Hace unos años, después de una charla en un colegio del conurbano, se me acercó una mamá con el teléfono en la mano y me mostró una conversación de su hijo de doce con alguien que decía ser un compañero de otro colegio. Me preguntó si me parecía normal. Le dije que hablara con él esa misma noche, y nunca supe cómo terminó esa historia. Me acordé de ella hace unos días, cuando la organización Grooming Argentina advirtió que el delito de grooming, ese acoso sexual de adultos a chicos a través de pantallas, entró en una etapa nueva de la mano de la IA.
Los números ya eran malos antes. Según Unicef, tres de cada diez adolescentes de la región recibieron propuestas sexuales en línea de parte de desconocidos, con un riesgo mayor para las chicas. En la Ciudad de Buenos Aires, las denuncias por acoso digital venían creciendo un treinta por ciento de un año a otro según el Ministerio Público Tutelar. La ley que tipifica el delito existe desde 2013 y fue un avance, aunque corre desde atrás frente a un fenómeno que muta más rápido que cualquier texto legal.
Lo que cambia con la IA es la escala de un delito que siempre se apoyó en el engaño. Un adulto que se hace pasar por un chico para ganarse la confianza de otro chico encontraba antes ciertos límites prácticos, y esos límites se están borrando. Hernán Navarro, el fundador de Grooming Argentina, repite que observan con marcada preocupación cómo el avance de esta tecnología impacta en los casos que atienden, y su organización habla desde el reporte oficial de casos que administra en el país, no desde la teoría.
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Mientras tanto, el celular se convirtió en el lugar donde transcurre la infancia. Ahí estudian, juegan, hablan con los amigos, construyen su identidad. Pedirle a un pibe de once años que se defienda solo en ese territorio equivale a soltarlo de noche en una ciudad desconocida y confiar en que se las arregle. La conversación pública, sin embargo, sigue girando casi siempre alrededor de si los chicos usan mucho o poco el teléfono, como si el problema fuera la cantidad de horas y no lo que puede pasarles adentro de esas horas.
En cada colegio donde hablo aparece la misma escena, la de padres que sienten que sus hijos habitan un mundo que ellos no entienden, y que frente a esa distancia eligen alguna de las dos salidas fáciles, prohibir todo o mirar para otro lado. Las dos fallan por el mismo motivo, porque dejan al chico solo justo donde más acompañamiento necesita. Los especialistas insisten en algo menos vistoso que una prohibición, que es la conversación sostenida, el interés genuino por lo que hacen en línea, una confianza que les permita contar algo raro sin miedo a que la respuesta sea quedarse sin teléfono.
Hay una parte que nos toca a los adultos y otra que le toca al Estado y a las plataformas. La especialista Roxana Morduchowicz lo dice con claridad, la protección no puede recaer solamente en los padres y las escuelas, hacen falta marcos que responsabilicen a las empresas dueñas de los espacios donde todo esto ocurre. En Argentina existen la línea 137 y canales oficiales de denuncia que funcionan y que la mayoría de las familias no conoce, lo cual ya dice bastante sobre el lugar que le damos al tema.
La IA va a seguir avanzando y no hay vuelta atrás. Lo que podemos decidir es si la conversación sobre los chicos y las pantallas madura de una vez, o si seguimos discutiendo horarios de uso mientras el delito se profesionaliza. Pienso seguido en aquella mamá del conurbano y en su pregunta. Hoy la respuesta me parece más urgente que entonces, porque del otro lado de la pantalla ya ni siquiera hace falta que haya una persona.
*Autor y divulgador. Especialista en tecnologías emergentes.