La campaña, cada día más presente y agresiva, contra el proceso electoral es un sueño del antifujimorismo. Con un rosario de denuncias de los más variados calibres, se va avanzando en la liquidación de una victoria que Keiko Fujimori parecía tener en las manos hasta hace poco. La esencia del asunto es que Rafael López Aliaga no se resigna a su tercer lugar, porque se cree titular del primero. Roberto Sánchez no participa en la campaña anti-JNE, indicio de que está muy seguro de su victoria en junio y que, por lo tanto, no tiene queja frente a las cosas como están. Frente a esto, López Aliaga aparece como un activista enfurecido, pues quiere una nueva elección que le permita entrar a la segunda vuelta. La situación hoy es un reconocimiento de que la logística de la jornada electoral fue manejada defectuosamente, pero los argumentos descalificadores que se desprenden de eso no convencen a nadie que no sea un vehemente seguidor de López Aliaga. Estamos a tres días de la fecha límite establecida por el JNE para dar los resultados, y todo indica que se van a dar. López Aliaga no quiere que esos resultados se den antes de que su campaña anti-JNE se haya concretado, es decir, antes de que haya terminado de imponerse a los medios ya las autoridades por las más variadas vías. El candidato-activista entiende que anda por un camino de últimas oportunidades, con argumentos cada vez más esotéricos. Lo que la extrema derecha parece buscar no es una nueva elección general, idea en la cual asoma el riesgo de que los resultados simplemente se repitan. Lo que quiere es un acomodo de espacios parciales, para así sumar los votos que le faltan para desplazar a Sánchez y así colarse a la segunda vuelta dentro de un mes. ¿Qué ganará con eso? Se busca, entonces, convertir una competencia electoral en un pulso de otro tipo. Para quienes buscan esto, los resultados estorban. A López Aliaga le gustaría más bien llegar a Palacio directamente desde la calle. Los rumores sobre una dictadura, de cualquier tipo, ya han comenzado a circular, como desagradables flatos políticos: Porky. El juez Roberto Burneo ha resistido hasta el momento los embates fascistas contra el JNE (incluye el acoso frente a su domicilio). Si logra no ceder, habrá salvado la democracia peruana, hasta nuevo aviso.
Pánico en la pocilga, por Mirko Lauer
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