La tierra

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La tierra

Origen. Toda historia debe comenzar en algún lado, todo tiene un comienzo. La filosofía, quizás en su forma más pura, no hace otra cosa que hablar de ese principio, in principio erat verbum, siempre en busca del origen de las cosas, del origen, el principio y la causa. Verá usted, gentil lector, que lo que aquí estamos discutiendo no es otra cosa que el famoso arjé griego, ese que quiere decir todas estas cosas juntas. Esta ciencia, de cuyos comienzos me refiero, no es nada más ni nada menos que la metafísica, la que debería haberse llamado prima philosophia. Eso hubiera querido Aristóteles, justamente eso, la filosofía primera, del principio, la causa y el origen. Es más, meta implica un más allá, cuando lo que quería decir Aristóteles es un más acá, antes, al principio. Quizás toda la historia de la filosofía, desde Aristóteles para acá, esté viciada por este malentendido, quizás su ausencia en estos tiempos se deba también a esto. En todo caso, esta ciencia del origen, en sus comienzos, decretó a la tierra como aquello de lo cual todo estaba hecho y aquello en donde todo terminaba. El poeta presocrático llamado Jenófanes entendía que en el comienzo no era el verbo sino la materialidad. Para Jenófanes, la tierra encarnaba el ciclo de la vida, ya que para él todo surge de la humedad generada (originada) por el agua y la tierra, que se convierte en barro en el cual convergen todos los seres y las cosas. Hippolytus en su refutación de todas las herejías dice que “todos los hombres serán destruidos cuando la tierra caiga en el mar y todo se vuelva barro, ahí comienzan a nacer de nuevo. Así empieza el mundo”.

Disputa. La discusión actual sobre el tema de la soberanía sobre la tierra encuentra su solución paradójicamente en el padre del liberalismo, su guía espiritual, John Locke. El filósofo inglés, una de las eminencias del contractualismo, entendía que según el estado de naturaleza (estado hipotético para entender el poder político), el hombre es bueno, goza de un estado de perfecta libertad y de la igualdad con todos los hombres. De esta manera, como bien lo entiende el apotegma libertario que reza nuestro señor presidente, el hombre no puede invadir los derechos de los demás, ni dañarlos de manera alguna, para la preservación de la humanidad. Esta igualdad impide que ningún ser humano pueda ubicarse por encima de otro. Sin embargo, el problema ocurre cuando hay una disputa entre dos hombres (commoners) alrededor de un pedazo de territorio; para esto se necesita el contrato social. El contrato social debe asegurar el bienestar de cada uno de los comunes, para el bien de la comunidad. Para ello, la propiedad de la tierra debe ser determinada por el trabajo que cada uno de los comunes ejerce sobre el territorio, es decir, que cada común debe tener solo aquello que puede trabajar. Para asegurar el porvenir de la comunidad se debe evitar el monopolio de la tierra, es decir, que alguno de los comunes tenga más de lo que puede trabajar.

Don. La tierra para Locke es un don y la naturaleza del don es que solo responde a sí mismo, solo se puede dar, no puede uno pelear por él, calcularlo, ponerle precio, limitarlo. El don, cuando se da, debe darse plenamente, sin reservas; si no, no es don; el don debe darse gratuitamente. En el caso de la tierra, al ser don, no es de nadie, pues nunca ha sido de nadie, no se puede encontrar un dueño originario, y cada una de sus apropiaciones en el tiempo le ha usurpado el don a otro que ya estaba allí. Es por eso que Locke piensa que la medida es el trabajo, la participación de cada uno de los comunes en la comunidad, pues esa tierra es el common-wealth (la riqueza común). La riqueza sería aquello que hace cada comunidad con lo que le es dado. Trabajar la tierra para forjar lo común. Esa riqueza me pertenece mientras la trabaje, y la cantidad que me pertenezca se determina a través de una configuración espacio temporal, es mi propiedad la tierra que pueda, quiera y necesite trabajar; durante el tiempo que lo haga continúa siendo mía. Es inútil continuar intentando comprar o vender aquello que no nos pertenece, que nunca nos puede pertenecer por completo; uno puede ponerle un precio, ocuparlo por un tiempo y volver a venderlo, pero nada de eso tendrá algo que ver con la propiedad de la tierra.

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*Filósofo (@Filosofopueblo X).

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