Esta semana tuve una inoportuna (o tal vez muy oportuna) gripe que me dejó en cama varios días. Aproveché entonces para ver mucha televisión. Tuve así varias experiencias casi alucinantes (a menos que estuviera alucinando por la fiebre). Por ejemplo, vi en directo, haciendo zapping entre las dos principales cadenas deportivas, la llegada de Messi a la concentración (llegó junto a Rodri de Paul, que tenía la misma sonrisa amplia, como cuando se fotografió con Trump, en los días en que decía que el futbol no tenía que mezclarse con la política).
La escena fue así: primero, se veía una reja de alambre y detrás la pista vacía de un pequeño aeropuerto para aviones privados. Esa escena duró minutos y minutos, en los que los cronistas -de ambos canales- iban anunciando que en cualquier momento llegaba Messi, hablaban sobre el clima, y demás temas de una profundidad acongojante. Después de un tiempo, aterrizó el avión, y las cámaras enfocaron la llegada del aparato, la puerta que se abría, los colaborados que bajaban primero y luego el descenso del astro y del otro jugador, amigo y secretario del astro. Después Messi subió a una camioneta con los vidrios polarizados y se fue raudamente. A los 5 minutos, otro cronista (u otros, de ambos canales) con sendas cámaras, lo filmó (no a él, sino a la camioneta) entrando al hotel en el que se aloja la selección. Todo ese evento, desde las imágenes del cielo por el que iba a circular el avión hasta la llegada al hotel duró más de una hora. Para mí, engripado y aburrido, fue una hora muy gozosa. Pero me pregunto porqué el periodismo, en este caso el deportivo, está tan seguido al borde del papelón. Más de una hora de la nada misma en directo. Como escribió el poeta francés Edmond Jabès: “No haber tenido nada para decir/y haber querido expresarlo”.
Es una pena esa nada misma, y otras nadas mismas de estos días, porque se desperdicia un género (más radial que televisivo) que me encanta: la previa. Como cuando el partido comienza a las 21 y la transmisión a las 18, y en esas tres horas dan informaciones de todo tipo, notas, entrevistas, análisis previos y todo se vuelve ameno e interesante. Estar en Estados Unidos 15 días antes del primer partido del Mundial podría ser (o haber sido) la oportunidad para producir reportajes, notas, informes sobre el contexto deportivo, económico y cultural del mundial, sobre otros temas, siempre deportivos, pero que tengan una vuelta de tema. Pero no. Tenemos a los cronistas, parados como árboles frente a rejas diciendo “ahí suben los jugadores del micro”, “ahí bajan los jugadores del micro”, y demás enunciaciones como esas. No se les cae una idea.
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No importa. La gripe pasó (no del todo todavía, dura una eternidad) y yo volví a la vida normal (si se puede llamar “normal” a estos años de Argentina). Hoy la selección juega el amistoso contra Honduras, que le servirá a los jugadores para empezar a mover las piernas y a Scaloni para ver algunas cositas. Argentina tiene un plantel con muchos jugadores tocados. La clave de todo, creo, pasa por ahí.