Durante años, su presencia en los actos oficiales de La Habana se limitaba a un plano secundario, casi invisible. Corpulento, de mirada atenta y con anteojos oscuros, siempre estaba a un paso de Raúl Castro. Así, Raúl Guillermo Rodríguez Castro cumplía el rol formal de jefe de seguridad de su abuelo. Sin embargo, en el hermético entramado del poder cubano, la cercanía física es el termómetro más preciso de la influencia real.
Hoy, en medio del colapso energético y económico más severo de la isla, la prensa estadounidense y los servicios de inteligencia de Washington lo señalan unánimemente: “El Cangrejo” dejó de ser un custodio familiar para convertirse en el principal negociador y en la eminencia gris que maneja el destino político de Cuba ante los Estados Unidos.
Nació del matrimonio entre Deborah Castro Espín –hija mayor de Raúl Castro– y el fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien fuera el zar de la economía militar cubana a través del poderoso conglomerado Gaesa. Su apodo, “El Cangrejo”, responde a una malformación congénita en sus manos (polidactilia), un detalle físico que en los pasillos del poder cubano mutó rápidamente en un sinónimo de su capacidad para aferrarse a las estructuras de control del Estado.
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A diferencia de la burocracia civil encarnada en el presidente Miguel Díaz-Canel, cuya figura se desgastó por la gestión de la crisis, Rodríguez Castro cuenta con una alta formación militar. Posee el rango de Teniente Coronel de las Fuerzas Armadas. Fue educado bajo la estricta disciplina militar y de contrainteligencia del régimen.
El Cangrejo es el jefe de la Dirección General de Seguridad Personal (DGSP). Esta no es una simple división de custodios; es un cuerpo militar de élite altamente entrenado dentro del Ministerio del Interior que se encarga de proteger las vidas de la alta dirigencia del país, controlar la inteligencia interna y asegurar la estabilidad del régimen frente a amenazas internas o externas.
Su ascenso real se consolidó tras la muerte de su padre en 2022, al heredar la confianza absoluta de la vieja guardia. Para EE.UU., representa la continuidad de los intereses de la familia Castro y, fundamentalmente, la garantía de que cualquier acuerdo alcanzado con el exterior contará con el respaldo de las fuerzas armadas y los servicios de seguridad, los únicos estamentos con capacidad real para sostener el orden interno.
Diplomacia secreta. El debut internacional de Rodríguez Castro como diplomático en las sombras ocurrió lejos de los focos de la prensa. Informes de la inteligencia estadounidense indican que el nieto de Raúl Castro lideró el canal secreto de comunicación con Washington que culminó en una reunión reservada en febrero en el archipiélago caribeño de San Cristóbal y Nieves. Allí se sentó cara a cara con el secretario de Estado, Marco Rubio, un feroz crítico del castrismo que, sin embargo, entendió que para desactivar la crisis en el Caribe debía tratar con quien ostenta el poder real.
Que haya sido él, y no el ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, quien recibiera esta semana en La Habana al director de la CIA, John Ratcliffe, reafirma la mutación de su rol. En la mesa de negociaciones, “El Cangrejo” despliega un pragmatismo frío y desprovisto de la retórica antiimperialista de los discursos oficiales.
Sabe que la caída del suministro petrolero venezolano sitúa al régimen en una vulnerabilidad inédita y su objetivo principal es blindar la supervivencia de la élite militar mediante concesiones económicas controladas, imitando el modelo de apertura comercial bajo control político estricto que salvó a los regímenes comunistas de China y Vietnam en la década de 1990.