La declaración de independencia del Perú y su proclamación como Protector de la nación hermana fue, sin dudas, la culminación de los esfuerzos y desvelos del general San Martín.
Atrás quedaban la gloria de Chacabuco y Maipú, la felicidad de ser acogido como el salvador de Chile, aunque las luchas intestinas con los hermanos Carrera y con Rodríguez Erdoíza, que tuvieron desenlaces trágicos, hayan opacado estos triunfos.
Ahora era el pueblo de Lima el que salía al encuentro del Libertador para agradecer su empeño y el de estos hombres llegados desde Buenos Aires, del Alto Perú, desde Mendoza y de los remotos rincones de Chile para romper las cadenas del yugo español.
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Aún faltaban años para culminar la tarea; gran parte del Virreinato del Perú estaba en manos españolas. Pero San Martín eligió este momento, la entrada triunfal a Lima, para celebrar el esfuerzo, la voluntad emancipadora y también la suerte de haber superado la amenaza de la “Gran Expedición de Ultramar”, que se organizaba en España para recuperar a las colonias díscolas.
El pronunciamiento del teniente coronel Rafael Riego y la revolución de 1820 daban por tierra con la organización del mayor ejército español reunido para aplacar la revolución americana. El levantamiento de 22.000 soldados que reclamaban la vigencia de la Constitución de 1812 (la famosa Pepa) era un problema mayúsculo para Fernando VII, su política absolutista y su ambición de recuperar el Imperio.
Perú y el Alto Perú tenían una larga historia de levantamientos, comenzando con el de Túpac Amaru, seguido por las revueltas de Tacna y las rebeliones de Huánuco, Cuzco y Aymaraes, todas ellas ferozmente reprimidas por los realistas.
Era necesario aprovechar las conflictivas situaciones en España para invadir Perú. San Martín y O’Higgins sabían que, mientras las costas del Pacífico estuviesen desprotegidas, España recuperaría Chile. De allí la necesidad de contar con una flota y conquistar Perú, empresa que comenzó con el desembarco en Paracas.
Por instrucciones recibidas de España, el virrey Joaquín de la Pezuela invitó al general al diálogo para evitar una confrontación armada, que San Martín también deseaba eludir, ya que el virrey disponía de considerables fuerzas, aunque dispersas a lo largo y ancho del territorio.
La conferencia de Miraflores concluyó sin un acuerdo entre las partes. Las hostilidades se iniciaron con la primera Campaña a la Sierra, encabezada por Álvarez de Arenales, mientras San Martín se dirigía a Huaura, donde estableció su cuartel general. En esa localidad declaró por primera vez la intención de proclamar la independencia del Perú el 27 de noviembre de 1820.
Mientras Arenales iniciaba la segunda Expedición a la Sierra, las autoridades españolas en Lima se trabaron en una disputa que concluyó con el reemplazo de Pezuela por el general De la Serna.
El avance de las tropas patriotas por el sur del Perú (la llamada Campaña de los Puertos Intermedios), más las instrucciones recibidas de España, obligaron a De la Serna a una nueva conferencia con San Martín en busca de una solución pacífica.
Dicha conferencia se llevó a cabo en la hacienda de Punchauca. Las tratativas se iniciaron en abril del 21. Las partes barajaron distintas posibilidades, como la de traer un príncipe Borbón a regir estas tierras y hasta que San Martín viajase a España a tratar en las Cortes el tema de la independencia.
En estas semanas de intensas negociaciones, De la Serna se percató de que era imposible sostener Lima y decidió retirarse de la ciudad el 6 de julio.
No entregó el puerto del Callao, que siguió en manos españolas a la espera de una flota que fue interceptada por la armada chilena dirigida por Thomas Cochrane.
En Lima se vivía un clima de terror: faltaban alimentos y miles de personas habían muerto por hambre y epidemias. También circulaban versiones de que el ejército libertador entraría a sangre y fuego y habría juicios sumarios a todos los sospechosos de ser realistas.
Conocedor de esta situación, la noche del 12 de julio San Martín recorrió las calles de Lima con un pequeño séquito para entrevistarse con las autoridades militares que habían quedado a cargo de mediar en esta transición. De esta forma evitó el pánico de la población y, dos días más tarde, entró el ejército a la ciudad.
Para entonces los temores habían cedido y los periódicos saludaban al Libertador como “el ínclito varón” y no dudaban en compararlo con Julio César.
En este ambiente distendido, San Martín logró el apoyo del Cabildo para jurar la independencia. Aunque gran parte del territorio del antiguo virreinato estaba en manos españolas, al igual que el mayor puerto sobre el Pacífico (el Callao). San Martín insistió en proclamar la independencia como un gesto de reafirmación entre los patriotas. Después de todo, era un logro no menor que se había alcanzado sin gran profusión de sangre.
Más de 15.000 personas asistieron al acto en la llamada Plaza de la Inquisición, donde el general exhibió la recientemente creada bandera del Perú y “proclamó la justicia de su causa que Dios defiende”, al son de las campanas y salvas de artillería.
El 3 de agosto el general se proclamaba Protector del Perú, el mismo título que había creado Cromwell dos siglos antes y que usó Artigas al frente de los Pueblos Libres. De esta forma, astutamente, no se declaraba ni republicano ni monárquico.
Fue, sin dudas, el momento más glorioso de la carrera del general San Martín.
Este protectorado duraría poco más de un año, a lo largo del cual no faltaron rencores ni recelos que repercutieron en el ánimo del Libertador y lo llevarían a replantear su posición después de la entrevista en Guayaquil con Simón Bolívar.
Lo esperaba su renunciamiento y veinticinco años de destierro, matizados por los recuerdos de sus pasadas glorias, entre las que se destacaba la proclamación de la independencia del Perú.