Llamo “ambiente estilístico” a algo intuitivamente compacto pero muy difícil de describir. No es un “campo” ni un “espacio mundial”. Se parece más a la “atmósfera ideológica”, pero es un poco más material. Eso que él llama “contexto verbal” es, en verdad, una formación discursiva o episteme que funciona no como mediación sino como un instituyente estilístico (sus constituyentes son, por supuesto, estilemas).
Para decirlo con palabras de Georg Simmel: “El estilo es el intento estético de solucionar el gran problema de la vida; cómo una obra única o un comportamiento único, que constituye una totalidad, cerrada en sí misma, puede pertenecer al mismo tiempo a una totalidad superior, a un contexto unificador más amplio”.
Durante los últimos quince años, Sianne Ngai ha creado una taxonomía de las características estéticas del capitalismo contemporáneo: las emociones que provoca, los juicios que suscita y las tecnologías con las que se imbrican en la formación de una ética y una estética de la existencia. Por supuesto, en sus libros el estilo se ha convertido en una mercancía, profundamente imbricada con juicios estéticos cada vez más contaminados por “afectos menores”. Cita a Susan Sontag, tanto por su ensayo (bastante confuso, a mi juicio) “Sobre el estilo” como por sus “Notas sobre lo camp”. Lo camp es un ambiente estilístico, como lo son lo kitsch y lo queer. Lo “cute”, siguiendo a Sianne Ngai, es también un ambiente, que se entremezcla con lo extravagante y lo interesante. Ese repertorio de estilos y maneras pareciera haber estado ya completamente disponible en tiempos de Darío, que no por nada.
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En América hay dos ambientes estilísticos definidos y bien delimitados: el barroco, tal y como lo define Lezama Lima (“formas de vida y de curiosidad, … un vivir completo”) y, por supuesto, el modernismo hispanoamericano, del cual podría decirse lo mismo. Pero hay, además, otro ambiente más difícil de definir, porque constituye nuestro presente, el pop latino.
¿Son los estilos apropiables? ¿Hay acaso unas propiedades del texto que se puedan reconocer como marcas de estilo? ¿O navegan, más bien, los textos, las imágenes y los sonidos a través de unos ambientes estilísticos que, como los mares, dejan su resaca y sus marcas en las quillas que los atraviesan?
La tradición crítica trató al estilo como una huella dactilar: una propiedad inalienable del sujeto. Desde una perspectiva diferente, se puede pensar en un espacio de tránsito donde el estilo no se posee, sino que se usa o se atraviesa.
En el límite de lo consciente y lo inconsciente, de lo deliberado y lo inevitable, de lo personal y lo apersonal, de lo propio y lo impropio, los estilos atraviesan los cuerpos y las voces, tejiendo redes de estilemas de mayor o menor visibilidad pero de los cuales importa sobre todo la fuerza de su impresión.
El siglo pasado no buscó el fin del estilo, sino su desvinculación del Nombre. El estilo “impropio” (el préstamo, el pastiche, la cita sin comillas) puso en escena la convicción de que el lenguaje siempre es del otro. Pienso en Puig, desde ya, el mayor estilista de la literatura argentina, pero quiero usar ejemplos más contemporáneos.
Yo quería pensar en ese contexto el estilo argentino, cuyos dos tonos fundacionales codificados por el Martín Fierro, (el desafío y el lamento) vuelven hoy bajo la forma de la algarabía festiva y el delirio paranoico.
Lo hemos leído, lo hemos visto: la algarabía argentina, ejercida en masa y sin ninguna relación con la realidad, en cualquier territorio, durante los mundiales, es la forma actual del desafío, de una manera de pararse frente a los otros para demostrarles no tanto que “la alegría no es sólo brasileña” sino que nadie puede ejercerla con más visibilidad que nosotros. Por supuesto, como el triunfalismo del que depende esa algarabía es totalmente enclenque, apenas se confrontan las esperanzas con la realidad adviene el otro tono, que hoy adquiere la forma del delirio paranoico-conspirativo.
Si hipotequé mi casa y vendí mi auto para poder participar del banderazo en Time Square (que digamos, impresionó a todo el mundo), ahora tengo que encontrar la razón (oculta, secreta, siniestra) que me impidió hacer coincidir mi deseo con la realidad. Llamamos a esa salida una “campaña anti-Argentina”, tan ridícula como las opiniones en las que dice fundarse: el like de un actor chileno, los dichos de un actor afroamericano ignorante y desagradable.
Tanto uno como otro tono reposan ambos en un mismo rasgo cultural que tiene, asimismo, un soporte institucional-material evidente: la ignorancia, la incapacidad de comprender los procesos históricos que son la consecuencia directa de la degradación de los sistemas escolares.