Me extraña, gente. Muchos de ustedes lectores directos o indirectos de la cuestión del antagonismo en política… Dejemos de lado las connotaciones endogámicas de la metáfora faldera y concentrémonos más bien en la cuestión propietaria. “Los votos son de Cristina” es el enunciado político articulador de una franja considerable de los ciudadanos argentinos. Dejemos también de lado los detalles de lo qué significa aquí “considerable”. Digamos simplemente que si el apoyo proactivo (no meramente lo que los encuestadores llaman “imagen positiva”) a una figura política es de al menos dos dígitos, esta figura tiene una presencia “considerable” en la vida política de una sociedad. Este enunciado es entonces estructurante de la mirada política de una franja considerable de los ciudadanos argentinos, una franja que probablemente aún no haya perforado el piso de los dos dígitos.
Pasemos ahora a la cuestión de la propiedad. Mi inclinación primera es pensar en términos de la vasta literatura de análisis contemporáneo que refiere a la volatilidad de las voluntades, las preferencias y las identidades políticas en las democracias de este siglo. Pero dejemos también de lado esta inclinación primera y aceptemos la validez del enunciado: “los votos son de Cristina.” Por supuesto, esto no quiere decir que todos los votos sean de ella. Partamos de la base de que todos los votos emitidos por Cristina son de Cristina, pero no así aquellos que fueron o son emitidos contra o con indiferencia hacia ella. Pero el problema surge inmediatamente cuando adoptamos este punto de partida: desde 2011 (quince años atrás, casi una generación) que solo una vez los ciudadanos emitieron votos directamente por Cristina (en las elecciones legislativas de 2017, en las que la candidata obtuvo el 37% de los votos en la Provincia de Buenos Aires).
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Pero, por supuesto, el enunciado “los votos son de Cristina” no es un enunciado literal: éste no refiere a los votos directamente emitidos por ella. El enunciado es, digamos con esfuerzo, más sutil. Éste, valido desde 2013 en adelante, pero utilizado, que yo recuerde, a partir de 2015, proclama que los votos emitidos por candidaturas apoyadas, implícita o explícitamente, por Cristina, o listas en las que ella ocupaba un lugar secundario como en 2019, son de todos modos todos de ella. ¿Pero puede decirse que todos esos votos hayan sido de Cristina? Comencemos entonces por el comienzo: en 2011, Cristina obtuvo el 54% de los votos para su reelección. Bajo la premisa que estamos aceptando, y con independencia del contexto en que se dio esa elección, todos esos votos fueron de ella. En las legislativas de 2013, la/os candidata/os y fuerzas apoyadas implícita o explícitamente por Cristina obtuvieron a nivel nacional el 33% de los votos. En 2015, en medio de tensiones internas con el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, el candidato que se encaminaba a representar a Cristina en las PASO era Florencio Randazzo. Dado que según las encuestas una mayoría de los votantes en esas primarias parecía no ser tan de ella (ya que Scioli se perfilaba como ganador) Cristina le exigió a Randazzo bajar su candidatura para así poder ungir al gobernador provincial como “candidato del proyecto”.
Scioli obtuvo el 37% de los votos en primera vuelta y perdió en la segunda. Difícilmente pueda decirse que todos los votos del ballotage fueran de Cristina, pero aceptemos, como compromiso con nuestra premisa, que todos los votos de Scioli sí lo eran. A 2017 ya nos referimos, por lo que vayamos directamente a 2019: las encuestas indicaban que, a pesar de la crisis económica y financiera en la que se encontraba sumergido el gobierno de Mauricio Macri, todavía un número mayor de votos eran propiedad de otros propietarios antes que de Cristina. Ante esta situación, su inteligencia le permitió imaginar una gestalt alternativa: contribuiría a la reconstrucción de la alianza original kirchnerista, invitando a uno de sus principales críticos de entre los miembros fundadores a encabezar la fórmula. Ésta obtuvo el 48% de los votos, ganando así en primera vuelta. ¿Eran todos esos votos de Cristina? También difícilmente. La evidencia indica que un número considerable (recuerden: de dos dígitos al menos) de esos votantes no eran de Cristina, sino que se inclinaron a votar por la fórmula que ella integraba como candidata a vicepresidenta porque otro sería el presidente.
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Este es, como sabemos, el origen fallido de una presidencia fallida: los votantes de Cristina, o al menos sus representantes en las listas, pensaban que todos los votos (y, por lo tanto, el gobierno), eran de ella. Aunque no así los votantes incorporados a la legitimidad de origen del gobierno gracias a la inteligencia política que lo había hecho posible. Estos considerables votos que no pensaban así, una vez concluida la eternáutica experiencia de la pandemia, comenzaron a abandonar al gobierno, que obtuvo el 34% de los votos en las elecciones legislativas de 2021—pero, alas, también lo empezaron a hacer los que sí pensaban que los votos eran de Cristina, debido a que ya no pagaba considerar a ese gobierno como propio. En esa ausencia total de apoyo popular, el gobierno de Alberto Fernández se disuelve en la práctica y se llega a la intervención final del mismo (que, espectacularmente para un régimen presidencialista, cuenta con un presidente que abandona la escena) por parte de aquellos que pensaban que los votos eran de ella. El ministro de economía plenipotenciario y finalmente candidato “del proyecto” fue Sergio Massa. Y en las elecciones presidenciales de 2023 el proyecto, encabezado por otro de sus críticos tempranos vueltos a cobijar, obtuvo nuevamente el 37% de los votos.
Como sabemos, los propietarios de los otros votos fueron bastantes más que este número, lo que dio origen al gobierno de Javier Milei. Finalmente, en las elecciones legislativas de 2025, elecciones que se dieron en el contexto de crisis financiera y recesión que todos recordamos y aún sufrimos, los candidatos implícita o explícitamente apoyados por Cristina obtuvieron el 33% por ciento de los votos. No hace falta argumentar que, en mi opinión, ese “treinta y pico” de votos que durante 15 años consistentemente votó por candidata/os implícita o explícitamente apoyados por Cristina no era todo de ella. Un buen número de aquellos ciudadanos que integraron esos porcentajes emitieron sus votos espantados por las alternativas ofrecidas, que, por lo general, también implícita o explícitamente, se proponían desmantelar toda institución o práctica que tuviera por objeto hacer de la Argentina una sociedad algo menos injusta y algo más igualitaria que otras comparables. En el escenario político argentino de las últimas dos décadas, esos votos no tuvieron otra alternativa que coincidir con los votos de Cristina en que la alternativa era peor. Pero dejemos de lado una vez más esta mera opinión mía y aceptemos las imposiciones de la premisa asumida: todos esos “treinta y picos” de votos obtenidos desde 2013 hasta la fecha fueron de Cristina.
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¿Qué quiere decir esto? Esto quiere decir que, en política, a diferencia de lo que ocurre en materia legal/económica, uno no es solo “propietario” de sus votos sino también de aquellos que pertenecen a los otros. ¿Cómo es esto posible? Porque, como sabemos por prestar atención a la cuestión del antagonismo, la política es un fenómeno relacional, traza fronteras internas, y de lo que uno es dueño es de la frontera que traza, no de los votos. Desde hace quince años que Cristina es dueña de una frontera que favorece a los otros, y esa situación estructural está contribuyendo al desmantelamiento de las instituciones y prácticas que tienen por objeto hacer de la Argentina una sociedad algo menos injusta y algo más igualitaria de lo que sería en su ausencia. Con el agravante de que hoy el proyecto beneficiado por esta frontera interna se propone la destrucción definitiva e irreversible de estas instituciones y prácticas. Quiero cerrar postulando lo siguiente: mientras un nuevo actor político no logre trazar una nueva frontera que resulte indiferente a aquella trazada durante los últimos quince años, el actual proyecto de destrucción carecerá de obstáculos significativos—y esta destrucción, es casi innecesario explicitarlo, seguirá teniendo más de un propietario.
* Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad de San Martín (UNSAM), y Ph. D por la New School for Social Research.