Posadas | En la celebración de San Cayetano, el obispo Juan Rubén Martínez pidió por una condición básica para que las personas no queden atrapadas en la precariedad o la incertidumbre

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Posadas | En la celebración de San Cayetano, el obispo Juan Rubén Martínez pidió por una condición básica para que las personas no queden atrapadas en la precariedad o la incertidumbre

El sol tibio de este viernes acompañó desde temprano a los fieles que llegaron hasta el barrio Yacyretá para celebrar a San Cayetano. Con una temperatura agradable, la jornada se presentó especialmente amable para los tantos adultos mayores que, año tras año, mantienen viva la tradición de caminar detrás del santo, agradecer por lo recibido y poner en sus manos aquello que todavía esperan.

La celebración comenzó con una procesión que avanzó por las calles del barrio, con cantos, oraciones y una amplia convocatoria de vecinos y devotos. Entre ellos estuvieron quienes conocen esta fiesta desde hace décadas y que, más allá del paso del tiempo y de los cambios en la ciudad, siguen encontrando en San Cayetano un punto de encuentro con su propia historia.

Es que para muchos de los habitantes de Yacyretá, la parroquia no es solamente el lugar donde cada agosto se celebra al patrono del pan y del trabajo. Es también el espacio que conserva la memoria de una comunidad que alguna vez estuvo asentada en la zona costera y que, con la relocalización vinculada a Yacyretá, tuvo que dejar atrás sus antiguas casas y reconstruir su vida en otros puntos de la ciudad.

En ese sentido, el obispo Juan Rubén Martínez propuso detenerse en una palabra que, a su entender, completa el tradicional pedido de los fieles: trabajo digno. Martínez explicó que el trabajo no debería ser entendido como un favor ni como un bien accesorio, sino como una dimensión esencial de la dignidad humana, porque permite a las personas desarrollarse, sostener a sus familias y construir un proyecto de vida.

“Queremos pedir especialmente para que haya realmente trabajo, y esta es la palabrita: trabajo digno”, sostuvo durante la celebración. Para el obispo, pedir por el trabajo es pedir por una condición básica para que las personas puedan alcanzar el pan de cada día con sus propias manos y no quedar atrapadas en la precariedad o la incertidumbre.

La reflexión alcanzó también a quienes tienen responsabilidades sobre la vida colectiva. Martínez manifestó su preocupación porque, al momento de pensar una Argentina mejor, muchas veces las discusiones quedan concentradas en proyectos económicos y variables macroeconómicas, mientras la situación cotidiana de las personas queda relegada. “Proyectos económicos donde se cierren los números, pero donde la gente no está, no nos sirven para nada”, planteó.

Para el obispo, cualquier discusión sobre el futuro debe tener como centro a quienes trabajan, buscan trabajo y necesitan que ese esfuerzo les permita vivir con dignidad. “Si la gente no está mejor, las propuestas que nos hacen no nos sirven para nada”, remarcó, al señalar que el trabajo constituye una forma concreta de esperanza y de realización personal.

Así, entre la procesión, los cantos y los reencuentros, la celebración de San Cayetano volvió a mostrar que la fe también se construye desde la vida cotidiana. Para los antiguos vecinos de la costa, regresar cada año al templo significa reencontrarse con una historia que sobrevivió al desarraigo; para otros, es la oportunidad de agradecer por aquello que recibieron y pedir por lo que todavía falta.

Y mientras la imagen del santo avanzaba por las calles de Yasiretá, las plegarias volvieron a concentrarse en tres palabras que atraviesan generaciones: paz, pan y trabajo. Pero este año, desde la voz del obispo, el pedido adquirió una precisión que resume buena parte de las preocupaciones de los fieles: que ese trabajo sea digno y que permita a cada persona construir, con sus propias manos, una vida mejor.

Una de las vecinas lo contó desde un lugar profundamente personal: tiene 75 años y asegura haber participado de las 75 procesiones de San Cayetano de su vida. Su historia comenzó cuando la capilla todavía era una pequeña construcción de madera y su madre preparaba empanadas para la comunidad. Después llegó el templo de material, la relocalización y la nueva iglesia, pero la tradición permaneció intacta.

“Todo es San Cayetano”, resumió al recordar que allí fue bautizada, tomó la comunión, se casó y vio repetir esas mismas etapas a sus hijos y nietos. Su casa quedó a pocos metros del templo y, aunque la vida de la comunidad cambió con el traslado de las familias, nunca dejó de regresar. Incluso hoy procura que sus nietos conozcan de dónde vienen, cuáles son sus raíces y la historia de aquel barrio que quedó atrás, pero que sigue vivo en la memoria de sus vecinos.

La relocalización también aparece como un recuerdo compartido. Algunos antiguos habitantes de la zona costera compraron sus viviendas en otros lugares, mientras que otros recibieron sus casas a través del proceso de reubicación. Con el paso de los años, la celebración de San Cayetano se convirtió también en una oportunidad para reencontrarse con aquellos vecinos que tomaron caminos diferentes, pero que conservan una historia común.

“Nosotros ya venimos arrancando de allá abajo, éramos inundados, éramos de la zona costera”, recordó otro de los fieles durante la jornada. Para él, la llegada al actual barrio significó una nueva etapa después del desarraigo, pero también la posibilidad de permanecer cerca de quienes habían compartido aquella vida. “Tuvimos la dicha de venir toditos, más o menos los que vivíamos alrededor de San Cayetano”, señaló, antes de volver a una palabra que se repitió entre los peregrinos: agradecer.

Esa gratitud también estuvo presente en quienes llevan décadas caminando hacia el templo. Una vecina de la chacra 92 contó que participa de manera permanente y que, durante años, hizo la procesión “en el barro”, cuando el lugar todavía no tenía la infraestructura que hoy recibe a los fieles. Para ella, San Cayetano es una figura que conduce hacia Dios y una parte inseparable de la historia de la comunidad, por eso continúa llegando cada año entre cantos y oraciones.

La celebración, además, no estuvo sostenida solamente por quienes llegaron a pedir o agradecer. La cantidad de servidores que colaboraron durante la jornada fue uno de los aspectos destacados por el obispo de Posadas, Juan Rubén Martínez, quien agradeció especialmente a la comunidad, al padre Ángel y a todas las personas que hicieron posible el desarrollo de las actividades.

Desde las primeras horas, el movimiento fue constante. La primera misa comenzó a las 5 de la mañana con la llamada misa de la aurora y, a lo largo del día, se sucedieron distintas celebraciones hasta la noche. La procesión y la misa central fueron así parte de una jornada que la comunidad preparó durante días y que encontró en la participación de los servidores una de sus principales expresiones de entrega.

Pero detrás de cada vela, cada oración y cada paso de la procesión apareció también una preocupación concreta: el trabajo. Algunos llegaron para agradecer por haberlo tenido durante su vida y otros para pedir una oportunidad en un contexto en el que, como explicó Martínez, muchas personas están desocupadas, sobreviven mediante changas o tienen empleos que no alcanzan para llegar a fin de mes.

Una de las mujeres que participó de la procesión, vecina del barrio Santa Lucía, explicó que lleva 55 años acercándose a San Cayetano desde que llegó a Misiones desde Paraná, Entre Ríos. Su pedido este año fue por “un bienestar mejor” para todos, porque, según expresó, las dificultades no son individuales sino que atraviesan a muchas familias.

San Cayetano recibe a sus fieles devotos desde las 05 AM https://t.co/lEKDlX50Po

— misionesonline.net (@misionesonline) August 7, 2026

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