Hay preguntas que aparecen con frecuencia en torno a la cocaína: quién la consume, por qué circula con tanta facilidad, cómo opera el narcotráfico o cuáles son sus consecuencias sanitarias. Hay otra, sin embargo, que suele quedar desplazada: por qué una sociedad con uno de los mayores índices de consumo del mundo habla tan poco de ella.

Ese es el punto de partida de ¿Una rayita?, de David López Canales y editado por Anagrama. El libro no intenta ofrecer una explicación definitiva ni construir una investigación cerrada. Más bien avanza como un mapa compuesto por historias, antecedentes históricos, estadísticas, entrevistas y escenas que permiten observar un fenómeno cuya complejidad excede cualquier disciplina.
España ocupa desde hace años los primeros puestos en consumo de cocaína. El porcentaje de personas que la probaron se triplicó en las últimas dos décadas. Esa expansión convive con un proceso de normalización que atraviesa el lenguaje, la publicidad, los espacios de ocio y determinadas prácticas sociales.
El libro se pregunta cómo ocurrió ese desplazamiento: cómo una sustancia asociada durante décadas al delito y al peligro terminó integrada al paisaje cotidiano sin abandonar su condición de ilegalidad.
López Canales no organiza el relato alrededor de una única hipótesis. El recorrido va desde la historia del prohibicionismo hasta la economía del narcotráfico, desde los cultivos de coca en América Latina hasta las políticas públicas sobre drogas, desde la reducción de daños hasta los debates sobre una eventual legalización. El resultado es un retrato que permanece deliberadamente abierto.
Política internacional
Uno de los primeros movimientos consiste en revisar el origen de la política internacional sobre drogas. “En 1961 se celebró en Nueva York la Convención Única sobre Estupefacientes… Acababa de consolidarse el prohibicionismo”, escribe el autor al reconstruir el marco legal que todavía organiza buena parte de la legislación mundial. A partir de allí, sigue la evolución de un modelo cuya eficacia comenzó a discutirse décadas atrás. “En los años noventa ya se sabía que la guerra contra las drogas estaba perdida y el modelo del prohibicionismo era obsoleto”.
El libro incorpora voces con posiciones contrapuestas sobre la regulación. Algunas sostienen que legalizar la cocaína permitiría debilitar las redes criminales, mejorar los controles sanitarios y destinar recursos a la prevención y los tratamientos. Otras consideran que el Estado no debe facilitar el acceso a una sustancia con capacidad de generar dependencia. En uno u otro caso, el autor no busca resolver esa discusión, sino incorporarla como parte de un debate todavía abierto, y recuerda que “esta no es una cuestión de un país, sino que requiere un consenso internacional”.
Ese enfoque también aparece cuando el relato se desplaza hacia el negocio global de la droga. “El negocio mueve anualmente más de cuatrocientos mil millones de euros al año”, señala. Son cifras que el autor pone en relación con los circuitos financieros internacionales, las organizaciones criminales y las disputas geopolíticas que atraviesan la producción y distribución de cocaína.
En ese recorrido aparecen personajes como Roberto Suárez, el empresario boliviano que controló buena parte del tráfico antes de la consolidación de los grandes carteles colombianos; Pablo Escobar, que lo llamaba “don Roberto”; o Klaus Barbie, el exjerarca nazi refugiado en Bolivia que terminó vinculado a esa trama. Son episodios que muestran hasta qué punto la historia del narcotráfico excede el universo del delito para cruzarse con la política, las dictaduras y los conflictos internacionales.
Observar el presente
Pero el interés principal del libro está menos en reconstruir esa historia que en observar el presente. López Canales registra escenas mínimas que condensan el cambio cultural: una marquesina con el eslogan “Rayas ya” para promocionar una campaña comercial; un cartel que invita a “pillar un pollo”, expresión que en el argot refiere a un gramo de cocaína. No se trata de establecer relaciones causales, sino de señalar cómo determinados códigos circulan en el espacio público.
La normalización no implica aceptación explícita, sino pérdida de excepcionalidad. La cocaína deja de aparecer como un elemento ajeno para integrarse a determinados espacios de socialización, al lenguaje cotidiano y a una lógica de consumo que incorpora productos sin detenerse demasiado en su origen. López Canales sostiene que ese cambio cultural modificó también la manera de nombrarla y, por lo tanto, de pensarla. “La reducción de riesgos significa también cambiar el diccionario de las drogas”, escribe, en un planteo que desplaza el foco desde la condena moral hacia las formas en que una sociedad construye sus propios consensos alrededor de determinadas sustancias.
En ese sentido, el ensayo evita una lectura lineal del consumo. La cocaína aparece vinculada a una lógica de hiperconsumo en la que el acceso, la disponibilidad y la inmediatez estructuran buena parte de las prácticas sociales contemporáneas. “La cocaína se ha convertido en un producto más de la sociedad de consumo, o de hiperconsumo, en la que vivimos”, sostiene el autor.

Esa paradoja también alcanza al consumo en sí mismo. “Con la cocaína no existe sostenibilidad ni conciencia de consumo. No importa la producción y el impacto que esta tiene, sino conseguirla“. La frase introduce otra dimensión del problema: la distancia entre el producto que circula en las ciudades y la violencia que atraviesa toda su cadena de producción.
Otros consumos legales
El libro establece, además, vínculos con otros consumos legales y con la búsqueda contemporánea del bienestar. España no sólo figura entre los países con mayor consumo de cocaína, sino también entre aquellos donde más ansiolíticos y antidepresivos se utilizan. Sin equiparar unas sustancias con otras, López Canales propone mirar ese escenario como parte de un mismo contexto cultural.
“La búsqueda del placer es intrínseca al ser humano. No distingue épocas ni religiones”, afirma en uno de los pasajes iniciales. Hacia el final, esa idea encuentra una formulación más amplia: “Antes, las drogas permitían conectar con el otro mundo… Ahora se toman para evadirse del propio”.
Lejos de buscar una respuesta única, ¿Una rayita? organiza preguntas. ¿Qué lugar ocupa la cocaína en una sociedad de hiperconsumo? ¿Qué efectos produce el silencio sobre un fenómeno tan extendido? ¿Qué puede explicar el prohibicionismo y qué aspectos quedan fuera de ese marco? En lugar de cerrar esas discusiones, el libro las despliega y convierte la ausencia de conversación en uno de sus principales objetos de análisis.
¿Una rayita?, de David López Canales (Anagrama)