—Usted argumenta que las economías occidentales, especialmente la británica, se organizan cada vez más en torno a tener en lugar de hacer. ¿Podría explicar qué significa esa distinción?
—Sí, ese es el argumento que planteo en un libro relativamente reciente que se llama Capitalismo rentista. La idea básica es que, en ciertas economías, no en todas, pero el Reino Unido es un ejemplo muy claro de esto, los responsables de las políticas públicas fueron estableciendo, durante un período relativamente prolongado, una serie de condiciones que hicieron particularmente rentable para los actores económicos, ya sean hogares o corporaciones, concentrarse cada vez más en tratar de asegurarse el control sobre una variedad de activos de distinto tipo, de modo que la sola posesión o el control de esos activos, en sí mismo, ayuda a generar un flujo de ingresos confiable. Ejemplos clásicos de estos activos de renta, como se menciona en la literatura, serían la tierra y la vivienda. Pero esos no son los únicos ejemplos. Podemos pensar en otros, como los recursos naturales, por ejemplo, una licencia para explotar un yacimiento petrolero, la propiedad intelectual, las patentes, las marcas, los derechos de autor, infraestructuras de distinto tipo, infraestructuras para la provisión de cosas como el suministro de agua, el suministro de energía, infraestructuras de transporte. Todas estas cosas, si las controlás, básicamente podés cobrarles a otros actores por acceder a esas infraestructuras o, en el caso de la vivienda, por vivir en ellas. Y eso es lo que quiero decir con la frase que mencionaste: que ejercer ese tipo de actividad económica, ser un rentista, para usar ese término, se volvió particularmente rentable en las últimas décadas. Por eso hemos visto que economías como la del Reino Unido se orientan cada vez más en esa dirección. Entonces, la gente está cada vez más enfocada en tratar de asegurarse el control de estos activos y en defender ese control, en vez de dedicarse realmente a la innovación y a la creación de nuevos productos y servicios.
—¿Es más complicado regular o preservar la extracción de rentas si el activo es intangible, como los datos o la propiedad intelectual, que cuando es algo físico, como la tierra o infraestructura?
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—No estoy seguro. Siempre hay desafíos involucrados en la regulación de todos estos tipos de activos. Pero sería cierto decir que hay algunos desafíos incrementales involucrados en tratar de regular el uso de cosas como la propiedad intelectual. Hay una larga historia de acusaciones que se intercambian, sobre todo entre distintos países, sobre actores de una jurisdicción internacional que abusan o utilizan sin pagar la propiedad intelectual de actores de otras jurisdicciones. Durante mucho tiempo hubo denuncias muy frecuentes de que actores en China estaban infringiendo la propiedad intelectual de actores, por ejemplo, en Estados Unidos, ya fuera en materia audiovisual, propiedad intelectual, o lo que fuera. Y sin dudas hay desafíos que se van sumando. Pero hay desafíos en todo tipo de activos que generan un ingreso, ya sea un activo físico con sustancia material, o, como decís vos, un activo de propiedad intelectual.
—La Argentina atraviesa un ciclo de ajuste fiscal, privatizaciones y desregulación bajo el gobierno de Javier Milei. ¿Encuentra en este proceso rasgos del capitalismo rentista que describe en su libro, o es un caso distinto?
—La respuesta que daría a esa pregunta sería doble. Primero, una especie de descargo de responsabilidad, soy cualquier cosa menos un experto en el caso argentino. Sin embargo, si consideramos que las reformas que se están llevando a cabo en la Argentina se enfocan en la privatización, entonces diría que esto es muy comparable a la historia de lo que sucedió en el caso del Reino Unido. Piénsalo así. A mí me gusta verlo de esta forma. La capacidad de los actores privados para generar este tipo de ingresos, estas rentas, como lo llamo, es, por supuesto, totalmente condicionada a que existan activos que puedan ser poseídos y explotados privadamente. Y, por supuesto, si usted tiene un Estado, un gobierno, que posee grandes cantidades de activos socialmente importantes, ya sea tierra, vivienda o infraestructura, entonces, la habilidad de los actores privados para explotar esos activos y generar rentas es particularmente limitada. Así fue en el Reino Unido hasta los ochenta. Mucha vivienda era propiedad del Estado, ya fuera a nivel nacional o local. Las infraestructuras para la provisión de todo tipo de servicios públicos importantes, ya fuera energía o agua y saneamiento, también eran de propiedad pública. Una parte importante de la historia del giro del Reino Unido hacia este tipo de actividad económica fue precisamente la historia de las privatizaciones. Así que desde la década de 1980 el gobierno se dedicó a privatizar todo tipo de activos diferentes. Y, por supuesto, esos activos terminaron en manos privadas y cada vez más se convirtieron en los activos sobre los cuales los actores privados pueden hoy generar niveles astronómicos de renta privada. En la medida en que la historia argentina tenga que ver con privatizaciones, entonces sí. Lo otro que diría es que Milei obviamente es alguien predispuesto a un régimen de impuestos relativamente bajos sobre el ingreso privado, y en particular sobre el ingreso generado a través de activos privados, o sea, las ganancias de capital en particular. Y, por supuesto, esa es otra parte de la historia en el Reino Unido. Una de las razones por las que tantos tipos distintos de actores privados buscaron adquirir estos diferentes tipos de activos privatizados fue precisamente que el Estado dejó claro que no iba a imponer niveles onerosos de impuestos sobre este tipo de activos. Así que la tributación del petróleo y gas del Mar del Norte ha sido baja comparada con otras jurisdicciones internacionales. La tributación de los ingresos sobre la propiedad intelectual siempre ha sido relativamente baja. Y en la medida en que el gobierno argentino esté avanzando hacia un régimen impositivo igualmente bajo sobre los ingresos por activos y las ganancias de capital, es probable que se vean resultados similares.
—¿Qué papel jugaron las tasas de interés ultrabajas posteriores a la crisis de 2008 en el auge del capitalismo rentista que describe? Con la suba de tasas de interés a nivel global en los últimos años, ¿cambió en algo la lógica rentista que describió en 2020, o se mantiene igual?
—Es una excelente pregunta y la respuesta no es sencilla. Si desglosamos los distintos aspectos de lo que está pasando acá, como estoy seguro que muchos de tus lectores ya saben, el período que va desde el final de la crisis financiera global hasta el covid, o sea toda la década de 2010, fue un período de tasas de interés excepcionalmente bajas a nivel global, tanto en el norte global como, en parte como respuesta a eso, también en el sur global. Eso implicó varias cosas directamente relevantes para lo que estamos hablando. Una fue que se vieron aumentos muy, muy fuertes en los precios de los activos durante ese período. Mucho dinero se destinó a invertir en activos. Y, obviamente, esos aumentos en los precios de los activos se disfrutaron de manera muy desigual. Está claro que quienes eran dueños de activos se beneficiaron con esas subas de precios. Quienes no eran dueños de activos no se beneficiaron en absoluto con esas subas de precios. Para empezar, eso tendió a agravar los niveles de desigualdad, tanto a nivel internacional como dentro de cada país en particular. Pero lo otro que estaba pasando ahí es que una de las razones por las que hubo una enorme cantidad de inversión, en particular en el sector inmobiliario e infraestructura durante ese período, sobre todo por parte de inversores institucionales como las firmas de capital privado, fue en primer lugar que la cantidad de ingresos que se podía generar a partir de los activos de los que históricamente dependían para generar ingresos, cosas como títulos financieros de renta fija, bonos, ya no pagaban rendimientos comparables a los que históricamente estaban acostumbrados. Entonces tuvieron que buscar en otro lado para generar algún ingreso confiable. Y el sector inmobiliario y la infraestructura fueron exactamente eso a lo que recurrieron cada vez más para generar esos ingresos confiables. Pero lo otro, por supuesto, y como muchos ya sabrán, es que gran parte del dinero que las firmas de capital privado invierten en el sector inmobiliario e infraestructura es dinero prestado. Apalancan sus inversiones. Y como pedir prestado era muy, muy barato durante ese período, esa fue otra razón por la que se metieron en semejante cantidad de ese tipo de inversión. A, otras fuentes de ese ingreso que estaban disponibles, y B, el endeudamiento al que recurrían para llevar adelante esa inversión era, históricamente, más barato que nunca. Juntas esas dos cosas, y tuviste esta gran ola de inversión en infraestructura y bienes raíces a nivel internacional por parte de actores del sector privado. A partir de que las tasas de interés y la inflación volvieron a subir desde principios de la década de 2020, hace unos cinco años, diría que la historia se volvió más compleja. Ciertamente, se replegaron en algunos tipos de inversión. Y la cantidad de dinero que iba en particular hacia infraestructura disminuyó en ese nuevo contexto macroeconómico. Los lectores, estoy seguro, van a estar familiarizados con un aspecto de eso, que es la infraestructura climática. La enorme inversión en instalaciones de energía renovable que se dio en la década de 2010 en gran parte del mundo se estancó, en cierta forma, en los últimos cinco años, al punto de que hoy la así llamada transición energética está impulsada predominantemente por China, mientras que en el resto del mundo, donde este tipo de inversión institucional había sido muy importante, ese impulso se frenó. Se ha estancado. Se ha ralentizado. Lo otro que pasó fue que durante la década de 2010 aprendieron que ciertos tipos de inversión en activos, y sobre todo la inversión en vivienda, en vivienda de alquiler, podían ser tan rentables que siguieron con ese tipo de inversión, aun cuando el contexto macroeconómico, a simple vista, ya no es tan atractivo para ese tipo de inversión como lo había sido antes. Así que buena parte de su inversión sigue yendo hacia ciudades de todo el mundo donde la oferta de vivienda está tan restringida que los alquileres siguen subiendo muy, muy fuerte. Y eso funcionó como un estímulo adicional para que la inversión siga, a pesar del cambio en el contexto macroeconómico.
—¿Hay diferencias importantes entre el capitalismo rentista británico que estudias y el de economías emergentes en el sur global, no solo en países como la Argentina?
—Hay muchas diferencias, algunas de las cuales, como digo, seguramente no conozco porque no soy experto en esos países. Pero hay una diferencia, y quizás la más importante, de la que soy muy consciente, buena parte de esta inversión, tanto en el norte global, en lugares como Gran Bretaña, como en el sur global, la llevan adelante, como dije antes, instituciones de inversión financiera que tienen su sede en el norte global, entre ellas firmas de capital privado, pero no solamente. Tanto históricamente como hoy, cuando llevan adelante este tipo de inversión, por lo general creen y sostienen que el riesgo de esa inversión es mayor cuando la hacen en el sur global que cuando la hacen en el norte global. Ahora, lo que no estoy diciendo es que haya efectivamente mayor riesgo en ese tipo de inversión, pero ellos creen que hay mayor riesgo. Y, por supuesto, dan muchas razones distintas para eso. Van a decir que hay mayor riesgo político y cambiario. Si están llevando adelante una inversión, digamos, en Brasil, esa inversión se hace en moneda local. Y, por supuesto, los ingresos que generan con esa inversión tienen que convertirse de nuevo a dólares estadounidenses si el dinero viene de ahí. Así que hay un riesgo cambiario. Entonces dicen que hay riesgos mucho mayores, de distinto tipo, cuando invierten en el sur global. Y dado que existen riesgos más elevados, un riesgo superior exige una rentabilidad mayor. Ahora, lo que eso a menudo significa, a su vez, es que los gobiernos, por ejemplo en un lugar como la Argentina, directamente no están dispuestos a cerrar acuerdos con ese tipo de inversores, porque el precio que esos inversores fijan no es aceptable, dado el alto nivel de retorno que exigen. Y entonces lo que pasa, y esto seguramente te resulte familiar, es que muchas veces el sector privado del norte global dice: si no llegamos a un acuerdo, entonces no vamos a hacer esta inversión. Y lo que suele pasar después es que entran en escena actores como el Banco Mundial u otras instituciones de financiamiento para el desarrollo. Lo que hacen esas instituciones es, básicamente, reducirle el riesgo a esa inversión. Aceptan un nivel de retorno mucho más bajo sobre la porción de dinero que invierten junto a los inversores privados, como forma de permitirles a esos inversores privados generar un retorno más alto. En los hechos, están subsidiando de manera cruzada la inversión del sector privado. La terminología que suele usarse para esto es “finanzas combinadas”. Se combinan las finanzas públicas para el desarrollo con las finanzas del sector privado, como una forma de incentivar a esos actores privados a llevar adelante inversiones que, de otro modo, no harían. Esa es la diferencia más grande, en todo el sur global se ve mucho más este esquema de finanzas combinadas. En el norte global también hay finanzas combinadas, pero en mucha menor medida; ahí la mayor parte de la inversión es financiamiento puramente privado. En el sur global, muy frecuentemente, la inversión solo se concreta si el Banco Mundial o una institución comparable se sienta a la mesa y dice: vamos a coinvertir para incentivar la inversión del sector privado.
—En su libro, usted expone cómo gestores de activos como BlackRock o Blackstone adquirieron aeropuertos, servicios de agua, hospitales, viviendas, tratándolos como una clase de activo alternativa. ¿Qué cambió sobre la prestación de un servicio esencial cuando el propietario es un fondo de inversión?
—Esta también es una excelente pregunta sin una respuesta simple. Déjame desglosar esto un poco. Lo primero que hay que decir es que la cuestión de qué cambia depende en gran medida de quién era el dueño anterior. En mi libro hablo bastante de los casos en los que el dueño anterior era del sector público, y en los que ese tipo de infraestructuras que mencionaste, o la vivienda, terminaron siendo propiedad de un gestor de activos, un gestor de capital privado como Blackstone, cuando antes eran propiedad del Estado. La razón por la que me enfoco en eso es porque en países como el Reino Unido, pero no solo, es lo que suele pasar habitualmente, en muchos otros países, grandes porciones de activos que antes eran públicos, como dije antes, terminaron siendo privatizadas y pasaron a formar parte de las carteras de empresas como Blackstone. Lo que pasa es que, me parece, es difícil generalizar, pero lo que sí puedo decir es que lo que no pasa, si se me permite decirlo así, es lo que los propios gestores de activos dicen que pasa. Si escuchas a empresas como Blackstone, el argumento que plantean es que privatizar este tipo de activos, ya sea vivienda, infraestructura energética, autopistas de peaje, puentes o lo que sea, es algo positivo. Dicen que es bueno para el gobierno porque, seamos sinceros, y de nuevo, esto lo dicen ellos, no yo, el gobierno debería dedicarse a gobernar, nada más. No deberían dedicarse a ser dueños de este tipo de activos. Es mucho mejor que este tipo de activos sean propiedad del sector privado, porque el sector privado es más eficiente, más confiable, más profesional. Está menos cargado de burocracia, de ese tipo de trámites burocráticos que todo lo traban, y esas cosas. Esa es la primera cosa que dicen. Es mejor para el gobierno no tener que involucrarse en algo que no le corresponde. Y también dicen que es mejor para los usuarios, para quienes usan este tipo de activos. Y de nuevo, ese argumento tiene que ver con el profesionalismo. Van a decir, mirá, estás mejor si tenés a Blackstone como propietario y no al gobierno local, porque Blackstone te va a responder más rápido cuando tenés una pérdida de agua en el departamento que alquilás. Blackstone va a hacer las reparaciones de forma más profesional. Blackstone va a ser, básicamente, un propietario más profesional que el gobierno local, que tiene un montón de otras cosas para hacer al mismo tiempo. Eso es lo segundo que dicen, que es mejor para los usuarios. Y tercero, no menos importante, lo otro que dicen, y creo que es un argumento bastante convincente en términos retóricos, o sea, un argumento que resulta bastante persuasivo, aunque como vas a ver yo no lo creo, pero mucha gente sí, es lo siguiente: dicen, en Blackstone, lo que hacemos es que nuestro negocio consiste en invertir el dinero de los pensionistas, los ahorros para la jubilación de la gente común. Y por lo tanto, si invertimos esta plata y a esta inversión le va bien, los beneficiarios finales, además de los usuarios y el gobierno local, son aquellos cuyos ahorros para la jubilación estamos invirtiendo. Entonces, si Brett, o vos, o un funcionario que se equivoca, dice “no, no vamos a privatizar este activo, no vamos a dejar que Blackstone sea el dueño”, en los hechos, a quienes estás perjudicando es a los ahorristas comunes que están juntando plata para su jubilación. Son los exmaestros, los bomberos, los policías, con sus pequeños ahorros para la jubilación. A ellos es a quienes dañas. Ahora, como explico en mi libro, me parece que los tres argumentos son, en realidad, falaces. Los tres están, en gran medida, equivocados. Permítanme, porque no quiero extenderme demasiado en esta respuesta, centrarme en el segundo de ellos, que es si es bueno para los usuarios. Y creo que la evidencia hoy es bastante contundente de que no es bueno para los usuarios. Tomemos la vivienda de alquiler, y tomemos a Estados Unidos como ejemplo. Hoy hay una serie de estudios académicos que muestran que, en distintas regiones metropolitanas de Estados Unidos, en la vivienda que es propiedad de inversores institucionales como las firmas de capital privado, los resultados son sistemáticamente peores para los inquilinos que en la vivienda que es propiedad de otro tipo de actores, tanto en términos de niveles de alquiler como en cosas como las tasas de desalojo. Las tasas de desalojo son sistemáticamente más altas en la vivienda que es propiedad de fondos de capital privado que en otros tipos de vivienda de alquiler. Y no es solo la vivienda. Hubo estudios que mostraron que, por ejemplo, en los geriátricos que son propiedad de fondos de capital privado, los niveles de mortalidad entre los residentes son sustancialmente más altos que en los geriátricos que son propiedad y están operados por otro tipo de actores. Esa sería mi respuesta principal: hoy hay evidencia abundante que muestra que, para los inquilinos y otros tipos de usuarios de estos activos e infraestructuras, los resultados son perjudiciales cuando los dueños son fondos de capital privado y otro tipo de inversores institucionales similares.
—En la Argentina también hay un fuerte debate sobre la privatización de empresas públicas de energía y transporte. ¿Qué deberían mirar los argentinos, según su investigación, antes de vender activos estratégicos a fondos internacionales?
—Dejame ser claro con mi postura acá, porque me parece importante que no se malinterprete. Lo que no soy es alguien que dice, así en términos generales y sin distinción, “propiedad pública buena, propiedad privada mala”. Eso no es en absoluto lo que estoy diciendo. Lo último que quiero hacer es romantizar la propiedad pública de la misma forma en que Milei y sus acólitos romantizan la propiedad privada. Ellos van a decir que la propiedad pública siempre es la respuesta equivocada, que la propiedad privada es mejor, que es más eficiente, etc. Pienso que eso es una tontería, pero también considero que es una tontería afirmar que la propiedad pública es siempre mejor. Mirá, ya tengo edad para acordarme, en el caso del Reino Unido, de cuando el sector público era dueño de gran parte de este tipo de activos, los ferrocarriles, por ejemplo, y el sector público muy seguido era un dueño y operador bastante mediocre de este tipo de activos. No es que la propiedad pública sea buena y la privada mala. Me parece que hay buenos y malos ejemplos tanto de propiedad pública como de propiedad privada. Sin embargo, dejame decirte dos cosas que creo que pueden aclarar un poco el panorama. La primera es que es una falacia sostener, como muchas veces hace la gente de derecha, que la propiedad del sector privado es inherentemente más eficiente que la propiedad del sector público. Eso simplemente no es cierto. Nunca hubo nada parecido a evidencia contundente reunida en estudios académicos o de otro tipo que respalde ese argumento que escuchamos tan seguido. Y es más, incluso si se generan mayores eficiencias a través de la propiedad privada, la realidad en todo el mundo es que esas eficiencias incrementales casi siempre terminan siendo capturadas por los propios dueños privados, en lugar de trasladarse a los usuarios, por ejemplo, en forma de facturas de energía más bajas o facturas de agua más bajas. La experiencia de la privatización en países como el Reino Unido fue que, bajo propiedad privada, las tarifas para los usuarios de cosas como el agua y la energía subieron mucho más rápido de lo que subían bajo propiedad pública. Así que, aunque haya mayores eficiencias con la propiedad privada, esas eficiencias no llegan a los usuarios, quedan en manos de los dueños privados. Eso es lo primero para decir. Lo segundo es que, como dije, mi argumento no es “propiedad pública buena, propiedad privada mala”. Mi argumento es que lo que las sociedades probablemente deberían aceptar, tal vez incluso buscar, es una especie de ecología mixta de propiedad. No deberíamos apuntar necesariamente a una sociedad en la que todo sea propiedad del gobierno central, o todo sea propiedad del gobierno local, o directamente todo sea propiedad del sector privado. Hay tipos de activos que probablemente estén mejor en manos del sector privado, pero sin dudas hay otros activos que, para mí, siempre deberían ser propiedad del sector público. Y ahí incluiría cosas como la infraestructura de agua y saneamiento, y ciertos tipos de infraestructura energética. Son demasiado importantes en la vida de la gente como para dejarlos en manos de un sector privado extractivo, que se enfoca, evidentemente, esto es lo que vimos en todo el mundo, en extraer ganancias, más que en ofrecerles a los usuarios un buen trato a tarifas razonables. Una de las razones principales para eso es que muchas de estas infraestructuras son monopolios naturales. No tiene sentido tener dos redes de cañerías de agua distintas llegando a la casa de alguien. Son monopolios naturales, donde el monopolio es la solución de menor costo. No puede haber competencia. Los economistas suelen decir que la competencia disciplina al sector privado para ofrecer un servicio decente a un precio justo. Bueno, si eso es cierto, ese argumento no aplica para muchos de estos tipos de activos, porque ahí no puede haber competencia. Y el argumento que los gobiernos en países como el Reino Unido siempre plantearon en este caso es: no podemos tener competencia, así que va a hacer falta otra cosa para disciplinar al sector privado. Y esa cosa, volviendo a una de tus preguntas anteriores, es la regulación. Vamos a regular al sector privado y nos vamos a asegurar de que no cobren tarifas excesivas. Nos vamos a asegurar de que hagan el nivel necesario de mantenimiento e inversión en la infraestructura física, para mantenerla en buen estado y evitar los derrames de agua, las pérdidas y esas cosas. Ese argumento quedó categóricamente refutado, porque la regulación fracasó. Los reguladores terminan capturados por las industrias que se supone que tienen que regular. Y lo otro que pasa es que apenas los reguladores dicen “vamos a hacer un trabajo mejor, vamos a ser más estrictos con las industrias que regulamos”, lo primero que hace el sector privado es dar media vuelta al día siguiente y decir: si van a poner una regulación más gravosa, más drástica, nosotros dejamos de invertir nuestra plata en tu país. Y apenas el sector privado hace eso, el gobierno da media vuelta y dice: en realidad no vamos a apretar tanto con la regulación. Es una táctica de generar miedo, y funciona. Por eso soy tremendamente escéptico con el argumento de la regulación, simplemente porque 30 o 40 años de evidencia en el caso del Reino Unido, y un montón de otros casos en el mundo, muestran que es un mito. No funciona.
—¿Qué diferencia hay entre el capitalismo privado local, por ejemplo, para privatización de empresas, cuando la misma compañía fue adquirida por un gestor de activos? ¿Crees que existe alguna diferencia entre el capitalismo internacional y el capitalismo local con personas físicas y aquellos que son anónimos?
—Es interesante que preguntes eso. Hice una reseña hace poco para la revista estadounidense The Nation, de un libro reciente sobre capital privado, en el que el autor, que es periodista, básicamente plantea el argumento al que aludís vos, que es que el capital privado es una especie de forma casi maligna del capitalismo, y que los fondos de capital privado suelen entrar y comprar empresas que antes eran propiedad de otros capitalistas. Y esto es como un cambio radical en la forma en que operan este tipo de empresas. Soy muy escéptico con ese argumento, porque de nuevo traza lo que me parece que es una línea divisoria innecesaria y, en definitiva, errónea entre capitalistas buenos y capitalistas malos. Por un lado tenés a estas empresas que no son propiedad de fondos de capital privado. Están bajo otro tipo de propiedad capitalista. Y después tenés al capital privado. En el primer caso, las empresas cuidan a sus empleados. Escuchan a los distintos actores involucrados. Les importa la comunidad local. Luego, el capital privado es esa gran bestia que llega, destroza el manual y no hace nada de eso. Lo único que le importa son los niveles máximos de rentabilidad. Me parece que esa es una lectura un poco ingenua del capitalismo. Puede que acierte con la parte del capital privado, pero se equivoca con la otra parte. Me parece que otro tipo de capitalistas muchas veces están igual de orientados a la ganancia, son igual de despiadados a la hora de despedir personal que consideran de más, que los fondos de capital privado. La idea de que Amazon o Microsoft o Walmart o cualquiera de estas otras grandes empresas estadounidenses que cotizan en bolsa están menos enfocadas en el resultado final que las empresas que son propiedad de capital privado me parece una tontería. Y creo que también es así con las empresas capitalistas más locales. Si no compiten con la mayor fuerza posible y tratan de extraer todas las ganancias que puedan, no van a durar mucho en este mundo. Y sí creo que hay, si no atributos únicos, al menos atributos particulares de los fondos de capital privado que ayudan a distinguirlos de otro tipo de empresas capitalistas. Pero me parece que las distinciones que suelen trazarse se trazan de forma demasiado descuidada e indiscriminada. Creo que las diferencias existen, y me parece importante ser claro sobre cuáles son esas diferencias. Tienen que ver con cosas como el nivel de deuda que a veces se usa, como mencioné antes, para llevar adelante estas inversiones. Puede tener que ver con el horizonte temporal en el que se hace la inversión. Hay diferencias, pero son de grado más que de naturaleza, así lo diría yo.
—En 2012, la Argentina expropió el 51% de YPF en manos de la compañía española Repsol, devolviendo el control de la petrolera al Estado argentino. ¿Es esta reversión de la privatización de una infraestructura estratégica lo que ves como modelo a seguir, o tienes reservas sobre la forma en que se llevó a cabo?
—No puedo hablar de los detalles del caso puntual porque no lo conozco. Pero lo que sí puedo decir es que, obviamente, ese no es el único ejemplo de gobiernos en distintas partes del sur global que expropian, o de alguna otra forma toman el control de una parte o incluso de la totalidad de activos en sus países que históricamente eran propiedad de inversores extranjeros. La nacionalización de activos petroleros y gasíferos en distintas partes del mundo, desde los años 70 en adelante, es probablemente el mejor ejemplo de eso. Hubo toda una época, sobre todo en Medio Oriente, de países que expropiaron a las Siete Hermanas, las siete grandes petroleras y gasíferas occidentales. ¿Es eso un modelo a seguir? De nuevo, no hay una respuesta simple de sí o no. Todo depende de cómo se hace y por qué se hace. Si se hace de una manera que está explícitamente pensada para beneficiar a los ciudadanos comunes del país en cuestión, y si se hace de tal forma que ese termina siendo el resultado, entonces sí, absolutamente, es un modelo a seguir. Pero si se hace de una manera, y de hecho muchas veces está diseñado de esa manera, en la que el propósito, o más bien el resultado, es llenarles los bolsillos a las élites, potencialmente élites corruptas, del país que está haciendo la expropiación, obviamente eso ya no es tan bueno. El diablo, me parece, siempre está en los detalles, para usar una expresión en inglés. Depende de por qué se hace, y en particular, de cómo se hace. Se puede hacer de maneras increíblemente beneficiosas para la sociedad, pero también se puede hacer de maneras que no les traen ningún beneficio a los ciudadanos comunes del país en cuestión. El caso puntual que mencionaste no lo conozco lo suficiente como para saber en qué punto de ese espectro, entre esos dos extremos, se ubica. Depende de cómo se hace y por qué se está haciendo.
—En su libro “The New Enclosure”, documenta cómo el Reino Unido privatizó enormes extensiones de tierra pública desde 1979, convirtiéndola en un activo financiero. ¿Ve este mismo patrón repitiéndose en otros países hoy, más allá del caso británico que usted estudió?
—Ha pasado bastante tiempo desde que salió ese libro, en 2018. Sí, el hallazgo principal de ese libro fue que, desde fines de los años 70, una proporción muy significativa, cerca de la mitad en realidad, de la tierra en Gran Bretaña que antes había sido propiedad del sector público, ya sea de gobiernos locales o del gobierno central, fue privatizada y terminó muy frecuentemente en manos de actores financieros de uno u otro tipo. Desde que salió ese libro fue apareciendo cada vez más evidencia de que cosas parecidas, si no de la misma manera exacta, vienen ocurriendo en muchísimas partes del mundo, tanto en simultáneo con el caso británico como en años más recientes. Eso es así tanto en el norte global como en el sur global. En el norte global, hoy hay muchos buenos estudios que muestran procesos similares en Francia, en Italia, en Alemania, y de hecho en Suecia, donde yo vivo. Si hablamos de la escala de esto, probablemente, por lejos, el fenómeno más significativo es lo que se dio en llamar el acaparamiento global de tierras, o la fiebre de la tierra, donde instituciones de inversión, de nuevo muchas veces fondos de capital privado, pero no siempre fondos de capital privado, con sede en el norte global, compraron grandes extensiones de tierra, muchas veces tierra agrícola, en países del sur global, muchos países de África, pero también de Sudamérica. Brasil es, no sé si pasa en la Argentina, pero Brasil es un caso muy destacado de esto. Así que sí, volviendo al principio mismo de nuestra conversación, entre los activos que hoy se están privatizando de manera sustancial en todo el mundo, la tierra está muy presente entre ese tipo de activos.
—¿Quién se beneficia realmente cuando la tierra pública pasa a manos privadas, el Estado que recauda por la venta, o el comprador que adquiere un activo escaso a largo plazo? ¿Qué pasa cuando, como en Gran Bretaña, el diez por ciento de toda la tierra pública pasó al sector privado?
—En el caso del Reino Unido es indiscutible que los beneficiarios fueron casi exclusivamente quienes compraron la tierra, es decir, el sector privado. Ahora, hay un montón de razones para eso. Hay cuatro razones que señalaría. La primera, simplemente, es que el Estado muchas veces hizo un muy mal negocio al vender la tierra, es decir, la subvaluó al momento de venderla, ya sea por ignorancia o de manera intencional, la tierra se vendió muy, muy barata, incluso en relación con los precios de mercado vigentes en el momento de la venta. Ahora, menciono esto porque, en segundo lugar, lo que pasó después es que en las últimas décadas se vieron aumentos sin precedentes en el precio de la tierra en todo el Reino Unido. Digamos que un municipio local en Inglaterra vendió un terreno en 1985, por ejemplo, y aunque en su momento lo haya vendido a un precio razonable, lo que pasó después es que el precio de la tierra subió tantísimo. Por supuesto, todas esas ganancias las obtuvo el sector privado, mientras que si la tierra hubiera seguido siendo propiedad pública y se hubieran dado subas de precio similares, el sector público se habría beneficiado de eso. Lo tercero es que uno de los problemas fue lo que los economistas llamarían un caso de fallo de mercado generalizado, es decir, que hoy quedó bastante claro, si es que no lo estaba antes, que hay toda una serie de usos de la tierra que antes proveía el sector público a través de la propiedad de esa tierra, y que en realidad no le conviene al sector privado proveer porque no puede sacar ganancia haciéndolo. Por ejemplo, dar acceso libre a espacios verdes, a bosques abiertos, o lo que sea. El sector público históricamente hizo eso con gran parte de la tierra que tenía, pero el sector privado no quiere hacer eso con su tierra. Porque, ¿para qué iba a dar algo gratis cuando puede, por ejemplo, convertir esa tierra en una cancha de golf y ganar plata cobrándoles a los golfistas por jugar ahí? Y creo que muchos usos de la tierra directamente empezaron a desaparecer en el Reino Unido, porque la tierra se privatizó de forma masiva, y esa tierra que históricamente se usaba para dar este tipo de beneficios públicos ya no está disponible. Así que el mercado no logró proveer esos usos de la tierra, de ahí la expresión fallo de mercado. Esas son algunas de las cuestiones principales. En el caso del Reino Unido, sin dudas, quienes se beneficiaron fueron los dueños privados que compraron esa tierra, y el sector público, y detrás del sector público, el contribuyente y el público en general, diría que salieron perjudicados y, desde ya, no obtuvieron ningún beneficio significativo de todo esto.
—Usted señala que gran parte de la tierra terminó en manos de fondos de pensiones como aseguradoras que buscan retornos estables. Y la pregunta es: ¿por qué la tierra se convirtió en un activo tan atractivo para ese tipo de inversor institucional en las últimas dos décadas?
—Señalaré tres razones para eso. Y una de esas ya la mencioné, que era específica del período posterior a la crisis financiera, es decir, que la tierra se convirtió en algo en lo que este tipo de inversores ponía plata, porque la renta que se podía obtener de esa tierra, ya sea que estuviera alquilada a un productor agropecuario o a quien fuera, era una fuente de ingresos confiable en ese contexto macroeconómico, donde los títulos de renta fija como los bonos ya no pagaban rendimientos del 3%, 4%, 5% anual, pagaban 1% o 2%, y la renta de la tierra podía dar esos retornos consistentes que ya no se conseguían con los títulos de renta fija. Esa fue una razón. La segunda razón, me parece, es simplemente la diversificación. A todo tipo de inversores, ya sean fondos de pensión u otro tipo de inversores profesionales, les gusta tener cierto grado de diversificación en su cartera. Y si sos un inversor que hoy tiene el 100% de su plata invertida en la bolsa, cualquier asesor financiero probablemente te va a recomendar sacar algo de esa plata de la bolsa y ponerla en algún tipo de activo que te dé cierta diversificación de riesgo, por si, por ejemplo, se cae la bolsa. La bolsa se cae, y el precio de la tierra puede no caer para nada, o puede no caer tanto. Y ahí te beneficiás de tener cierto grado de diversificación. La tierra fue una de las clases de activos en las que los inversores pusieron cada vez más plata cuando trataron de diversificar su cartera. Y en tercer lugar, hay una práctica de inversión profesional que trata de hacer coincidir los plazos de vencimiento de los activos con los de los pasivos. Esto puede sonar un poco técnico para algunos lectores, pero es bastante importante. Si sos un fondo de pensión, tus pasivos, es decir, la plata que en algún momento le vas a tener que pagar a los jubilados, son de largo plazo. Se extienden 20, 30, 40, 50 años hacia adelante, el tiempo durante el cual les vas a estar pagando los beneficios jubilatorios. Y lo que a los fondos de pensión, entonces, les gusta hacer es coincidir esos plazos del lado de los activos. Si tenés pasivos de largo plazo, también querés activos de largo plazo. Y la tierra es una forma clásica de activo de largo plazo. El ingreso que da ese activo es de largo plazo. No es de corto plazo, como podría ser el de un bono que vence en uno o dos años. De nuevo, una de las razones para invertir en tierra tenía que ver con hacer coincidir los plazos temporales entre el lado de los activos y el de los pasivos. Así que hay una variedad de razones distintas.
—A lo largo de sus cuatro libros pasó de estudiar la tierra, a la teoría general del capitalismo rentista, a la infraestructura, y a la energía. Mirando el conjunto de su obra, ¿cómo describiría usted mismo el hilo conductor que conecta estos cuatro casos?
—No creo que nunca me hayan hecho esta pregunta de esta manera en particular. Si me permitís, hay una lógica que los conecta a todos. Como decís, el primer libro era sobre la privatización de la tierra, y esa tierra en el Reino Unido terminaba, típicamente, en manos de estos actores financieros, pero también de otros que trataban esa tierra como un activo generador de renta. Ese fue el primer libro. Cuando estaba trabajando en ese libro, lo que me llamó la atención fue que, si mirabas el conjunto de la economía del Reino Unido, no solo la tierra y la vivienda, veías básicamente el mismo modelo económico repetido en un montón de otros sectores también: propiedad intelectual, infraestructura, recursos naturales. En otras palabras, como dije antes, actores privados intentan obtener esos activos, defender ese control y maximizar los ingresos que pueden extraer de ellos. Así fue como el primer libro se convirtió en el segundo. El primer libro miraba solamente la tierra. El segundo dijo, ampliemos la lente y veamos cómo este modelo, que conocemos mejor en el contexto de la tierra, en realidad se fue “metastaseando” y se volvió algo común en toda la economía. Ese fue el segundo libro, Capitalismo rentista. Cuando estaba trabajando en ese libro, lo que me llamó la atención fue que, cuando miraba todos estos sectores distintos, vivienda, tierra, recursos naturales, infraestructura, una y otra vez me encontraba con los mismos nombres: Blackstone, Blackrock, Brookfield, Macquarie. Y ahí me di cuenta, esperá un segundo, ¿qué son estas empresas? Son todas gestoras de activos, en particular gestoras de activos que usan un modelo de capital privado. Y eso fue lo que sentó las bases para el tercer libro, en el que el foco pasó a estar en las gestoras de activos, porque vi que eran, de manera consistente, actores clave en la economía rentista británica. O sea, los actores privados que controlan estos activos, los acaparan, y extraen ganancias de ellos. Una y otra vez veía que eran estas gestoras de activos. Entonces quise saber más sobre estas empresas y sobre su modelo de negocio, de ahí el tercer libro. Y finalmente, la transición al cuarto libro fue que, cuando estaba trabajando en el libro de las gestoras de activos, mirando las prácticas de inversión de Blackstone, Macquarie, Brookfield, Blackrock, una y otra vez veía un tipo particular de activo apareciendo: la energía renovable. Buena parte de su plata en la década de 2010 estaba yendo a parques eólicos y parques solares. Y sin embargo, desde principios de la década de 2020, esa inversión empezó a estancarse. Y entonces quise entender la energía renovable, y en particular, la energía renovable como propuesta de inversión. Y quise entender la economía de la transición energética, qué significa esto como propuesta de inversión, y por qué está yendo mucho más lento de lo que debería. Así fue, más o menos, cómo llegué del primer libro al último.
Producción: Sol Bacigalupo.