Amélie Nothomb y el oficio de volar entre los muertos

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Amélie Nothomb y el oficio de volar entre los muertos

Como pocos, la escritora belga Amélie Nothomb tiene la capacidad de construir una obra literaria a la vez que un personaje propio. Autora de más de treinta novelas, traducidas a decenas de idiomas y convertida desde hace años en una de las voces más singulares de la literatura francófona contemporánea, Nothomb ha hecho de la exposición de sí misma un arte. Se sabe, porque lo ha contado, que escribe todos los días, de cuatro a ocho de la mañana, como una necesidad vital: necesita escribir para no morir. Mantiene ese ritual desde la adolescencia y afirma que redacta varios manuscritos al año, aunque solo publica uno. Algo de esto –de la escritura y de la muerte– aborda en Psicopompo (2023), publicado originalmente en francés por Albin Michel y editado en la Argentina por Anagrama.

Quizá sea este, en algún punto, su libro más íntimo (aunque nunca se sabe con Amélie). Decir que esta obra, su trigesimosegunda novela, es una memoria no sería del todo acertado, dado que cada uno de sus títulos tiene algo de memoria personal, de autoficción. Desde su debut con Higiene del asesino (1992), Nothomb ha convertido su propia experiencia en una fuente narrativa inagotable, borrando constantemente las fronteras entre autobiografía y ficción. En este caso, Nothomb vuelve sobre algunos episodios ya conocidos de su biografía –su relación con Japón, los desplazamientos de una familia diplomática (a Japón se suman China, Nueva York, Bangladesh, Birmania, Laos), experiencias traumáticas que marcaron su crecimiento (una violación colectiva a los 12 años en una playa de Bangladesh), la anorexia que le siguió, el vínculo con su hermana, su vocación literaria, su padre y el duelo tras su muerte– para construir una reflexión más amplia.

En ese camino, con la habitual mirada entre atónita e irónica que siempre esboza en sus páginas, la autora de blancura espectral y de excéntricos sombreros repasa el origen mismo de su escritura y de sus novelas. Ya desde los primeros párrafos, nos reencontraremos, por caso, con Nishio-san en Japón, a quien conocimos en su consagrada Metafísica de los tubos, y una figura fundacional de su infancia.

Nothomb misma nos recuerda que si hubo un tiempo de su infancia en que creyó ser Dios (Metafísica de los tubos) y un tiempo de su adultez en que pensó ser Jesús (La sed), ahora, modestamente, le llegó el tiempo de erigirse como una psicopompa. El psicopompo –que da título al libro– remite a una figura de la mitología: es quien guía las almas de los muertos hacia el más allá, sin perderse y sin juzgar. Hermes, el dios mensajero de los pies alados, para los griegos; Orfeo como el más humano de los psicopompos. Ahora es su turno. Nothomb toma esa imagen ancestral y la transforma en una forma de vida: ella es una psicopompa. Tal descubrimiento le llevó tiempo.

La mujer pájaro

Aquí aparecen, entre sus obsesiones más bellas, las aves. Su pasión ornitológica. Desde chica, Nothomb sintió fascinación por los pájaros. Los observa, los estudia, los imagina. Ha contado que aprendió a identificar especies durante los años de infancia itinerante que pasó en Asia y que los pájaros constituyen una de las pocas constantes en una vida marcada por los desplazamientos. En Psicopompo, el vuelo se convierte en una metáfora de la escritura y, a la vez, en símbolo de libertad: Nothomb no concibe mayor libertad que la de volar tanto como la de escribir. No existe privilegio ni gracia más elevada que escribir. Y la escritura es, para ella, una salvación ante el abismo. “Cuando Martha Argerich interpreta a Chopin, también transmite una poderosa imagen de libertad. Su expresión de alegría parece confirmarlo”, señala sobre la gran pianista argentina.

No es casual que el texto avance como una serie de ascensos y descensos, de recuerdos que emergen y vuelven a hundirse, como si la memoria misma tuviera alas. Pero las aves son también, con esa capacidad resiliente (les llevó 80 millones de años a los dinosaurios evolucionar en una especie que pudiera volar sin más empuje que el deseo) y con esa capacidad para conectar el Cielo con la Tierra (los muertos y los vivos), una metáfora psicopompa. Nothomb además de psicompompa es un ave: “Me pareció que el pájaro era la clave de mi existencia”, escribe.

Amélie Nothomb. Foto: Johanna Marghella/Anagrama

Como psicopompa que es, puede decidir con quién hablar y a quién acompañar: “Hay gente que parece hecha para estar muerta”, dice sin cinismo. Decide que entablará una conversación con su padre. Precisamente a su papá le dijo “Te quiero” por primera vez en la vida en marzo de 2020. Y por primera vez en vida, también su padre le manifestó tal frase como respuesta. Fue justo antes de iniciarse el confinamiento por Covid en 2020. Ocho días después de semejantes declaraciones, Patrick Nothomb falleció. No hubo posibilidad de despedida ni de duelo. O más o menos. Porque su padre empezó a hablarle dentro de su cabeza durante varios meses. Y ella lo relató en Primera sangre (Premio Renaudot 2021), tomando la voz de su papá. Diplomático, escritor y figura central en la vida de Amélie, Patrick Nothomb había sido también protagonista indirecto de buena parte de su universo literario. Su muerte terminó de convertirlo en personaje.

En plan de completar las voces de la Santísima Trinidad –ya tomó la voz del Padre y también la del Hijo– solo le quedaba escribir como el Espíritu Santo. Optó por la energía psicopompa que le permitió entablar un diálogo póstumo con su papá. De un vínculo tan literario como afectivo, Nothomb no busca reproducir una conversación sobrenatural sino explorar la persistencia de las relaciones más allá de la muerte. Vendrá pronto el turno de los lazos femeninos. Es que mientras en la Argentina leemos sobre esta conexión con el padre, en Europa se publicó este año Tant mieux, libro en el que evoca a su madre y el singular vínculo que las unía.

Paula Conde

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