En diciembre de 2025, Chile celebró una de las elecciones más importantes de su historia democrática. Por primera vez desde el fin de la dictadura, un candidato situado en el extremo derecho del espectro político aparecía como favorito. Ante esa decisión tan trascendental, un 27% de los ciudadanos, más de 1 de cada 4, decidió consultar con la inteligencia artificial por cuál de las opciones debería votar (Fondecyt). El caso de estas presidenciales no es único. En las municipales francesas de inicios de este año, un 16% del electorado reconoció que hizo lo mismo (Toluna Harris Interactive). Y hay reportes que advierten que está sucediendo también justo ahora en Brasil, ya que en octubre se votará sobre la continuidad de Lula.
Cada vez son más los ciudadanos que desarrollan una relación cercana con chatbots, sobre todo entre los jóvenes. En algunos casos, el vínculo se ha hecho tan estrecho que uno de cada diez menores de 17 años incluso los usa como ayuda ante problemas de salud mental (Common sense media).
Si se toma todo eso en consideración, no resulta extraño que investigaciones publicadas por Science y Nature indiquen que estas herramientas son capaces de cambiar la opinión de hasta un 25% de los votantes analizados. Eso es mucho más que lo que pueden hacer la publicidad electoral tradicional, los debates o el microtargeting. Si un chatbot habla bien de un candidato o candidata con alguien que confía plenamente en sus respuestas y sugerencias, sería posible contemplar la posibilidad de que, en el marco de una campaña electoral, este mismo usuario pudiera ayudar a entregar ese mensaje concreto, trasladando la información a un amigo cercano. Ese impacto no lo puede conseguir un anuncio genérico de 30 segundos, ni siquiera se acerca al esfuerzo que hace un voluntario que va puerta a puerta dedicando 5 o 10 minutos a cada persona que accede a abrirle la puerta de su hogar. Es un efecto que, hasta ahora, era física y temporalmente imposible de conseguir de forma masiva.
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Además de pedir ayuda para votar, la última edición del Digital News Report del Instituto Reuters y Oxford advierte que los chatbots también empiezan a ser usados de manera más recurrente para informarse. Un 10% de los encuestados en todo el mundo ya los aplica para ese objetivo y el porcentaje se eleva hasta el 17% entre los menores de 25 años.
Ante este panorama, es cada vez más urgente para las campañas, instituciones y líderes políticos publicar datos e informaciones para influir en las respuestas de los chatbots. Esto implica aumentar de manera considerable la presencia en las fuentes de información que más consultan estas herramientas, y que van desde las redes sociales hasta las webs de noticias. Antes era necesario construir la imagen digital pensando en los buscadores. Ahora hay que hacerlo con la IA en mente. Y, para ello, es fundamental tener bien aceitada la máquina de producción de contenidos, como recientemente escribía David Plouffe, uno de los asesores de Barack Obama. No sólo hay que hacerlo para llamar la atención en un mundo en el que todo es cada vez más efímero, sino también para que los algoritmos sepan qué decir de ti.
Evidentemente, esta nueva realidad también implica riesgos importantes. Me enfocaré en tres. El primero es el peligro de que se repliquen errores o falsedades que, en vez de aportar una base de calidad para que el usuario tome sus decisiones, lo que hacen es desorientarle. Según un estudio hecho por Newsguard, 8 de 10 chatbots evaluados incluían información falsa en más de un tercio de sus respuestas cuando se les preguntaba por temas de actualidad. Esto resulta especialmente peligroso cuando los usuarios no verifican las fuentes de los mensajes que reciben, una práctica que varias investigaciones apuntan a que es más frecuente que en las búsquedas tradicionales en motores de búsqueda como Google.
El segundo gran problema es que podría incrementarse el impacto de los algoritmos de las redes sociales e internet. Al basarse en la información disponible en el mundo digital, los chatbots pueden destacar aquello sobre lo que se ha producido más contenido, lo cual puede terminar privilegiando a temas y personajes en tendencia. Esto también puede ser negativo para las personas e instituciones sobre los que se produce mucho material no verificado, ya que podría aumentar el riesgo de que se repliquen contenidos falsos cuando se pregunta por ellos.
Finalmente, el tercer gran peligro es el creciente poder de la reducida élite que controla los chatbots de IA: los magnates de Silicon Valley. Hay indicios importantes de que las respuestas que dan están condicionadas por los intereses empresariales. Por ejemplo, un estudio hecho en Francia con ChatGPT concluyó que esta herramienta tiende a redirigir mucho más el tráfico hacia el periódico Le Monde, lo que sugiere que lo cita en sus respuestas mucho más que al resto. Lo mismo ocurrió en Reino Unido con The Guardian. Ambos diarios firmaron en los últimos años acuerdos de colaboración con la empresa de IA.
Pero este tema va más allá de los acuerdos económicos. En Estados Unidos, el lobby de la IA se está transformando en uno de los más poderosos del país. De cara a las “midterms” (medio término) de este año, ya han invertido decenas de millones de dólares en apoyar a precandidatos cercanos a sus intereses o que enfrentan a políticos que promueven regulaciones que no están alineadas con su visión. En algunas primarias, han llegado a gastar más dinero que los propios aspirantes al cargo en cuestión. El caso más emblemático fue el del distrito 12 de Nueva York, donde hubo una cuantiosa inversión en contra de la candidatura de Alex Bores, un legislador que había auspiciado una ley en la asamblea estatal para obligar a las firmas de IA a usar protocolos de seguridad.
Si estas empresas están dispuestas a gastar millones en contra de un candidato y tienen la capacidad de condicionar las respuestas de sus chatbots para que se adapten a sus acuerdos comerciales, por qué no lo harían también para que respondan a favor o en contra de determinados personajes. Si la IA llega a susurrar preferencias de voto en cada vez más oídos, al final puede que sus dueños ni siquiera se vean obligados en invertir dinero en campañas.
*Asesor de comunicación. www.gutierrez-rubi.es.