El VAR de los periodistas

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El VAR de los periodistas

El informe anual más potente sobre la democracia en el mundo se llama Variedades de Democracia (V-Dem) y es el resultado de la cooperación entre alrededor de 4200 académicos de 202 países y territorios.

Este año, con el título “¿El fin de la era democrática?”, concluyó que el mundo retrocedió a los niveles de democracia que tenía en 1978, antes del comienzo de lo que Samuel Huntington llamó la tercera ola de democratización. Igual, América Latina muestra una gran resiliencia, ya que es la segunda región más democrática del mundo, mientras que en 1978 solo tenía tres democracias: Costa Rica, Venezuela y Colombia.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Desde esta columna es relevante la siguiente pregunta:

En un momento donde el periodismo mundial vive un fuerte revolcón político, económico y profesional en todas las fases de su línea de producción, ¿cómo pueden los periodistas saber si están contribuyendo o no a la calidad democrática?

Pensamos que un aumento de calidad democrática es un aumento en el ejercicio de nuestros derechos, y una recesión democrática es una reversión en esos derechos.

Más allá de la opinión que se tenga del VAR que se usa en el fútbol, es una herramienta orientadora. Acá se va a proponer un VAR para periodistas (no un BAR), que nos oriente para entender nuestra incidencia.

Está basado en que un derecho se construye en tres fases: el desarrollo de las voces que lo piden, el apoyo social que esas voces reciben o no y, por último, la respuesta de las instituciones democráticas a esas voces. Por eso proponemos el VAR (Voz / Apoyo / Respuesta). Y el periodista puede influir en cada una de esas tres fases.

PRIMERA FASE: SURGE UNA VOZ SOCIAL.

Una persona o grupo social sufre una privación relativa y se victimiza. Así se convierte en un emprendedor moral que intenta promover un cambio en el ejercicio de los derechos. En ese intento, busca acceder a los medios de una forma que le permita sostener su reclamo en el tiempo. Acá el periodista le habilita o no el micrófono, se lo da en forma fugaz, lo condiciona, o puede colaborar para potenciar a quienes se consideran víctimas. Aquí puede haber tanto buenas como malas praxis profesionales. El periodista puede ser extractivo de la historia que las víctimas cuentan y revictimizarlas. Puede tener fatiga moral y ser poco sensible con las llamadas víctimas ocultas, que son las que no tienen la capacidad de levantar su voz. Puede ser ineficaz en la defensa de las víctimas difusas, que son por ejemplo los ciudadanos afectados por la corrupción pública o los consumidores de productos y servicios masivos; o hacer una cobertura revictimizante de la voz de los victimarios. Y puede no entenderse que una víctima puede convertirse en un victimario, y viceversa. Una pregunta siempre importante es: ¿Cuán accesible es un periodista a las personas comunes? En la medida en que no lo es, su visión se cierra en una realidad elitista, que es un sesgo constante.

SEGUNDA FASE. LA SOCIEDAD APOYA O NO ESA VOZ.

Después de que surgieron las voces que piden un derecho, la sociedad escucha y opina. Acá puede haber un rol promotor o bloqueador de los periodistas, en el que se expresa algo de su poder en el proceso democrático. Una vez que esas voces llegan al público este puede ignorarlas. Aquellas pueden seguir remando para obtener resonancia, pero su reclamo puede diluirse irremediablemente. También puede pasar que ese reclamo coincida con la visión editorial de uno o varios medios y periodistas, y eso pueda sostener la resonancia hasta que finalmente la sociedad empiece a escuchar. Fijáte ahí cómo incide esa actitud periodística en que ese derecho se tenga o no en cuenta. Ya hemos dicho desde esta columna que una línea editorial es también una lista jerarquizada de derechos y víctimas a defender. Pero una cosa es que esas voces resuenen en la sociedad, que sean escuchadas, y otra, muy distinta, que amplios sectores sociales apoyen ese derecho. Eso es pasar de la resonancia a la consonancia con las víctimas. Es de alguna forma terminar de reconocerlas como víctimas. Si logran el apoyo es que han conseguido finalmente transferir su indignación a una parte importante de la sociedad. Acá el periodismo puede volverse amarillista, cristalizar los estigmas, caer en giros angelicales o demonizantes, promover el pánico moral o, por el contrario, contextualizar las demandas para entender mejor y construir encuadres que unan a distintos sectores sociales.

TERCERA FASE. RESPUESTA DE LAS INSTITUCIONES A ESA VOZ.

La tercera fase es cuando, una vez que se construyó la voz en defensa de un derecho, y que esa voz tuvo determinados apoyos sociales, se produce la respuesta de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. Si dan una respuesta positiva, esta puede ser en dos pasos: hay una etapa de formalización, donde se sanciona una ley, un decreto, una sentencia, que reconoce ese derecho y, una segunda etapa, cuando las personas la ejercen efectivamente. El derecho vigente se convierte en derecho viviente, como diría el jurista italiano Luigi Ferrajoli.

En esta fase, el periodismo puede funcionar como una oficina de auditoría de los tres poderes. Puede analizar si las instituciones dan respuestas decorativas o débiles (“leyes florero”), y romper códigos de silencio. En América Latina, es habitual formalizar derechos pero no avanzar en su ejercicio. El periodista puede monitorear el proceso presupuestario, como sugerimos en la columna “Los periodistas y su rol en el ciclo presupuestario”. Puede sostener un monitoreo sobre cómo la burocracia estatal asegura o no el ejercicio de esos derechos para que no queden “en el papel”. Y también puede calibrar la congruencia entre lo que la sociedad dice y lo que hace, que es una grieta por donde los derechos se pierden.

Cuando se analiza en V-Dem la actual regresión democrática, se dice que el contrapeso más eficaz ante la voluntad de los autócratas son los poderes legislativo y judicial, y la institución electoral. Pero ese triángulo democrático depende de un espacio cívico abierto que permita el despliegue de la libertad de expresión, reunión y asociación. De hecho, en el análisis de los 44 países que se están autocratizando el informe de V-Dem sostiene que el mecanismo más utilizado es la censura a los medios de comunicación como forma de empezar a cerrar el espacio cívico.

Si el V-Dem ofrece un tablero de control de la salud democrática, en el periodismo se necesita un VAR para ver si hemos perdido la sensibilidad con las personas comunes. En una breve checklist, un periodista puede preguntarse: ¿qué voces ayudó a visibilizar?, ¿qué problema público contribuyó a explicar? y, ¿qué respuestas institucionales puso bajo escrutinio? Así se puede monitorear si los grandes cambios que sufre la prensa la corrieron o no de su responsabilidad democrática.

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