Alberto Laiseca y sus talleres en el Rojas: una muestra recupera al maestro de Selva Almada y Leo Oyola

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Alberto Laiseca y sus talleres en el Rojas: una muestra recupera al maestro de Selva Almada y Leo Oyola

En un banco de madera, un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Imparciales reposa en un cenicero de chapa, junto a una pila de señaladores ilustrados con bigotes gigantes similares a los de Lai y algunas páginas desparramadas como al azar: en una, escrita a máquina, puede leerse, después del título y un acápite, el comienzo de Los sorias, la gran novela de Alberto Laiseca publicada en 1998; en otra, se reproducen algunas de sus anotaciones y tachaduras de puño y letra.

Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, en el Centro Cultural Rojas. Foto: gentileza.

La idea fue representar el escritorio del autor oriundo de Camilo Aldao, Córdoba, cuando dictaba talleres de escritura en el Centro Cultural Rojas, entre 1996 y 2014, por los que pasaron alrededor de 1200 alumnos, entre ellos los escritores Selva Almada, Leandro Ávalos Blacha, Alejandra Zina y Leo Oyola. La instalación forma parte de la muestra Su turno, Laiseca, que se realiza en la Fotogalería del Rojas, Avenida Corrientes 2038, hasta el 28 de agosto.

Les doy una consigna y ustedes escriben en sus casas, la próxima clase leemos acá. Por favor, les voy a pedir que no escriban cosas largas, con una página está bien porque si no, no vamos a llegar a leer todos… Si andan sin tiempo, pueden escribir acá también”. Una impresión en una hoja con membrete del Rojas que forma parte de la muestra reproduce este fragmento del libro Chanchín (Random House, 2025), escrito en forma colectiva por algunos de los discípulos de Laiseca, sobre uno de los dichos clásicos del maestro durante sus clases en el centro cultural que depende de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Yo creo que el Rojas fue un lugar importante para él, fueron casi 20 años de talleres, la mayoría de los alumnos empezamos con él acá y después seguimos con las clases en su casa”, cuenta Selva Almada a Clarín durante la inauguración de la muestra.

Yo vine durante un cuatrimestre, de marzo a julio del 2000, ahí lo conocí, no lo había leído ni sabía quién era”, detalla, y agrega que los talleres en el Rojas eran “muy numerosos y multitudinarios”, se desarrollaban “en aulas muy pequeñas”, y que después de las clases, que Laiseca brindaba en un horario por “la tarde temprano”, algunos de sus alumnos se quedaban con él “tomando una cerveza acá, en el bar del Rojas”.

Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, en el Centro Cultural Rojas. Foto: gentileza.

Conocerlo más

La autora de Una casa sola describe las clases de Laiseca tallerista: “Eran como era Lai: no muy diferente a como era en el aula, era siempre él, solo que esa conversación en el bar era más íntima y se podía conversar más de cerca, conocerlo más”.

Almada agrega que las consignas de escritura que él brindaba “eran siempre muy delirantes, sacaban a los asistentes de algunos lugares habituales, siempre sorprendían y eran desafiantes”. Además, destaca que él insistía en que no escribieran textos largos, porque eran muchos y no alcanzaría el tiempo de la clase para que llegaran a leer.

“Una persona es interrumpida constantemente por el teléfono”, “Relación de un sueño totalmente inventado”, “El monstruo que vivía debajo de la cama” y “Mi vecinita ensaya una y otra vez el vals Sobre las olas” son algunas de las consignas que se leen en una pizarra ubicada junto al banco de madera.

“Si uno se sienta puede empezar a escribir sobre las consignas, y si quiere puede usar la tipografía de Lai que Celeste Tomini, la diseñadora gráfica, cedió gentilmente para quien quiera escribir con su letra”, cuenta Mariano Oropeza, quien junto a Raúl Manrupe estuvo a cargo de la investigación y curaduría de la muestra. “También se pueden escuchar todos los cuentos que él narraba en el Rojas con su propia voz”, agrega.

Manrupe resalta el carácter interactivo de la exposición: “En el sector del ‘aula de Lai’ está la bibliografía básica o por lo menos los libros que Laiseca solía mencionar en sus clases; los visitantes pueden descargarlos y llevarlos para leer mediante un QR ubicado junto a las tapas que se reproducen en los carteles”.

Se refiere a obras como El hombre ilustrado, de Ray Bradbury, El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y Drácula, de Bram Stoker, entre otras. “Nos enfocamos en un momento formativo de los primeros años”, aclara Oropeza.

Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, en el Centro Cultural Rojas. Foto: gentileza.

“Por ejemplo, hay un sector al que llamamos ‘fotonovela’ compuesto por unas fotos que gentilmente nos cedió Julieta (Laiseca, hija del escritor, asesora de la muestra junto a Sebastián Pandolfelli), encontradas por la familia, de la etapa joven de Lai, antes del bigote. Después la exposición salta en el tiempo hasta la vitrina, donde hay objetos de sus años formativos, luego al aula y la influencia que ejerció, cómo era él como maestro”.

“La primera vez que vi a Laiseca fue sentado al lado de la ventana”, cuenta Pandolfelli, que también fue su discípulo. “Yo había leído El jardín de las máquinas parlantes quince días antes y quería conocer al tipo que había escrito eso, pensaba ‘mirá si alguna vez me lo cruzo’. Venía caminando por la calle y estaba ahí, a punto de contar cuentos de terror en el bar. Entré, lo encaré y le pregunté si daba talleres, me dijo ‘Sí, acá’. Y ahora pasó esto: terminé ayudando a armar la muestra”.

Triple aniversario

La exposición reúne tres aniversarios: los diez años del fallecimiento de Laiseca, los 30 años del comienzo de sus cursos en el Rojas y los 50 años de la publicación de su primera novela, Su turno. “En ese momento, 1976, la colección de Corregidor de Osvaldo Soriano era policial, entonces para buscarle un título ganchero él le agrega el ‘para morir’”, cuenta Oropeza.

Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, en el Centro Cultural Rojas. Foto: gentileza.

Pero la novela era tipo Laiseca; tenía de todos los géneros. Cuando Mansalva la recupera y saca la nueva edición vuelve al título original, en la muestra están las dos ediciones de la misma novela. También está la primera página del libro para que la gente se la lleve”.

El rescate de aquella etapa docente de Laiseca se produce en un momento en el que desde el Rojas se indaga en la propia historia del centro cultural. En los 90, mientras se llevaban a escena las performances de Batato Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, el área de Letras estaba a cargo de María Moreno y Daniel Molina.

“Nosotros ubicamos al Rojas en un espacio muy importante en la formación de las artes en general”, dice Oropeza. “Un espacio de universidad pública. Es único, no hay muchos ejemplos de un lugar formativo en el que convivan la parte educativa y la artística a la par. En teatro, por ejemplo, brindaba cursos Rafael Spregelburd, y en Literatura, Laiseca”.

Manrupe, a su vez, define en pocas palabras al escritor: “Era un outsider, ganador de una beca Guggenheim y del Martín Fierro, pero no dejaba de ser un outsider”.

Laiseca, el aglutinador

“Lai tiraba una consigna y no opinaba demasiado sobre los textos, sino que estaba todo el tiempo buscando el lado positivo”, dice Pandolfelli. “Decía: ‘No hay que ser hipercrítico, hay que escribir y leer más para seguir escribiendo’, no hacía grandes devoluciones ni corregía demasiado, porque lo que buscaba era que uno se diera cuenta solo, que encontrara su propia voz narrativa y no que fuera un clon de Laiseca. Yo lo comparo siempre con el profesor Miyagui de Karate Kid: ‘pulir, encerar’. Entre sus escritores discípulos todos escriben distinto, no hay dos que escriban igual”.

Alberto Laiseca. Archivo Clarín.

Almada recuerda que, ante la gran cantidad de alumnos que asistían a sus talleres, una solución que planteaba Laiseca para que todos llegaran a leer sus textos era que no escribieran más de una página y media. “A él le preocupaba eso, que todos los que hubiéramos escrito ese día pudiéramos leer y compartir”, cuenta.

“Era otra consigna: lograr que ese relato, ese texto, fuese breve. En la clase leíamos y él sacaba sus conclusiones, además planteaba una consigna para la clase siguiente. Siempre insistía mucho en que quien no podía venir lo llamara por teléfono para que él le pasara la consigna, así no se quedaba sin trabajar”.

Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, en el Centro Cultural Rojas. Foto: gentileza.

La escritora entrerriana, cuyos libros fueron traducidos al francés, inglés, portugués, alemán, sueco y holandés, entre otros idiomas, conserva gran parte de aquellos textos breves que escribía durante el taller.

“Tengo un montón, seguramente habrá algún anillado, porque en algún momento mandé una selección de esos textos a un concurso del Fondo Nacional de las Artes”, cuenta, y agrega que, además, participó de una clínica de escritura con Pablo Di Santis, también en el Rojas, y presentó varios de esos textos.

“Yo vivía cerca del Rojas cuando me vine a vivir a Buenos Aires, en Balvanera”, recuerda Almada. “En los primeros 2000 era un lugar al que veníamos siempre: había teatro y estaba el bar, donde Laiseca a veces contaba cuentos; también estaban cerca las librerías de Callao y Corrientes, era una zona de mucha circulación cultural en Buenos Aires”.

Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, en el Centro Cultural Rojas. Foto: gentileza.

En cuanto a qué espera de la muestra, responde Oropeza: “Primero, que la gente lea a Lai. Después, que venga, recupere el sentido de pertenencia al Rojas y el contacto, así como sucedió con escritores muy disímiles que se juntaron por un aglutinador que no tenía nada que ver con ellos; el Rojas era un gran telón, pero ellos también hicieron su parte; me parece que en ese sentido el espacio está contando una escena cultural distinta a la de ahora, pero que se construía con complicidades, amistades, solidaridades y pequeñas afinidades. Eso también era Laiseca”.

Exposición | Su turno, Laiseca. La imaginación sostiene la materia. Hasta el 28 de agosto, de lunes a sábados de 10 a 20 en el Centro Cultural Rojas (Av Corrientes 2038). Entrada gratuita.

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