En pocas semanas, BTS -la banda de música pop coreana más influyente de la historia hasta el momento- aterrizará en Argentina para brindar tres conciertos en el Estadio Único de la Plata. A poco de este anuncio que revolucionó a los fans locales, otra agrupación popular del mismo país (Stray Kids) también anunció su visita a la Argentina para septiembre.
Me acordé entonces de cuando, hace no tanto, caminaba por pleno centro de Morón.
En la vitrina de un comercio se vendía un disco de BTS. Me quedé mirando absorta y le saqué una foto para dejar constancia: una banda coreana promocionada en un local de música del conurbano era algo impensado cuando comencé a estudiar sobre Corea hace más de 20 años. Ni hablar de que se presentaran en estadios. ¿Qué fue lo que pasó?
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Lo cierto es que, desde aproximadamente 2013, Argentina ha recibido a diferentes bandas y solistas provenientes de la República de Corea (conocida coloquialmente como Corea del Sur).
Algunos de ellos, como parte de giras regionales o mundiales. Otros, simplemente como invitados especiales de otros artistas. Todo esto hasta llegar a BTS, que podría considerarse la cúspide del impacto surcoreano en Argentina y en el mundo. Parece una evolución pausada, pero en realidad y pensando en contexto, se asemeja más un ritmo ppallippalli (“rápido, rápido”, la ética de la velocidad coreana).
Sea como fuere, en la época donde comencé a estudiar formalmente sobre ese país, la conversación local era otra.
Definitivamente no se hablaba de música coreana como hoy. A decir verdad, de Corea se hablaba públicamente poco (o nada). Cada tanto, los diarios brindaban cobertura de algún conflicto bélico a punto de estallar (resulta que había una “Corea del Norte”, la contraparte hermética, nuclearizada e impredecible).
Existían, sí, redes de estudios sobre el área y congresos en universidades donde se compartían investigaciones de historia, cultura y religión. Y un barrio coreano en Flores, por supuesto, integrado por los inmigrantes -y sus descendientes- que llegaron a partir de los años 60 escapando de una Corea del Sur empobrecida y autoritaria.
En aquellos congresos académicos de la primera década del 2000 comenzaron a aparecer, de manera incipiente, algunos análisis sobre cierto “fenómeno cultural coreano” que estaba avanzando fuertemente en Asia desde hacía un tiempo y cuya proyección y éxito internacional ya podía anticiparse. Algunos eruditos de la época tardaron en darle real importancia, quizás por considerar aún que la “cultura popular” no era un abordaje muy serio ni válido (la eterna discusión de Alta Cultura vs Baja Cultura, pero esa es otra historia…).
Esa fuerza cultural arrolladora ya tenía un nombre: “hallyu” (ola coreana) que conquistaba con la frescura de sus telenovelas (hoy ya tienen la etiqueta oficial de “K-dramas”) y un cine considerado de culto. Pero para llegar a ello, muchas cosas habrían de suceder.
Tras décadas de dictaduras, los Juegos Olímpicos de Seúl 88 (aquellos donde Gaby Sabatini se quedó con la medalla de plata en tenis, y la selección masculina de voleibol con la de bronce) inauguraron la democracia presidencialista en Corea del Sur. Le siguieron una serie de aperturas que, además de permitir el ingreso de inversiones, alentaron la absorción de tendencias culturales occidentales a las que el país no había accedido antes por la cortina de hierro gubernamental.
Los grupos musicales se reconfiguraron de manera acorde, conformando un hibridismo con marcada influencia del hip hop, rap, R&B y funk que era popular en tierras estadounidenses por aquel entonces (lo llamaremos “proto K-pop”).
Algunos empresarios comenzaron a ver potencial en este caldo de cultivo cultural, fundando agencias de talentos. Mientras tanto, el presidente del país recibía un informe que decía que la película Jurassic Park había recaudado lo mismo que la venta de 1,5 millones de automóviles Hyundai, parte de la industria pesada a la que Corea del Sur le había puesto todo el empeño desde que se separó del Norte. Entonces, sobre bases económicas más sólidas que en décadas anteriores, la atención se dirigió pronto a la exportación cultural.
Antes de emigrar a los Estados Unidos, mi amiga coreana Moni lograba conseguir parte de ese codiciado material y me lo compartía. La comunidad local mantenía lazos con su tierra natal, lo que se traducía también en la importación de productos varios, aunque difícilmente salían de la circulación interna: la idea era relacionarse más entre sí y fomentar el sentimiento comunitario estando tan lejos de casa.
“Con el foco en salir adelante y adaptarse a la Argentina, no había tanto lugar para la difusión”, me cuenta Inés Nam, adolescente por aquel entonces y hoy una de las tantas profesionales de la colectividad.
Inés me confirma que mi memoria no estaba tan errada. Asociaciones civiles e iglesias constituyeron bibliotecas de préstamo. Y si bien hasta inicios de los 90 en el seno de los hogares coreanos se escuchaba sobre todo trot (género melancólico que hoy se identifica más con la primera generación de inmigrantes), la nueva música coreana finalmente también llegó mediante CDs y VHS.
Los noraebang (karaokes coreanos) también hicieron su aporte: comenzaron a funcionar como sitios para el encuentro e intercambio musical de los jóvenes coreano-argentinos de mediados y fines de los 90.
Pero volviendo a Corea, sucede que otro empresario decidió fundar Oksan. Dedicada inicialmente al comercio internacional y manufacturas, terminó dando un giro hacia la cultura popular en línea con la tendencia que afloraba. En 1999 cambió el nombre a Andamiro, combinó los videojuegos con la música pop que ya sonaba en su país, y dio origen a la plataforma de baile “Pump It Up”.
Su éxito le permitió llegar rápidamente a la Argentina para reclamar su lugar en todos los salones arcade de la época, convirtiéndose en la salida favorita de muchos adolescentes (me incluyo) después del colegio.
Podría decirse que fue el primer contacto consciente de muchos jóvenes sin raíces coreanas con el K-pop, aunque todavía no se llamaba así. A artistas como Seo Taiji and Boys, Sechs Kies, S.E.S. o H.O.T. solo se podía acceder mediante fichas en la plataforma de baile, o búsquedas web con Internet dial-up si eras afortunado (nada de YouTube, por supuesto). Hoy forman parte del cajón de recuerdos millennial, pero sin duda alguna, allanaron el camino para la existencia de BTS.
El desarrollo económico y cultural de Corea del Sur a nivel mundial apuntaló la reorganización de la comunidad local y fomentó la integración. “A medida que Corea se fue abriendo, nosotros acá también”, me cuenta Inés. En Buenos Aires, algunos restaurantes antes “ocultos” se animaron más al público externo, y otros nuevos abrieron. El sector textil creció fuertemente en Flores norte, donde un pasaje antes derruido hoy ostenta locales gastronómicos y un mural de K-pop.
El gobierno surcoreano, en paralelo, eligió a Argentina para inaugurar el primer Centro Cultural de la región, que en noviembre próximo cumplirá 20 años y que hoy funciona en un palacete recuperado de 1914 en el microcentro porteño (quizás otro interesante ejemplo de hibridación cultural).
Como consecuencia de todo este empuje, las discusiones y estudios locales sobre Corea que hace 20 años eran escasas, hoy se multiplicaron y diversificaron. Las palabras clave ahora abundan e incluyen “poder blando”, “skincare” y “kimchi”.
Y aunque el fenómeno de la ola coreana no está exento de debates y controversias (abusos en la industria del entretenimiento, la continuidad de la fórmula de éxito, o el papel del Estado en la promoción), lo cierto es que este proceso cambió la percepción de Corea del Sur para siempre.
El 13 de agosto es el “Día Mundial del K-Pop”. No ocurrió nada en particular, pero las kpopers (me atrevo a decir que uno de los movimientos de fans más multitudinarios y organizados del mundo) simplemente querían un día para celebrar su afición, y así lo decretaron. Por ello, propongo tomarlo como una efeméride local: el recuerdo del camino de resiliencia y transformación del país asiático, que en pocas décadas pasó de la pobreza absoluta a exhibirse, con orgullo, en la vitrina de aquel comercio argentino barrial.