Este hito, que marca la primera vez en más de medio siglo que el ser humano circunnavega la Luna, es el triunfo de un experimento médico de vanguardia. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen regresan con cuerpos transformados por la microgravedad, enfrentándose ahora a un riguroso proceso de readaptación donde la ciencia espacial intentará mitigar los intensos cambios fisiológicos que conlleva volver a sentir el peso de la Tierra.
Desde el primer momento en que la nave abandonó la atmósfera, el organismo de los astronautas comenzó a mutar. Sin la resistencia constante de la gravedad terrestre sobre la espalda y las piernas, los músculos pierden volumen y fuerza de manera acelerada.

La NASA estima que, en apenas diez días, la tripulación pudo haber sufrido una reducción de entre el 1% y el 2% de su masa muscular. Además, la ausencia de carga sobre el esqueleto provoca una pérdida de densidad mineral ósea de hasta el 1,5% mensual, un fenómeno similar a una osteoporosis acelerada.
A esto se suma el efecto estético y clínico de la “cara de luna”, provocado por la acumulación de fluidos en la parte superior del cuerpo que normalmente la gravedad mantiene en las extremidades inferiores.
Para combatir este deterioro, la tripulación se transformó en atletas de élite en condiciones extremas. Cada astronauta dedicó 30 minutos diarios a entrenar con un volante de inercia, un sofisticado aparato de solo 14 kilogramos que utiliza un sistema de resistencia regulable de hasta 181 kilogramos.
La doctora Patricia Sawyer-Simmons, de la Florida Gulf Coast University, destacó que este dispositivo permitió realizar sentadillas, peso muerto y remo ergométrico, ejercicios vitales para los músculos y para evitar que el calcio liberado por los huesos se acumule en la sangre y genere dolorosos cálculos renales.

Asimismo, esta actividad física fue clave para intentar sincronizar los ritmos circadianos, alterados por la luz constante y el entorno artificial del espacio, previniendo así la fatiga crónica y el insomnio.
El descenso fue el momento de mayor tensión biológica. Durante la reentrada, los astronautas soportaron fuerzas de hasta 3,9 veces la gravedad terrestre (3.9 G), una presión que suele derivar en fatiga extrema, mareos y una profunda desorientación.
Durante los minutos de “blackout” causados por el plasma que envolvió la cápsula, los sensores internos monitorearon signos vitales críticos que servirán para futuras misiones a Marte. Además, estudios del Instituto Nacional de Salud advierten sobre una caída en la eficacia del sistema inmune tras el vuelo, dejando a Wiseman, Glover, Koch y Hansen vulnerables a infecciones inmediatas tras su llegada.
El protocolo de recuperación tras el impacto en el Pacífico es milimétrico. Tras estabilizar la Orión con dispositivos de flotación e inspeccionar los sistemas, la tripulación permanecerá dos horas dentro antes de ser extraída y trasladada al buque USS John P. Murtha. Allí, la prioridad será el equilibrio.
“No es que se olviden de caminar, pero no pueden mantenerse en pie”, señalan los expertos, debido a que el sistema cardiovascular y el sentido vestibular deben aprender de nuevo a operar bajo la gravedad.
Finalmente, tras las evaluaciones iniciales, volarán al Centro Espacial Johnson para someterse a estudios detallados que incluyen la salud mental, monitoreando posibles cuadros de ansiedad o estrés postmisión tras el aislamiento.
Artemis II cierra así su capítulo físico, dejando una base de datos invaluable para el futuro de la humanidad en las estrellas.
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— misionesonline.net (@misionesonline) March 18, 2024