La escritura teatral puede comenzar con una idea, una imagen o simplemente con un procedimiento que el autor quiere experimentar. Francisco Lumerman, dramaturgo, director y actor, explicó en +Perfil, el nuevo canal de Editorial Perfil, que en su caso no existe una fórmula única para iniciar una obra.
“A veces son imágenes, a veces es una idea que tengo, algún procedimiento que quiero probar”, señaló. Para Lumerman, esos mecanismos adquieren verdadera potencia cuando dejan de ser solamente conceptos y comienzan a alimentar la imaginación.
Las imágenes como disparador de la escritura
“Cuando se transforman en imágenes, cuando yo las puedo apropiar, son cuando me despiertan más imaginación”, explicó Lumerman. El dramaturgo se definió durante la conversación como un “alumno kartuniano”, en referencia a una forma de entender la creación teatral vinculada con Mauricio Kartun.
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Ese procedimiento aparece con claridad en El amor es un bien, obra que le demandó cuatro años de escritura y que parte de Tío Vania, de Antón Chéjov. Lumerman trasladó ese universo a Carmen de Patagones, un territorio ligado a su propia historia porque allí sus abuelos tenían una casa y pasó numerosos veranos.
Una imagen que nunca llegó a la obra
“Es Chéjov y yo lo tomé, pero después lo mezclé con Carmen de Patagones”, explicó. De esa combinación apareció una escena que terminó siendo fundamental para escribir, aunque finalmente quedó fuera del texto definitivo.
“La imagen generadora que tengo de la obra era una chica pintando una bandera política y un padre que había sido militante diciéndole: ‘Es al pedo, no tiene sentido’”, recordó. Aunque desapareció de la versión final, aquella escena continuó funcionando por debajo de la historia: “Lo que me despertó la imaginación después quedó estando como subterráneamente”.
Personajes que siguen deseando
Durante la entrevista con Jorge Elías, Lumerman también explicó qué aspecto del universo de Chéjov buscó conservar. Aunque reconoce la melancolía de sus personajes, considera que no se trata de personas resignadas o carentes de deseos.
“A mí lo que más me conmueve de esa obra, que sí tiene un aire melancólico, también tiene personajes que están deseantes todo el tiempo”, afirmó. Desde esa perspectiva, el conflicto aparece en la dificultad para transformar aquello que desean en una posibilidad real.
“Lo que les sucede es que no encuentran cómo invocar ese deseo en algo concreto, pero no es que están sin deseo”, concluyó. En la mirada de Lumerman, la adaptación deja así de ser solamente un traslado de Chéjov a la Argentina para convertirse en una obra atravesada por recuerdos, territorios e imágenes personales.