La inteligencia artificial y la ilusión de la autorregulación

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La inteligencia artificial y la ilusión de la autorregulación

La apuesta argentina por convertirse en un polo de innovación en inteligencia artificial se inscribe en una tendencia global cada vez más visible: la convicción de que el desarrollo tecnológico debe avanzar con la menor cantidad posible de regulaciones. La promesa es seductora. Más inversiones, mayor productividad, nuevos empleos y una posición estratégica en una de las industrias que definirán el siglo XXI.

En ese marco, la inteligencia artificial aparece como una oportunidad histórica. No solo para las grandes potencias tecnológicas, sino también para países que buscan insertarse en las nuevas cadenas globales de valor asociadas a la economía digital.

Mientras crece el entusiasmo por acelerar la innovación, una pregunta comienza a ganar relevancia en distintos ámbitos académicos, políticos y sociales: ¿es razonable confiar exclusivamente en la autorregulación cuando se trata de una de las tecnologías poderosas jamás desarrolladas?

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La discusión no es menor. Detrás de los debates sobre inversiones, competitividad o desarrollo tecnológico se encuentra una cuestión más profunda: quién controlará las herramientas que comienzan a intervenir sobre la producción de información, la toma de decisiones y la capacidad de anticipar comportamientos humanos.

La inteligencia artificial y el corazón humano: ¿cuál es peor?

Los hechos demuestran que las grandes transformaciones tecnológicas nunca fueron procesos exclusivamente técnicos. Todas modificaron relaciones de poder, alteraron estructuras económicas y obligaron a las sociedades a debatir nuevas reglas de convivencia. La inteligencia artificial no parece ser una excepción.

Por eso el debate actual no debería centrarse únicamente en sus posibilidades técnicas. La verdadera discusión es política: quién controlará estas herramientas, bajo qué reglas y con qué mecanismos de supervisión.

De la información a la predicción

Gran parte de la conversación pública sobre inteligencia artificial gira alrededor de los avances más visibles: asistentes virtuales, sistemas capaces de generar imágenes, automatización de tareas o nuevas aplicaciones para la vida cotidiana. Sin embargo, la transformación más profunda ocurre en otro nivel.

Cada interacción en redes sociales y cada desplazamiento registrado por dispositivos móviles genera información que contribuye a construir perfiles digitales cada vez más detallados sobre individuos y grupos sociales”

La inteligencia artificial ya no se limita a procesar información. Comienza a identificar patrones, anticipar comportamientos y proyectar escenarios futuros con niveles de precisión impensados hasta hace pocos años.

La diferencia es sustancial. Durante décadas, las tecnologías digitales permitieron conocer mejor el mundo. Hoy empiezan a desarrollar la capacidad de prever cómo ese mundo podría evolucionary cómo podrían actuar las personas dentro de él.

Esta transición marca un cambio de época. La economía digital ya no se organiza únicamente alrededor de la información, sino también alrededor de la capacidad de convertir esa información en predicción. Y toda capacidad de anticipación implica una forma de poder.

Cuando la realidad tiene una réplica virtual

En este entorno emerge uno de los desarrollos más innovadores, y al mismo tiempo, menos conocidos para el público general: los denominados gemelos digitales.

Aunque parezca extraído de una novela de ciencia ficción, ya forma parte de múltiples proyectos tecnológicos alrededor del mundo. Se trata de representaciones virtuales construidas a partir de datos obtenidos en tiempo real. Ciudades, aeropuertos, redes energéticas, cadenas logísticas o sistemas productivos pueden contar con una réplica digital que permite simular escenarios, evaluar riesgos y optimizar decisiones antes de actuar sobre la realidad.

Lo que comenzó como una herramienta aplicada a infraestructuras complejas está expandiéndose rápidamente hacia otros ámbitos. Ahí se esconde otro problema al no conocer sus limitaciones.

Jonathan Taplin y los cuatro jinetes del apocalipsis tecnocrático

Cada búsqueda en internet, cada compra realizada con medios electrónicos, cada interacción en redes sociales y cada desplazamiento registrado por dispositivos móviles genera información que contribuye a construir perfiles digitales cada vez más detallados sobre individuos y grupos sociales.

El objetivo ya no consiste únicamente en saber quiénes somos o qué hacemos. La aspiración es anticipar qué haremos mañana. La diferencia es enorme. Conocer una conducta permite describirla. Predecirla permite influir sobre ella.

Por primera vez en la historia, la capacidad de observación y análisis de las tecnologías digitales se combina con herramientas capaces de proyectar escenarios futuros sobre individuos, organizaciones y sociedades enteras.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando empresas, gobiernos o plataformas tecnológicas poseen una capacidad creciente para anticipar comportamientos antes incluso de que esos comportamientos ocurran?

La advertencia que llega desde el Vaticano

En medio de la exaltación tecnológica, una de las intervenciones más llamativas de los últimos meses provino del Papa León XIV. Su preocupación no se dirige contra la inteligencia artificial ni cuestiona los beneficios que puede aportar al desarrollo humano. El núcleo de su planteo es otro: ninguna tecnología debería quedar subordinada exclusivamente a criterios de eficiencia, rentabilidad o innovación sin una reflexión ética capaz de orientar sus objetivos.

La advertencia resulta particularmente relevante porque pone en cuestión una convicción muy arraigada en el mundo tecnológico: que la innovación siempre es positiva por definición y que cualquier obstáculo a su desarrollo constituye una amenaza al progreso.

La historia ofrece razones para la prudencia. Ninguna gran transformación tecnológica estuvo exenta de conflictos, desigualdades o disputas por el poder. La revolución industrial multiplicó la riqueza, pero también produjo explotación laboral: Internet amplió el acceso a la información, aunque al mismo tiempo facilitó nuevas formas de vigilancia, manipulación y concentración económica. La inteligencia artificial promete enormes beneficios, pero eso no elimina la necesidad de debatir quién la controla, bajo qué límites y con qué responsabilidades.

La cuestión es particularmente relevante en un momento en que la capacidad tecnológica avanza a una velocidad muy superior a la capacidad de los sistemas políticos para debatir sus consecuencias. Mientras los algoritmos se vuelven más sofisticados y los sistemas predictivos más precisos, las instituciones democráticas todavía buscan comprender el alcance de las transformaciones en marcha.

El nuevo poder del siglo XXI

Un reducido grupo de corporaciones tecnológicas controla cantidades sin precedentes de datos, infraestructura computacional y desarrollo algorítmico. Nunca antes tan pocas organizaciones dispusieron de semejante capacidad para observar, analizar y anticipar comportamientos de miles de millones de personas.

La pregunta entonces deja de ser tecnológica para convertirse en política. ¿Quién supervisa estos sistemas? ¿Quién define las reglas? ¿Quién establece responsabilidades cuando se producen errores o abusos? ¿Quién protege a los ciudadanos frente a mecanismos cada vez más sofisticados de vigilancia, segmentación y manipulación?

La inteligencia artificial promete enormes beneficios, pero eso no elimina la necesidad de debatir quién la controla, bajo qué límites y con qué responsabilidades”

Estas preguntas remiten a un desafío central de nuestro tiempo: la concentración del poder predictivo. Quien posee esa competencia dispone de una ventaja estratégica inédita para influir sobre mercados, procesos políticos y comportamientos sociales. Lo que está en juego es una nueva arquitectura del poder.

La experiencia demuestra que ninguna actividad con impactos significativos sobre la vida colectiva funciona exclusivamente bajo la lógica de la autorregulación. ¿Por qué debería ser distinto con la inteligencia artificial? La pregunta no implica rechazar el desarrollo tecnológico ni desconocer las oportunidades que ofrece. Pero precisamente por su talento transformador exige una discusión pública a la altura de sus consecuencias.

Argentina, como gran parte del mundo, enfrenta el reto de participar activamente en esta revolución tecnológica sin renunciar a principios fundamentales de transparencia, responsabilidad y control democrático.

La cuestión ya no es si la inteligencia artificial transformará nuestras sociedades. La cuestión es quién decidirá cómo hacerlo.
Y esa es una responsabilidad demasiado importante para dejarla en manos de los algoritmos o de quienes los controlan.

*Politólogo. Profesor e investigador Universidad de Concepción del Uruguay. Doctor en Antropología y Comunicación

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