A lo largo de la historia, el mundo de las celebridades sorprendió más de una vez con romances y amistades muy diversas. Pero algunos de ellos no dejan de llamar la atención por los perfiles de sus protagonistas. Dejando los prejuicios de lado, es interesante observar cómo algunas de estas personalidades coincidieron en una relación estrecha e íntima de amistad que los marcó para siempre y que, de alguna manera, también da cuenta de un momento histórico único.

Edith Piaf y Marlene Dietrich, amigas íntimas
La reina de la canción francesa y la diva alemana que conquistó el mundo del cine estadounidense estuvieron unidas por varias cosas en común: la música y la guerra, sobre todo. Mientras que Edith Piaf fue una de las cantantes más destacadas y famosas durante varias décadas del siglo XX, Marlene Dietrich acaparó la pantalla grande con su presencia enigmática y su personalidad avasallante.
La fama y el éxito profesional, por un lado, las unían a la vez que unas cuantas desgracias personales hacían de puente también entre ambas artistas. Piaf fue una chica de la calle a la que su talento vocal salvó de una muerte temprana. Sin embargo, la enfermedad y muchas pérdidas personales la llevaron a la depresión y el alcoholismo.
Por su parte, Dietrich huyó del Tercer Reich a tiempo, esquivando en parte las consecuencias trágicas de la Segunda Guerra Mundial en su país natal, pero arrastrando el exilio por el resto de su vida. Marlene fue también una de las primeras actrices en mostrarse abiertamente ambigua en su sexualidad, cuando en Hollywood eso significaba más que una provocación.

Las dos compartieron la bohemia de París durante los primeros años de su amistad y también una causa arriesgada y noble, como la de formar parte de la resistencia francesa frente al régimen nazi. Durante algunos años, Dietrich insistió para que su amiga Edith desembarcara con su gloriosa voz en los Estados Unidos, donde ella se había instalado.
A modo de embajadora artística, en 1950, en la película Pánico en la escena, dirigida por Alfred Hitchcock, Dietrich interpretó “La vie en rose”, el himno de amor que inmortalizó la voz de Piaf.
Convencida por su amiga, la cantante francesa cruzó el Atlántico para hacer una gira por los Estados Unidos, pero el público no la recibió como ellas esperaban y tampoco rindió lo suficiente económicamente. Sumado a algunas críticas desde el ala más conservadora de la sociedad norteamericana por las actitudes desenfadadas de las artistas ante las cámaras, Piaf decidió volver a Francia, a pesar de los intentos de Dietrich por ayudar a su amiga a armarse una carrera como cantante en ese país.
A pesar de que la distancia puso paños fríos a la amistad, ambas continuaron pendientes una de la otra. Piaf cayó en una profunda depresión cuando murió trágicamente Marcel Cerdan, el boxeador con quien había logrado una relación sentimental estable. Marlene siempre la acompañó en los momentos más difíciles. Y volvió a Francia, el 10 de octubre de 1963, cuando, a los 47 años, su amiga murió, para estar en el último adiós al gorrión de París, en el cementerio de Père-Lachaise.

J.D. Salinger y Oona O’Neill, amistad y romance juvenil
La hija del dramaturgo Eugene O’Neill, Oona, y el escritor de culto J.D. Salinger vivieron una historia amistosa y romántica cuando ambos eran muy jóvenes y que los marcó para siempre. Oona O’Neill, quien a los 18 años se casaría con Charles Chaplin, vivió previamente una vida de adolescente estrella, lo que hoy se llamaría “la chica de moda”, cuando apenas tenía 16 años.

Por entonces, la fama de su padre, el dramaturgo Eugene O’Neill, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1936, la precedía. El círculo social en el que se movía Oona la cruzó con una joven promesa de la literatura estadounidense, el novelista J.D. Salinger.
Con una educación privilegiada, Oona soñaba con ser actriz, pero su padre se oponía. Y, siendo menor de edad, frecuentaba clubes sociales donde, entre otros, estaban Truman Capote y el joven Salinger, mucho antes de que escribiera “El cazador oculto”, novela que lo convirtió en un autor de culto.
Las reuniones en el Stork Club, uno de los más frecuentados durante la década de 1940 por la élite estadounidense, salían publicadas en los diarios y la imagen de Oona llamaba la atención siempre y recibía ofertas para protagonizar publicidades.
Por entonces, la relación amistosa entre Salinger y Oona fluía, aunque para el escritor, que estaba en los veintipico, significaba algo más. Sin embargo, ella parecía más interesada en intentar encontrar un rumbo como actriz, en pequeñas producciones teatrales fallidas.
En 1942, Oona viajó a California, donde vivían su madre y su padrastro. Junto a una amiga buscaron un agente cinematográfico e hicieron una prueba de pantalla para la película “La chica de Leningrado”.
Pero lo más importante sucedió fuera del set, cuando el director y actor Charles Chaplin buscaba a una actriz joven. Alguien hizo la presentación entre ambos y el resto es historia. El flechazo entre la joven de 17 años y Chaplin, de 53, se llevaría puesto todo. Un año y medio más tarde, se casaron en secreto, tuvieron ocho hijos y vivieron juntos hasta la muerte del actor, en 1977.
Salinger nunca le perdonó a Oona lo que él consideró una traición. Y, a lo largo de varios años, le enviaba mensajes a Oona recriminándole su actitud y criticando a Chaplin por haberse casado con alguien treinta y cinco años menor.

La relación sentimental entre Oona y Salinger quedó retratada en la novela Oona y Salinger, de Frédéric Beigbeder. En ella se destaca que, mientras la hija de O’Neill intentaba una carrera como actriz, Salinger se alistó en el ejército y sirvió como soldado en Europa, llegando incluso a participar del desembarco en Normandía, durante el famoso Día D.
Esa experiencia traumática lo marcaría tanto como el desamor que sintió por parte de Oona, reflejado más tarde en sus textos literarios y en su ostracismo frente al mundo.
Elizabeth Taylor, la amiga de todos
Elizabeth Taylor fue una de las grandes figuras del cine del siglo XX. Comenzó a trabajar muy joven, con solo nueve años y, contrariamente a lo que suele suceder con los artistas precoces, Taylor pudo superar su etapa de estrella infantil y forjar una carrera casi hasta sus últimos días. Su vida sentimental fue igualmente pública y polémica, con ocho matrimonios y escándalos que dieron de comer en cantidad a la prensa amarilla durante sus años de mayor exposición.

Pero hay otro costado de Elizabeth Taylor que, si bien también tuvo exposición mediática, no tenía que ver con divorcios o romances, sino con su rol de amiga de otras estrellas. En sus primeros años como actriz compartió la película Un lugar en el sol con Montgomery Clift, por entonces una de las grandes promesas de Hollywood y el galán ideal de la época. Se hicieron grandes amigos. Pero Clift tenía problemas de adicción y, en 1956, después de una cena en la casa de Taylor, en Los Ángeles, el actor salió con su auto y se estrelló contra un poste, a pocos metros de la casa de su amiga.
Ante la tragedia, Elizabeth llegó enseguida y, gracias a su intervención, logró salvarle la vida, ya que Clift se estaba ahogando. Si bien el actor sobrevivió, las cicatrices y el trauma arruinaron su carrera y Elizabeth Taylor fue una de las pocas personas que siguieron cerca de él en un ambiente acostumbrado a descartar a las personas como productos inservibles.
Pero Clift no fue el único a quien Taylor acompañó en sus peores momentos. Otro actor, que brilló durante años en la pantalla grande, Rock Hudson, con quien compartió elenco en Gigante, en 1956, supo lo que es la amistad genuina gracias a ella.

Después de treinta años de amistad, Hudson fue diagnosticado con sida a principios de 1984. Por entonces, eso significaba casi una sentencia de muerte temprana y el actor, a quien la industria cinematográfica de Hollywood había catapultado a la fama, ahora le daba la espalda.
Muy enfermo, Hudson pasó su última etapa en el hospital de la universidad de California, en Los Ángeles. Solo poco antes de morir, en 1985, reveló su enfermedad. Tenía 59 años y la que estuvo ahí para ayudarlo a transitar ese momento fue Elizabeth.
La figura de la actriz encontró, años después, en el cantante Michael Jackson, otro amigo a quien cobijar, casi de modo maternal. A ninguno de los dos les importaban las críticas que consideraban su amistad como extravagante. Ambos se conocieron en 1984, durante una proyección privada del video Thriller, cuando todavía el cantante no causaba el furor que llegaría poco después.
La presión mediática, la fama extrema y el hecho de haber empezado a trabajar en la infancia, ella en el cine, él como cantante junto a sus hermanos en el grupo Jackson Five, los unía estrechamente. Según Michael, Elizabeth era más que una amiga; la consideraba como una hermana, incluso una madre.
Compartían muchos eventos y era habitual verlos posar juntos para las fotos. Y se elogiaban mutuamente en las entrevistas: “Ella es la mujer más hermosa del mundo”, declaró el rey del pop y aseguraba que prefería pasar tiempo con ella antes que compartir momentos con su familia (algo que la madre del cantante se ocupó de criticar públicamente), mientras que la actriz consideraba al cantante como “la persona más gentil y pura”. Y hasta celebró su octavo matrimonio en la mansión del cantante, Neverland, y Jackson pagó la fiesta.

Eso continuó así, aun cuando Jackson fue acusado de abuso infantil, en 1993. Elizabeth aseguró creer absolutamente en su inocencia y, además, lo ayudó a internarse en una clínica de rehabilitación para recuperarse de su adicción a los analgésicos.
Michael le devolvió el gesto dedicándole una canción cuando ella cumplió 65 años y le regaló un anillo de diamantes. Para confirmar la extravagancia de la amistad, ella le obsequió un elefante.
Cuando el cantante murió, en 2009, la actriz prefirió evitar las cámaras durante el funeral transmitido por televisión y eligió despedirlo en privado. Ella murió en 2011 y fue enterrada en el mismo cementerio que Jackson, en Glendale, California, muy cerca de su amigo.