa siendo algo insuperable e irremplazable”.

Y concluye con una de las definiciones más bellas sobre el acto de leer: “‘Escuchar con los ojos a los muertos’, como genialmente definió Quevedo el acto de leer, sigue compitiendo, con ventaja, por el primer lugar en el podio de la imaginación”.

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