Despierta admiración y afecto; llega a público infantil al igual que a público experimentado; hace dramas o produce humor, dulzura y algarabía: es Osqui Guzmán. Sumó masividad porque el año pasado denunció discriminación y violencia policial en espacio público. Es, antes que nada, actor, dramaturgo y director.
Recientemente, hizo un reemplazo del rol de Carlos Portaluppi en Maldita felicidad. En breve estará presentándose en Colombia con su famoso unipersonal El bululú. Antología endiablada, donde fusiona parte de su historia familiar con la obra del actor español José María Vilches (1935-1984). Asimismo, durante julio, los viernes a las 20.30 en Timbre 4 (México 3554) sigue la temporada número 16 de El centésimo mono (con dramaturgia y dirección de Guzmán), donde tres magos y actores reflexionan sobre su profesión y la muerte: Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldua.
Para infancias y para personas adultas, hay dos propuestas más. Por un lado, Waminix, en horarios de tarde, de miércoles a domingo, durante vacaciones de invierno y domingos de agosto, también en Timbre 4. Se trata de una creación colectiva de Proyecto Migra, con dirección Leticia González de Lellis y Guzmán. Por otro lado, regresa un clásico: Vivitos y coleando 2, de Hugo Midón y Carlos Gianni, de miércoles a domingo a las 17, en el Auditorio de Belgrano, interpretada por un gran elenco encabezado por Guzmán, Flavia Pereda y Julián Pucheta, y bajo dirección general de Chacho Garabal.
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—¿Dónde naciste y cómo fue tu infancia?
—Nací el 11 de marzo de 1971, en el hospital del Sindicato de mi vieja, el del Obrero de la Industria del Vestido y Afines. Viví mis primeros años en una pieza en Viamonte y Callao, con mi mamá, mi papá y mi hermana más chica. En la primaria, fui al “Nicolás Avellaneda”, enfrente del Teatro Colón, en la Plaza Lavalle. Solía ir a comprar a una panadería a la salida de la escuela, donde me decían “San Martín”, porque tenía unas patillas largas y tupidas, y me regalaban las facturas que ya no iba a vender. Cuando me mudé al barrio de La Boca, a mis 10 años, empezó mi infancia como una exploración del mundo. Había gitanos, italianos; caminaba por los conventillos, el Riachuelo, reconociendo tribus del barrio.
—¿Y cuál era tu tribu?
—La pieza de La Boca estaba en un PH muy largo: mi tía en las piezas de adelante; mi otra tía, hermana menor de mi mamá, en la de atrás. Se hablaba muchísimo de Bolivia, se escuchaba música boliviana o folklore argentino, mientras mi mamá y mis tías cosían todo el día, armando gorras con viseras. Ahí empecé a conformar la historia de esta tribu. Mi vieja me hizo sentir especial, por el lugar de donde venían ellos, por la manera de comer, de vivir. Me decía: “Nos falta de todo, pero no nos falta ni comida ni amor ni trabajo. Con eso ya somos ricos”. Por mis primos mayores, conocía la expresión repetida de “el bolita”, pero si alguna persona me la decía, era un extraño al pasar y no le daba importancia. Al salir al mundo en la secundaria y estudiar en el Conservatorio, empecé a percibir más de primera mano los conflictos que me atan más contundentemente con el color de la piel, rasgos andinos y cosas como “parecés un delincuente”. Antes, en La Boca, mi relación con la policía era tensa; me maltrataba, pero era casi como un maltrato folklórico. En la zona del Conservatorio, Scalabrini Ortiz y Las Heras, empezó mi tarea de defenderme de las miradas. Estaba en otro barrio que de alguna manera me preguntaba: ¿qué hacés acá?
—¿Cómo fue la experiencia de saber tu color de piel, en el ámbito del teatro?
—Cuando me empezó a ir bien en la profesión, me convocaron para hacer una publicidad y el que me entrevistó me preguntó: “Vos te das cuenta de que vale doble el premio Trinidad Guevara que recibiste? Digo, por tu color. En nuestro país, no es común. Yo me dedico a esto y vos no entrás en los premios, no sos de los premiados”. Empecé a preguntarme por qué me tendrían que discriminar. Yo asumí con naturalidad el amor por lo que hago, por el trabajo; nunca sentí “tengo que lograrlo” como quien asume una meta ni reto porque nunca me sentí en inferioridad de condiciones. Solamente, no tenía las herramientas que otros tenían. Por ejemplo, para una audición de El puente, de Gorostiza, en el Cervantes, tuve que pedir plata prestada a una amiga, para comprarme el libro y estudiarlo. Tampoco tenía teléfono para llamar e inscribirme, pero le expliqué a Daniel Marcove, me dejó entrar y quedé para el personaje.
—¿Qué obras y proyectos fueron mojones en tu carrera creciente?
—Yo había hecho improvisación con el grupo Sucesos argentinos: éramos un hito en los 90; la gente nos seguía como estrellas de rock. El primer trabajo donde tuvo relevancia lo que yo hacía fue Los indios estaban cabreros, con Roly Serrano en el Cervantes, en 1999, por el que gané el premio Trinidad Guevara. Pasó un tiempo y una de las cosas que más amé fue El niño argentino, de Mauricio Kartun. En esa obra, aprendí de nuevo todo, gracias a las palabras de Mauricio: cómo puedo manipular mi dramaturgia de actor, en beneficio de la riqueza poética de la escena. Y Kartun me ayudó a pensar El bululú, a partir de contarle que yo escuchaba a Vilches. Indios, Niño y Bululú son parte de un mismo camino: tienen que ver con la identidad, el folklore, la argentinidad, la mezcla, quiénes somos. Y también trabajé con Hugo Midón y Carlos Gianni: fue como amor a primera vista. Logré que Derechos torcidos llegara a Paka Paka, un material de autores hermosos, sensible a la memoria de nuestro pueblo. Fue increíble la repercusión. Mucha gente joven me dice: “Te conozco por Paka Paka”.
—¿Cómo te relacionás con tus obras actuales?
—Con Leticia Gonzáles de Lellis, admirábamos Proyecto Migra antes de dirigirlo. Waminix es algo que soñamos mucho tiempo. Vivitos y coleando 2 es un flechazo al corazón y a la conciencia política y social. La gente canta y nos grita las canciones desde la platea. Grandes y chicos se ríen y bailan juntos, es un viaje a la fiesta de la memoria. En vez de misa ricotera, es misa midoniana. Y El centésimo mono: amo esa obra casi al niel de El bululú. Tres actores magos me pidieron desentrañar el misterio de su propia profesión, sacudir los bolsillos ocultos del saco del mago. La televisión china hizo un documental sobre la obra. Genii, la revista más importante del mundo sobre magia, le dedicó cuatro páginas. Tamariz, el mejor mago del mundo, vino un día a las tres de la tarde y armamos la obra para él, porque la quería ver. Es una obra con un circulo eterno: apunta a la vida porque habla de la muerte.