Un lugar donde se guardan cosas y cuya materia es el tiempo. El archivo es un lugar de dimensiones variables, ya sea por la cantidad de piezas existentes o bien por las que se imagina que llegarán, que a su vez suelen contener muebles que también se llaman archivos. El archivo (gran lugar) tiene archivos (muebles archivadores) que a su vez contienen archivos (las piezas de tiempo). Una mamuschka del espacio.
Ese lugar es físico, pero nadie que piensa en el archivo como un lugar físico se pregunta por el espacio, por el archivo como límite. La mujer lleva en cuatro bolsos los manuscritos de su madre escritora —a la que llamaremos M—, que ha publicado diez libros y ha tenido homenajes en sociedades de escritores pero su nombre no goza de la contundencia del prestigio indudable. El archivista —a quien llamaremos F— dice que va a consultar, y antes de perderse en ese fondo oscuro profundo que hace las veces de profundidad de campo al hombre y lo vuelve diminuto ante esa biblioteca enorme, le pide a la mujer una dirección de mail para escribirle cuando se tome la decisión. Unas semanas más tarde, al archivista le asignan la ardua tarea de responderle que el archivo decidió rechazar la donación, aduciendo dificultades cada vez más acuciantes con el espacio. La mujer —a la que llamaremos G— se enoja y les contesta con una pregunta: “Si la donación de manuscritos hubiera sido de William Faulkner, ¿habrían respondido lo mismo, o el espacio, mágicamente, se habría expandido? En realidad, el caso pone en escena algo que es un secreto a voces: ningún archivo puede hacer explícito que ya no tiene más espacio porque clausuraría la ilusión de lo imprevisto, esa aparición de materiales valiosos que no fueron a buscar, sino que, al revés, fueron ellos quienes buscaron ese archivo y lo eligieron entre muchos otros por la calidad, la selección rigurosa y el criterio que ese archivo fue construyendo a través de los años. Por eso, así como se habla de un “cine expandido” cuando roza otras formas de experimentación en sus tipos de proyección o formatos y así escapa a los modos convencionales del cine, análogamente se debería poder hablar de “archivo expandido” cuando saca a pasear a un exilio moderado, depositando en sedes anexas muchos materiales que no generan el interés sostenido de investigadores o estudiantes. El archivo se acorta y se expande según la lógica del mercado (de interesados) y el espacio es el músculo que lo permite, quien se contrae y estira.
Expansión y contracción que devuelven a lo real el imaginario infinito que viene junto con la idea de archivo. Una poética del espacio, así es como Gaston Bachelard abarca rincones, buhardillas, áticos, desvanes, sótanos, garages, cuartos de herramientas, o bien “cofrecillos”, recovecos y armarios, abajo o al fondo, todos esos lugares donde se deposita aquello que no tiene lugar, lo que no queremos o necesitamos que esté a la vista, así es que los ve como una dimensión de lo minúsculo y la miniatura donde la belleza se refugia. El archivo también oculta sus piezas de la mirada del visitante y es el archivista quien las vuelve visibles, trayéndolas de los racks y de las bóvedas, pero, al mismo tiempo, piensa en una pragmática del espacio, porque sus dimensiones siempre se chocan con el afán de lo gigantesco e inabarcable. Hay un músculo imaginario en el archivo, una ensoñación de lo infinito y de lo eterno, de lo que siempre se puede guardar y que se guarda para siempre. Pero ese músculo que se ejercita para la posteridad es vallado por el mundo físico.
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Si algo obsesiona al archivo es el espacio. Inversamente a la historia de la escritora y su hija, la historia de un hombre que no puede dormir. Asolado por una pesadilla reincidente, el archivista se despierta bañado en sudor porque ha tenido su sueño típico, para decirlo con Freud: ha soñado que llegaba el archivo más deseado, la flor de los anhelos, y no había lugar para él. Esa angustia se justifica porque el espacio es lo que el archivo institucional tiene para ofrecer y por tanto lo único que no puede resignar. Tanto sueña el archivo con el espacio que ha imaginado la figura más luminosa: la cápsula del tiempo. En ella se guardan pistas para un descubridor del futuro, confiando que sabrá leerlas. Cápsulas esperando en la Tierra, selladas en cobre o en oro, enterradas a cierta profundidad (sin ocupar espacio: en un mundo invisible) con materia de la vida cotidiana adentro, o enviadas justamente al espacio, esta vez sideral, infinito (el sueño del archivero: un lugar sin límites para poder guardarlo todo), como el satélite KEO, que carga mensajes de terrícolas de hoy para terrícolas del año 52.000, momento en que se dispuso su retorno a la Tierra. ¿Sabrán leer esos mensajes? ¿O los mirarán atónitos como Nova a Taylor mientras llora ante los restos de la Estatua de la Libertad encallada en la arena, confirmando aquello que le habían anticipado de que, si seguía buscando, lo que encontraría sería su destino, superponiendo archivo y destino, en el final de El planeta de los simios?
El archivo indica y predica un modo de guardar, porque el archivo siempre sabe que su capital es lo que archiva, pero su destreza se revela en el uso del espacio.
*Autor de Lo que traemos del olvido. Un ensayo sobre el archivo. Ediciones Godot (fragmento).