La relación entre tecnología y educación es de larga data. En 1972 una comisión internacional integrada por Francia, Estados Unidos, Chile, Siria y la ex-Unión Soviética realizó un informe denominado “Aprender a ser” en el cual representantes de gobiernos que aparecían contrapuestos lograron acuerdos en políticas educativas en las que proponían lo que hoy se conoce como el aprendizaje personalizado y se instaba a formar maestros por medio tecnológicos como la radio y la televisión.
Estos desafíos fueron recogidos y las computadoras personales fueron propuestas como herramientas capaces de fortalecer el aprendizaje y sortear desigualdades. Posteriormente fueron desplazadas por los celulares a los que, ahora, se sumó la presencia de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) que colaboraría en el fortalecimiento de una enseñanza individualizada donde cada estudiante puede sortear consultas, inquietudes e interrogantes, mediado por la tecnología.
Esta consideración emerge porque la IAG es presentada como instrumento del conocimiento. Bien mirado, es un lenguaje artificial que asemeja el pensamiento humano brindando respuestas a partir de la predicción de comportamientos basados en el acceso a billones de datos. Cada dispositivo ofrece información cotidianamente de nuestros recorridos, nuestros comportamientos y decisiones. La cualidad personalizada de las respuestas que emite se debe a que la IAG se informa de cada patrón que el usuario realiza. Ese celular que traés entre tus manos, desde donde mirás Instagram, leés mails o este artículo, colabora en perfilarte.
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La IAG está auto-condicionada porque su meta es llegar a un objetivo; construye patrones siguiendo comportamientos y aprende de las novedades. Releva datos con los que refuerza nuestro perfil y fortalece un sesgo que, a través de su función algorítmica, nos devuelve continuamente lo que nos gusta, lo que nos hace sentir bien y por eso parece saber lo que queremos. A esto se suma la amabilidad y la adulación en las respuestas que emite la IA, abriendo un terreno emocional en todo usuario.
Burócrata obediente. El desarrollo actual de la tecnología, donde la inteligencia artificial se abre paso, ha provocado una alteración de la totalidad de las relaciones sociales, a tal punto que se están sacudiendo los cimientos de la sociedad tal como la hemos conocido desde el fin de la segunda guerra mundial. Esta alteración es la base que insta a la idea de que vivimos en un mundo de incertidumbre, caótico y que exige cambios educativos. Ahora bien, postular la incertidumbre genera el riesgo de promover la quietud y la sensación de resignación que promueve el desentendimiento manifestado en un comportamiento apático; sabemos lo que sucede, pero actuamos como si no pasara.
La alteración presente implica la reconfiguración de los límites geográficos, normativos y del tiempo, donde incluso el descanso está cuestionado por las tecnologías que parecieran ser las responsables de lo que sucede, como si fuesen soberanas que imparten su propia lógica. Sin embargo, la tecnología actúa como un fetiche porque condiciona lo que se ve y oculta lo que sucede. Se cuestiona a la tecnología sin que reparemos que, por esta vía, es posible que los seres humanos podamos gozar de mayor tiempo de ocio y de creatividad, mejorando la calidad de vida y la salud. Pero como la tecnología se despliega para incrementar inversiones y capital, a los fines de cotizar en bolsa, su desenvolvimiento propone amplificar esa lógica financiera y mercantil. Por eso toda la vida humana se tecnologiza; para buscar rentabilidad, en China mendigos y artistas callejeros, que transmiten en vivo para redes sociales, cuelgan de su cuello un QR para recibir limosnas.
La tecnología como medio consolida formas de comportamiento, toda vez que la técnica y lo humano se entrelazan moldeando maneras de ser y estar. Por lo tanto, no hay que desconsiderar ciertas apreciaciones de los impulsores del desarrollo tecnológico toda vez que consideraron que “libertad y democracia no son compatibles” (Thiel) y que para defender la “civilización occidental no podemos ser tolerantes” (Musk). Estas concepciones evidencian la expresión cultural que, toda vez que se consolida, construye internalizaciones que se manifiestan en comportamientos; podemos abordar la manifestación de troleo en redes, el rechazo a toda diferencia ideológica (pensamiento único) y la desconsideración por el sufrimiento ajeno en redes sociales. Estos serían los aparentes nuevos “códigos” (expresiones) de estos tiempos tecnológicos.
Este despliegue no puede ser resuelto mediante regulaciones toda vez que los Estados nacionales se ven superados por la tecnología. El Estado nacional, que supo ser motor de desarrollo, se convierte así en un limitante para las tecnológicas excepto en todo lo referido al control y a la vigilancia. El Estado se vuelve incapaz de seguir el paso del avance de la inteligencia artificial, tal como se desprende de un informe de la ONU. Los límites jurídicos y territoriales están cuestionados.
Se suma, a todo esto, que un agente de IA, en un marco de experimentación y evaluación, fue capaz de vulnerar a una empresa de alta tecnología con el fin de buscar la información solicitada, para resolver un problema. Este comportamiento generó que Altman y Musk dijeran que estamos en el “momento de la singularidad”, que significa que asistimos al instante en el cual la inteligencia artificial estaría superando las capacidades cognitivas humanas. Esto es parte de una humanización de los agentes de inteligencia; toda vez que los agentes no poseen intención ni autonomía real, actúan siguiendo la optimización de funciones de pérdida y mediante bucles de reintento. Por eso, bien mirado, la IAG actuó autocondicionada, es decir que sostuvo hasta las últimas consecuencias la orden emitida. Podemos observar que asistimos a la obediencia debida sin remordimiento; es el burócrata por excelencia que describió Weber y luego Arendt.
Fetichización de la tecnología. En una sociedad basada en la competencia, todo avance tecnológico incrementa la productividad y reduce la empleabilidad, porque la aceleración deprecia el trabajo, tanto en cantidad como en calidad, al reducir puestos laborales y exigencia cognitiva. La competencia, que tiende al monopolio, acelera la producción incrementando la obsolescencia de las cosas, esto podría explicar la imperiosa necesidad de extraer mayores recursos de la naturaleza y del trabajo humano, dinámica que fomenta las guerras comerciales, que devienen en guerra mundial por el control del petróleo, por el control de las vías de transporte, de las denominadas tierras raras, el agua y otros, incluida la fuerza de trabajo humano y el espacio.
Al vivir en un mundo donde múltiples tareas y actividades se han visto simplificadas por la incorporación de tecnologías que ya no requieren conocimientos específicos para su desempeño, entonces, se cuestiona la enseñanza a través de diversas asignaturas. Esto explica por qué se reducen asignaturas y se pone en el centro del debate que el docente coordine relaciones y emociones en las aulas, delegando en la IAG el perfil de la enseñanza, confundiendo esto con la trayectoria escolar personalizada. Esto redundará en el individualismo y en el camino del emprendedurismo. La modalidad productiva se abre paso en el proceso de enseñanza y aprendizaje promoviendo la automatización porque la inteligencia artificial aparece como lo infalible, como el objeto que sabe.
La fetichización de la tecnología se expresa toda vez que se la ubica como “medio del saber”; así, pareciera que es la IAG la que contiene el saber. Se modifican diseños curriculares y se cambian los modos de enseñanza según los ritmos del algoritmo. Esto conlleva a la reorganización del proceso educativo, la subjetividad del docente, sea reemplazada por la ansiada objetividad de lo artificial. La enseñanza y el aprendizaje se convierten en apéndices de la máquina donde las subjetividades se subsumen a la lógica del algoritmo, lo que produce una educación artificial.
Posibilidades educativas: técnica al servicio del aprendizaje. Construir un nuevo modo cultural no surge de la escuela, que se adapta a los requerimientos sociales, pero la escuela sí puede actuar como medio educativo para habilitar pensamientos y reflexiones, por lo que requiere tener asegurada su plena libertad de expresión. La escuela promueve la incomodidad toda vez que el acto de aprender y enseñar implica salir de la zona de confort; en tal sentido es un medio relacional donde la ciencia y las diversas asignaturas fomentan conocimientos y actúan como el instrumento por el cual los diversos pensamientos se relacionan abriendo desafíos concretos que promueven el desarrollo de habilidades.
La enseñanza, cuando incorpora al medio educativo los elementos y dispositivos que afectan la vida humana, los convierte en instrumentos de la experiencia de aprendizaje. Por eso el proceso pedagógico implica el abordaje de la vida social misma. De este modo, la enseñanza puede abordar la potencialidad de la IAG y promover un abordaje que supere el mero mecanicismo de enseñar usos, recursos y responsabilidades. La posibilidad educativa ante la tecnología y la inteligencia artificial no reside en un problema ético, sino en establecer una trama dialogal entre docentes y estudiantes que construya un discurso (entendido esto como lazo social) en el espacio escolar, donde los instrumentos de la tecnología entran y salen de la escena pedagógica, por decisión de los sujetos de la educación.
El proceso educativo evidencia que son muy complejos los aspectos combinados que se involucran al momento de enseñar y de aprender. La tarea del espacio educativo es exponer la realidad social y los conocimientos existentes para abordarla que son, a su vez, los medios posibles para desarrollar un aprendizaje potencialmente nuevo. Por eso, los usos de la IA en el medio escolar deben surgir como expresión de una planificación conjunta entre docentes y estudiantes al fin de orientar el proceso pedagógico situado en objetivos concretos. La calculadora supo ser, en su momento, una herramienta orientada por los objetivos de Matemática o, quizás, determinada por algún objetivo planteado por la Sociología o la Física; como se observa, es la técnica al servicio del aprendizaje. De modo similar, traer una película al aula con un objetivo pedagógico implica colocar un bien cultural, técnico y recreativo en el medio escolar. El proceso educativo es una tríada donde es activo el estudiante, es activo el docente y es activo el medio existente en común entre ellos.
La paradoja de todo esto es que, mientras se pretende delegar en las tecnologías tareas de enseñanza, la única indelegable es nuestra capacidad de amar, de emocionarnos, de reflexionar y de crear estéticamente. Por eso, seguiremos buscando los mejores medios para hacer un mundo habitable para la diversidad de vivencias humanas, porque la vida merece ser cuidada, valorada y disfrutada.
*Sociólogo. Director de escuela. @profedmelcer.