Una línea rugosa y amarronada queda en la pared a la altura que alcanzó la inundación. Quedará allí durante mucho tiempo porque en el barrio no hay dinero para volver a pintar o porque el apuro por reparar otras pérdidas es más urgente. En La marca que deja el agua (Corregidor), primera novela de la dramaturga e investigadora Laura Garaglia, la autora hace de esa raya de barro un símbolo de memoria viva, que evoca tanto la oscuridad de la tragedia como el revés luminoso de la solidaridad.

Garaglia nació en Lanús en 1977. Al igual que la protagonista de su libro, era una niña cuando en mayo de 1985 cayeron 300 milímetros de lluvia en poco más de un día en la ciudad de Buenos Aires y alrededores, un temporal tan devastador que se ganó el nombre de “tormenta del siglo”.
Aunque las claves de espacio y tiempo son explícitas en las páginas de La marca que deja el agua, la historia resuena mucho más allá de los eventos puntuales, de un modo que evidencia la naturaleza tristemente cíclica de ciertos desastres que azotan con mayor violencia a los territorios vulnerables.
Ambientada en algún lugar del conurbano, la novela se narra desde la voz de una niña cuya casa es la única por donde no ha entrado el agua. El hogar donde vive con sus hermanos y sus padres se convierte en un refugio para vecinos y parientes afectados. La convivencia y la espera inauguran un tiempo distinto, en el que la escuela ya no dicta la rutina y los juegos en la calle revisten un riesgo que los chicos aprenderán a comprender.
La novela fue finalista del Premio Hebe Uhart en 2024 y honra al pie de la letra uno de los conocidos consejos de escritura de la autora argentina: la escucha. La oralidad, materia con la que Garaglia ya estaba familiarizada como dramaturga, ocupa un rol significativo en su debut como novelista.
Niña observadora, inquieta y reflexiva
El delicado trabajo sobre la voz de su narradora, una niña observadora, inquieta y reflexiva, consigue con éxito la difícil tarea de dar vida a un personaje que, al mismo tiempo, encarna el universal de la infancia y lleva las marcas de su época. Desde sus referencias al programa de Badía, las revistas de Anteojito y la música de Cantaniño hasta su vínculo con la institución escolar, el personaje es, sin dudas, una niña argentina de los años 80.
Desde la mirada de su protagonista, Garaglia construye su universo de casas bajas, de vecinos que se conocen por el nombre, de familias que pasan sus vacaciones en los hoteles del sindicato. Los juegos con amigos trazan los recorridos por el barrio, donde se encuentran con personajes como la abuela o “la” Marcela, esa vecina madre de muchos hijos.
También, delinean sitios como aquella casa prohibida del vecino al que “se lo llevaron”. El barrio, como dice su protagonista, está lleno de marcas y el pasado reciente de la dictadura es una de ellas, aunque todavía mencionada con la prudencia de aquellos tiempos de democracia joven.
Bajo el repiqueteo constante de la lluvia, lo que era pura novedad se convierte poco a poco en una espera monótona en la que se acumulan las pérdidas sin que se pueda hacer nada. La protagonista pasa del entusiasmo al aburrimiento, de la alegría por compartir con otros a sentirse sofocada. La literatura aparece allí como una herramienta para procesar la vida, como un entretenimiento, pero también como una tarea que la niña asume con la seriedad de un deber.
Y es que La marca que deja el agua, en ese sentido, es también una historia de origen de una autora. Aunque los paralelos autobiográficos están allí, Garaglia se cuida de desmarcarse y hace decir a su personaje que “ser escritora es también poder armar recuerdos falsos con los recuerdos verdaderos”.
La historia de crecimiento se consolida hacia el final de la novela, cuando una fatalidad marca el fin de la inocencia. La figura paterna se muestra en su vulnerabilidad, y los riesgos anunciados por los adultos finalmente se encarnan en un hecho trágico. Como los muebles arruinados que la gente descarta tras la inundación, hay cosas que se pierden para siempre.
“De modo que hubo gente en mi casa y en mi escuela, todo se movió de su lugar, como cuando se te mueve el papel de calcar del mapa y ya no coincide lo que se transparenta abajo con lo de arriba”, grafica la narradora.

Dimensión de lo colectivo
Aunque el relato nunca se aparta de la perspectiva de su protagonista y de su vivencia íntima, hay también una dimensión de lo colectivo inserta en su mirada. Ante la respuesta tardía y deficiente de las instituciones, lo que aparece es la organización solidaria, una red de personas que se sostienen mutuamente.
“Nadie hace nada, no pasa nada, los barrenderos no barren, por acá no viene nadie. Claro, si total lo hacemos nosotras”, cuenta la niña, que absorbe con atención las palabras de los adultos que la rodean.
Lejos de caer en un pesimismo amargo, Garaglia construye desde la ternura, con un lenguaje poético y ágil como los correteos de la infancia. Siguiendo el curso de la historia, el agua, que está por todas partes, cambia de colores, puede pasar de ser un río para chapotear a un escenario temible; el agua son las lágrimas, pero una persona inmensamente triste es también “una persona seca”.
Sin eludir la desgracia, la autora se permite ensayar una respuesta a las adversidades recuperando la mirada fantasiosa de una niña en un relato que concluye con intensa luminosidad.
La marca que deja el agua, de Laura Garaglia (Corregidor).