El índice de precios al consumidor de marzo marcó una suba mensual de 3,4%, llevando la variación interanual a 32,6% y acumulando una suba de 9,4% en el primer trimestre. Se trató de la tasa mensual más alta en un año, y la séptima aceleración consecutiva tras el piso de 1,5% registrado en mayo de 2025.
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La inflación en el último año
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Fuente: INDEC Infografía: Clarín
El dato volvió a colocar a la inflación en el centro de la escena económica local. El mercado se pregunta si el proceso de desinflación empezó a revertirse o si, al menos, atraviesa una pausa. Para responderlo, conviene analizar qué hay detrás de la aceleración de los últimos meses.
Siguiendo la formulación de Milton Friedman, el equipo económico sostiene que el aumento sostenido y generalizado de los precios es siempre un fenómeno monetario: si la oferta de dinero no crece por encima de la demanda, los precios no suben.
En esa línea, el BCRA mantiene una política monetaria marcadamente contractiva. Los encajes sobre los depósitos se ubican hoy en 45% (tras alcanzar un techo de 53,5% en agosto de 2025) y la exigencia de integración mínima diaria es del 65% (un requerimiento que, en ese mismo mes del año pasado, llegó al 100%).
El problema es que la demanda de dinero también cayó, sobre todo en la antesala de las elecciones legislativas: el riesgo político disparó una ola masiva de cobertura en dólares, tanto de empresas como de personas.
Ahora bien, aunque esa premisa es válida en el largo plazo, la dinámica inflacionaria de corto plazo es más compleja y otros factores cobran protagonismo. En lo reciente, dos parecen estar jugando un papel decisivo.
El primero es el reacomodamiento de precios relativos. Los servicios públicos acumulan diez meses consecutivos creciendo por encima del nivel general. En marzo, vivienda, agua, electricidad y gas subieron 3,7%, empujados además por el traslado a precios del encarecimiento de los combustibles vinculado al conflicto bélico internacional. Transporte anotó 4,1% y educación, en coincidencia con el inicio del ciclo lectivo, trepó 12,1%.
A ésto se sumó un factor más puntual, pero de fuerte impacto en los presupuestos familiares: la suba de la carne, ligada al ciclo propio del negocio ganadero, que presionó al alza el índice de alimentos en los últimos meses.
El segundo es la inercia. Los contratos de alquiler, los convenios salariales y los acuerdos comerciales entre empresas tienden a indexarse por la inflación pasada, y eso genera un piso que cuesta perforar aun bajo condiciones monetarias ajustadas. Es la cara más ingrata del proceso: no responde a ningún shock puntual y es difícil de romper, porque es la memoria del sistema de precios. No por casualidad, la inflación núcleo —que excluye estacionales y regulados y mide el corazón del proceso inflacionario— volvió a acelerarse en marzo al 3,2%, por encima del 3,1% de febrero.
Un tercer factor, menos evidente pero igualmente relevante, es el traslado a precios rezagado de la depreciación cambiaria ocurrida entre julio y octubre de 2025. En condiciones normales, una devaluación se traslada relativamente rápido a precios. Sin embargo, en ese período la demanda interna estaba debilitada, lo que limitó el margen de las empresas para trasladar el mayor costo a sus listas. Con la recuperación de la actividad en el cuarto trimestre de 2025 ese margen se amplió, y parte del pass-through que había quedado pendiente se materializó con rezago, sumando presión adicional sobre los precios en los primeros meses de este año.
Conviene, además, poner este proceso en perspectiva histórica. Los episodios de estabilización —tanto en Argentina como en otras economías que lograron reducir inflaciones elevadas— no son lineales: es más fácil bajar desde niveles muy altos que seguir comprimiendo cuando las rigideces ganan peso. Israel, para citar un caso siempre mencionado como ejemplo exitoso, registró aceleraciones en cinco de los catorce años posteriores a su estabilización de 1984. Los programas locales también mostraron rebotes y volatilidad. La señal relevante no es la velocidad puntual de un mes, sino la persistencia del proceso. Es eso lo que habrá que mirar con atención de acá en adelante.
En ese marco, lo ocurrido en los últimos meses puede leerse como una pausa y no como una reversión del proceso de desinflación. Las mediciones de alta frecuencia de abril muestran una desaceleración en alimentos y bebidas, y es esperable que la inflación retome su sendero descendente, con tasas mensuales del 2% en el segundo semestre.
Aun así, el año cerraría muy cerca de la cifra de 2025. Lo que deja en claro este episodio es que el camino a la desinflación seguirá siendo no lineal y desafiante. Pero, como enseñan otras experiencias exitosas de estabilización, la clave no estará en el dato de uno o dos meses, sino en la persistencia de la tendencia. Y eso, todavía, está por verse.